Capítulo XXII #3
El núcleo del mito no reside en lo que se dijo de Bolívar, sino en lo que no se puede decir.
El verdadero poder del culto consiste en prohibir el matiz.
Los propagadores del relato —de Blanco a Lecuna, de Guzmán Blanco a Gómez, de Vallenilla a los historiadores oficiales— no sólo exaltaron al Libertador: suprimieron toda voz que pudiera contradecirlo.
La historiografía venezolana se volvió monológica.
En ella, Bolívar no puede ser un político con contradicciones, ni un militar con fracasos, ni un gobernante con errores: sólo puede ser faro, mártir, profeta.
Este silenciamiento es más eficaz que la censura.
Porque no requiere negar las otras versiones: basta con ignorarlas.
José Domingo Díaz, enemigo feroz de la revolución; Ducoudray Holstein, oficial francés que retrató a Bolívar con una mezcla de admiración y horror; Hippisley, coronel inglés que dejó constancia del mercenarismo y la violencia; Madariaga, que desnudó al caudillo con bisturí psicológico; Pablo Victoria, que documentó el genocidio bolivariano con rigor documental: todos ellos existen, pero no figuran.
El culto no necesita refutar sus voces: las borra por omisión.
El relato nacional tiene un solo narrador.
Y ese narrador sigue hablando en falsete.
Porque incluso hoy, cuando el país vive la ruina moral, económica y social más profunda de su historia, la estatua permanece intacta.
Bolívar es citado en documentos oficiales, sus palabras adornan leyes que violan sus principios, su rostro preside despachos que contradicen todo lo que alguna vez escribió.
Y nadie se atreve a desmontarlo. Los que lo intentan —desde el exilio, la academia o la disidencia— son tachados de vendepatrias.
El mecanismo simbólico se ha vuelto inquebrantable.
Y sin embargo, todo está ahí. Las masacres, los errores, las ambiciones, las traiciones.
No hace falta inventar nada: basta con leer.
Basta con volver a las fuentes sin filtro, sin censura, sin retórica.
Basta con desmontar el dispositivo narrativo que se originó con Venezuela Heroica y se perfeccionó con Lecuna.
Porque no hay pueblo más desarmado que aquel al que se le ha mentido sobre su pasado.
Y no hay mentira más efectiva que la que se repite en nombre del amor.
El culto a Bolívar no fue un acto de memoria: fue una operación de poder. Una construcción deliberada para unificar, adoctrinar y domesticar. Y sus arquitectos —esos propagadores del mito— no fueron ingenuos: fueron conscientes de que estaban moldeando un país desde el altar, no desde el archivo .
El poder del mito no reside en sus exageraciones, sino en su pretensión de evidencia.
A fuerza de repetirse durante generaciones, las imágenes impuestas por Venezuela Heroica y sus continuadores fueron asimiladas como verdades autoevidentes.
Nadie se preguntaba si Bolívar realmente dijo lo que dicen que dijo, si cabalgó como cuentan que cabalgó, si ganó como afirman que ganó.
No importaba. Porque todo el sistema educativo, simbólico, institucional y discursivo ya había edificado una estructura donde la duda era irrelevante.
Lo que contaba era la reiteración. El mito funcionaba como un espejo cóncavo que deformaba todo lo que se le acercaba, pero al que nadie se atrevía a dejar de mirar.
Así, las palabras de Blanco —tan floridas que rozan lo grotesco— se convirtieron en catecismo escolar.
Los documentos compilados por Lecuna —tan seleccionados como expurgados— fueron declarados fuentes oficiales.
Las estatuas impulsadas por Guzmán Blanco —tan altivas como mudas— se erigieron en centros de gravedad urbana.
La voz de Vallenilla —tan racional en su cinismo— fue convertida en teoría del Estado.
Y el Bolívar resultante no fue ninguno de los que existieron: fue una criatura híbrida, hecha de retórica, silencio, bronce y utilitarismo político.
En su conjunto, estos propagadores del mito lograron algo más que preservar una figura: fabricaron una nación que no podía pensarse sin ella.
Bolívar se volvió obligatorio. Su rostro, inevitable.
Su nombre, omnipresente. No hay otra figura nacional que haya sido impuesta con semejante tenacidad ni con semejante eficacia.
Y esta imposición no fue un accidente, ni una devoción espontánea: fue un proyecto sostenido durante más de un siglo por presidentes, educadores, impresores, militares, poetas y académicos.
Un consenso fundado no en el examen crítico, sino en la necesidad de mantener una imagen que diera sentido a lo que carecía de él.
Por eso, desmontar el mito no es un acto de irreverencia, sino de higiene cultural.
Significa recuperar la posibilidad de pensar.
Significa liberar la historia de la prisión del símbolo.
Y significa, sobre todo, entender que no hay nación posible mientras sus ciudadanos estén obligados a venerar una ficción como si fuera un padre.
Al mirar en retrospectiva el desfile de apologistas, presidentes, literatos y académicos que contribuyeron a la deificación de Bolívar, lo que se impone no es la admiración, sino el asombro ante la persistencia de la impostura.
Porque si hay algo que une a todos los propagadores del mito —de Eduardo Blanco a Hugo Chávez, de Vicente Lecuna a Vallenilla Lanz— es la renuncia deliberada a la verdad en nombre de una utilidad superior: la cohesión simbólica, la legitimidad del poder, la comodidad del relato único.
Todos ellos sabían que la figura de Bolívar no sobrevivía a una lectura crítica.
Por eso lo blindaron con retórica, con bronce, con sentimentalismo y con miedo.
Pero ninguna ficción legitimadora es eterna.
Tarde o temprano, la repetición vacía agota su eficacia.
Las nuevas generaciones, criadas entre ruinas y exilios, ya no encuentran consuelo en las gestas de papel.
La figura de Bolívar, hipertrofiada hasta la caricatura, comienza a desdibujarse no por ataque directo, sino por desgaste.
Ya no inspira: estorba. Ya no convoca: pesa.
Y en ese agotamiento reside una posibilidad histórica: la de romper el hechizo.
Romperlo no es destruir a Bolívar. Es devolverlo al lugar que le corresponde: el de un hombre complejo, contradictorio, imperfecto, admirable y fallido como todo actor político real.
Es rescatarlo del altar sin profanarlo. Es leerlo sin devoción, pero con rigor.
Es, en suma, arrancarlo de las garras de quienes lo usaron como escudo para justificar su propia mediocridad o su propia tiranía.
Porque el problema no fue Bolívar: fueron sus imitadores.
No fue su vida: fue su instrumentalización.
No fueron sus ideas: fue su petrificación.
Y mientras no desmontemos esa estructura simbólica —que empezó con Venezuela Heroica, se consolidó con Lecuna y alcanzó su paroxismo con el chavismo— no habrá historia posible, ni ciudadanía madura, ni memoria verdadera.
El mito fundacional de Venezuela, como tantos otros, no se basa en la sangre, ni en la tierra, ni en una constitución, sino en una figura. Esa es su fragilidad. Pero también es la grieta por donde puede entrar la luz.