Capítulo XXIII
Navidad negra: Pasto y la República del Terror
Los primeros en morir fueron los más visibles: antiguos oficiales del rey, curas locales, vecinos señalados por simpatías realistas.
Luego vino la ola ciega: ancianos, comerciantes, acólitos, madres de familia.
No hubo listas: hubo instinto. El instinto de venganza alimentado por años de guerra.
El de las tropas cansadas que, bajo el mando de Sucre y por orden de Bolívar, sabían que la ciudad debía ser destruida.
En la iglesia de San Francisco, decenas buscaron refugio.
Era todavía costumbre que los templos fuesen santuarios inviolables.
No lo fueron esa noche. Las tropas entraron, dispararon sin distinción y dejaron los cuerpos desparramados entre columnas y retablos.
Allí quedaron, mezclados con los cirios apagados y los mantos de la Virgen. Navidad profanada.
La iglesia de San Andrés fue saqueada. El convento de San Juan, incendiado.
El atrio de la Merced convertido en improvisada fosa común.
Los cadáveres comenzaron a descomponerse al segundo día, porque no había tiempo ni espacio para enterrarlos.
Muchos fueron arrojados al río. Otros quedaron a la intemperie, como advertencia.
Se fusiló en serie, sin interrogatorios.
Los templos dejaron de ser casas de Dios: fueron transformados en escenario de ejecución.
Las violaciones fueron sistemáticas. No hubo protección ni freno.
Mujeres adultas, adolescentes, monjas. Se perpetraron en los patios, en los campanarios, en las calles.
Algunas sobrevivieron, otras fueron rematadas.
El acto fue más que violencia: fue mensaje.
La ciudad debía saber que la fidelidad al rey, la defensa del altar y el trono, no serían toleradas.
La república no buscaba reconciliación: exigía sumisión.
Y todo esto ocurrió en Navidad. Mientras en otras regiones sonaban villancicos, en Pasto sonaban descargas. Mientras en otras ciudades se alzaban copas, aquí se cavaban zanjas. Mientras en Bogotá se celebraba la independencia, en Pasto se mataba por haberla rechazado.
El 27 de diciembre, cuando el humo comenzaba a disiparse y el hedor a cadáver reemplazaba al incienso, comenzó la siguiente fase: la depuración.
Los sobrevivientes fueron arrastrados a las plazas.
No hubo procesos judiciales. Bastaba una acusación, una sospecha, una mirada malinterpretada.
El crimen era pertenecer a Pasto, hablar con reverencia del rey, o haber servido como acólito en la parroquia.
Algunos fueron asesinados delante de sus familias.
Otros delante de sus imágenes religiosas.
Los templos que no fueron saqueados fueron convertidos en cuarteles o depósitos.
La vida religiosa de la ciudad fue suspendida.
No hubo misas, ni rosarios públicos, ni procesiones.
Se prohibieron las campanas. Los curas sobrevivientes —si los había— fueron forzados al silencio.
Bolívar aún no había llegado, pero la lógica que lo animaba ya estaba instalada: aniquilar la identidad misma de una ciudad que se había atrevido a resistir a la república.
En total, se calcula que más de 400 civiles fueron asesinados.
La cifra varía según las fuentes. Algunos hablan de 500.
Otros, de 800. Pero las cifras no alcanzan.
Lo esencial es que no se trató de un enfrentamiento militar, ni de una escaramuza confusa, sino de una ejecución masiva y premeditada de una población civil desarmada.
Las víctimas no murieron en combate: murieron porque eran pastusos.
El 2 de enero de 1823, Bolívar llegó a Pasto. No detuvo la represión. No la denunció. No la lamentó. La asumió. Y con su presencia, la convirtió en doctrina. Desde ese momento, lo que había sido una carnicería pasó a ser una política.
Con la llegada de Bolívar, el terror dejó de ser operativo y se volvió institucional.
No fue necesario seguir fusilando: bastó con reorganizar la ciudad como una colonia de castigo.
Se dictaron medidas de ocupación moral. Se prohibieron expresiones públicas de religiosidad tradicional.
Se reemplazaron autoridades locales por funcionarios afectos a la causa patriota.
Se ordenó el reclutamiento forzoso de más de mil hombres jóvenes, enviados al sur para alimentar la campaña contra el Alto Perú.
Muchos murieron sin haber disparado una sola bala.
Las familias más notables fueron despojadas de sus bienes.
A los supervivientes se les impusieron contribuciones económicas.
Se requisaron casas enteras para alojar tropas.
A otros se los deportó a Quito o al Perú, como castigo adicional.
A las mujeres que habían perdido a sus maridos, se les negaba incluso el derecho al luto.
La consigna era clara: Pasto debía ser quebrada, no sólo en su cuerpo, sino en su espíritu.
El decreto bolivariano no hablaba de reconstrucción ni de justicia.
Hablaba de orden. Y el orden significaba sumisión.
Bolívar no condenó a Sucre. No investigó los crímenes.
No envió comisiones ni auditores. Firmó decretos.
Aprobó confiscaciones. Y llamó pacificación a lo que había sido una masacre.
Algunos testimonios afirman que Bolívar paseó por las calles de Pasto sin levantar la vista, como si no quisiera mirar los rastros de lo que había sido ejecutado en su nombre.
Otros aseguran que no sólo lo supo todo, sino que lo supervisó, sin necesidad de dar más órdenes.
Como en la Vendée francesa, el terror no necesitaba repetir sus instrucciones: bastaba con que se entendiera su lógica.
Pero para comprender en toda su magnitud lo que ocurrió en Pasto, no basta con narrar: hay que documentar.
Las cifras y las denuncias no son retórica del enemigo ni exageración del disidente.
Están recogidas por testigos de todas las tendencias: republicanos, médicos, edecanes, generales, cronistas, cartas privadas.
La verdad de Pasto no se sostiene en conjeturas: se sostiene en archivos.
Lo que sigue no es literatura. Son voces. Voces conservadas, silenciadas durante décadas, ahora rescatadas para completar lo que la historia oficial omitió .
La población de San Juan de Pasto, en la actual Colombia, que era mestiza y realista, fue masacrada casi en su totalidad por órdenes de Simón Bolívar.
Sucre fue su encargado para realizar este genocidio, una de las mayores atrocidades de la «independencia» que la historiografía bolivarista se ha encargado de borrar.
Como era su costumbre, Bolívar daba órdenes y se mantenía a salvo en la retaguardia, enviando a subalternos a la acción.
Pero en este caso, habiendo sido informado del éxito de la operación, no siguió molestándose en aparentar prisa, tomó todo su tiempo y llegó a Pasto una semana después, relajado, el 2 de enero.
No hay registro de ninguna indignación por su parte ante el genocidio encontrado, todo lo contrario. Escribe a Santander:
«(…) he mandado a repartir 30.000 pesos en contribuciones para el ejército (…) También he mandado a embargar los bienes de los [rebeldes pastusos sobrevivientes] que no se presentaron al tiempo señalado [para los indultos ofrecidos] (…) Yo los he mandado a perseguir por todas direcciones, mas aquí no se coge a nadie, porque todos son godos.
Todo es ojos para el gobierno, y el gobierno no ve nada».
De hecho, antes de esta masacre Bolívar le había escrito a Santander:
«Porque ha de saber Ud que los pastusos son los demonios más demonios que han salido de los infiernos.
Los pastusos deben ser aniquilados y sus mujeres e hijos transportados a otra parte, dando aquel país a una colonia militar.
De otro modo Colombia se acordará de los pastusos cuando haya el menor alboroto, aun cuando sea de aquí a cien años, porque jamás se olvidarán de nuestros estragos, aunque demasiado merecidos».
Cuenta un testigo, el general independentista José María Obando:
«No se sabe cómo pudo caber en un hombre tan moral, humano e ilustrado como el general Sucre la medida, altamente impolítica y sobremanera cruel de entregar aquella ciudad a muchos días de saqueo, de asesinatos y de cuanta iniquidad es capaz la licencia armada; las puertas de los domicilios se abrían con la explosión de los fusiles para matar al propietario, al padre, a la esposa, al hermano y hacerse dueño el brutal soldado de las propiedades, de las hijas, de las hermanas, de las esposas; hubo madre que en su despecho, salióse a la calle llevando a su hija de la mano para entregarla a un soldado blanco antes de que otro negro dispusiese de su inocencia; los templos llenos de depósitos y de refugiados fueron también asaltados y saqueados; la decencia se resiste a referir por menor tantos actos de inmoralidad».
Por el general Daniel Florencio O’Leary, secretario privado de Simón Bolívar, sabemos que:
«En la horrible matanza que siguió, soldados y paisanos, hombres y mujeres, fueron promiscuamente sacrificados».
El doctor José Rafael Sañudo nos cuenta que :
«Se entregaron los republicanos a un saqueo por tres días, y asesinatos de indefensos, robos y otros desmanes hasta el extremo de destruir como bárbaros al fin, los archivos públicos y los libros parroquiales, cegando así tan importantes fuentes históricas.
La matanza de hombres, mujeres y niños se hizo aunque se acogían a los templos, y las calles quedaron cubiertas con los cadáveres de los habitantes».