El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo XXII #2
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Capítulo XXII #2

Las ideas de Cesarismo democrático fueron asumidas por las élites intelectuales como legitimación del régimen.

La historia ya no era sólo un relato glorioso: era la prueba de que el pueblo debía ser guiado, conducido, instruido.

Bolívar se convirtió en el argumento. Su figura, cada vez más desfigurada, era útil tanto para justificar la represión como para promover la unidad.

El caudillismo moderno, tan eficaz como brutal, necesitaba esa genealogía.

Y la encontró en el bronce mitológico del Libertador .

A medida que la figura de Bolívar se petrificaba en monumentos, bustos y manuales escolares, el país se habituaba a su omnipresencia como si de una deidad tutelar se tratara.

No había acto público sin su nombre, no había salón oficial sin su retrato, no había constitución sin su invocación.

Pero lo más alarmante no era su presencia constante, sino la imposibilidad de matizarla.

El mito era tan pesado que cualquier crítica equivalía a blasfemia.

Y los intelectuales del siglo XX, lejos de desmontarlo, lo blindaron con nuevas capas de erudición devota.

A esa tarea se sumaron académicos, cronistas y funcionarios culturales cuyo trabajo consistía en interpretar la historia como una confirmación retrospectiva del destino bolivariano.

La labor de Vallenilla Lanz fue continuada por su hijo, Vallenilla Lanz Jr., quien, ya bajo el régimen de Marcos Pérez Jiménez, mantuvo el relato cesarista como política de Estado.

Se afirmaba que el pueblo venezolano tenía vocación histórica de obediencia iluminada, y que Bolívar —en su visión providencial— lo había intuido antes que nadie.

La libertad, se decía, debía ser protegida de sí misma.

Y por eso el liderazgo fuerte era no sólo legítimo, sino deseable.

El uso del Bolívar canónico también fue fundamental para limpiar las biografías de los dictadores.

Gómez, Pérez Jiménez, e incluso los presidentes supuestamente democráticos del puntofijismo, se retrataban como herederos del Libertador.

Su legado era citado en cada discurso de investidura.

Sus frases —reales o inventadas— adornaban los preámbulos constitucionales.

Su efigie era puesta al lado del escudo nacional.

Y el pueblo, adoctrinado desde la escuela, aceptaba esa transustanciación simbólica sin resistencia. Bolívar era ya un tótem.

Pero es Venezuela Heroica la que, una y otra vez, sirve de referencia estética y emocional.

El texto de Eduardo Blanco sigue siendo reeditado, comentado, adaptado, leído en voz alta.

No porque enseñe historia, sino porque induce veneración.

Su tono barroco, sus comparaciones con dioses homéricos, su retórica de lágrimas y relámpagos, sigue marcando el tono con que el venezolano medio se representa su pasado.

Lo que fue una creación literaria pasó a ser dogma escolar.

Y lo que nació como homenaje romántico se convirtió en catecismo obligatorio.

He aquí, por ejemplo, cómo ha sido literalmente descrito el juramento de Bolívar en el Monte Sacro:

«Al contemplar aquellas ruinas, donde se estrellaron las más formidables legiones del mundo antiguo; al pisar aquel polvo ensangrentado donde tantos héroes sucumbieron por la libertad, su alma se agita con inusitada violencia.

El corazón late con inusitada fuerza; los ojos se empañan; los labios se entreabren; y levantando al cielo la mano temblorosa, exclama con acento solemne:

—¡Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor y por mi patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!» .

Esa escena, estilizada hasta el éxtasis, fue leída por generaciones de estudiantes como si fuera una transcripción literal.

Nadie les dijo que Blanco no era historiador, que ese juramento es apócrifo, que las palabras no están registradas en ninguna fuente directa.

Pero ya no importaba. Porque el mito no necesita pruebas: sólo necesita repetidores.

Con el paso del tiempo, el mito de Bolívar no se diluyó: se endureció.

Las generaciones posteriores no lo revisaron, sino que lo heredaron como dogma sellado.

El sistema educativo lo incrustó en cada año escolar, repitiendo fechas, lugares, proclamas, frases emblemáticas y batallas idealizadas con un rigor litúrgico que hacía del aula una capilla.

Cada niño debía saberse de memoria no lo que Bolívar hizo, sino lo que supuestamente pensó, soñó, predijo.

La historia fue convertida en texto sacro, y el ciudadano, en acólito del relato.

No se estudiaba el pasado: se veneraba su escenografía.

En los libros de texto, Bolívar ya no cabía en la cronología.

Flotaba sobre ella. Sus contradicciones eran omitidas.

Sus errores, transformados en señales de genialidad incomprendida.

Sus vacíos, completados por la imaginación apologética de los docentes.

No había diferencia entre el Bolívar real y el Bolívar literario de Blanco, o el Bolívar higienizado por Lecuna: todos convergían en una estatua discursiva única, definitiva, intocable.

Este fenómeno no fue casual. Las cátedras universitarias de Historia de Venezuela se organizaron desde la década de 1930 en torno a un consenso historiográfico: la independencia fue una epopeya, y Bolívar su centro gravitacional.

Los congresos, los premios, las publicaciones académicas respondían a esa línea.

Los historiadores que intentaban matizar o complejizar el relato eran marginados o silenciados.

Incluso aquellos que buscaban contextualizarlo —sin negar sus logros, pero tampoco sus excesos— eran acusados de revisionismo antipatriótico.

La historiografía venezolana del siglo XX se volvió una oficina editorial del culto.

La cultura popular también hizo su parte.

Las telenovelas, los discursos conmemorativos, los documentales escolares y los actos de grado reforzaban el mito sin matices.

Se dramatizaban escenas inexistentes. Se atribuían pensamientos a Bolívar con total arbitrariedad.

Se adaptaban sus frases a las urgencias del momento.

Cada crisis nacional era interpretada como una traición a su legado; cada promesa política, como una continuación de su voluntad.

Bolívar era invocado lo mismo por dictadores que por demócratas, por liberales que por socialistas, por pedagogos que por militares.

Era el comodín absoluto. Y por eso, nunca fue cuestionado.

La república no descansaba sobre leyes o instituciones, sino sobre una figura. Y esa figura no podía equivocarse. Lo dijo Vallenilla Lanz: el pueblo no entiende razones, entiende símbolos. Y el más útil de todos fue Bolívar.

La apoteosis bolivariana alcanzó su clímax grotesco en el siglo XXI con la irrupción del chavismo.

Hugo Chávez, como actor consumado y lector fragmentario de la historia, entendió que no necesitaba construir legitimidad: podía heredarla.

Y qué mejor herencia que la del Libertador.

Desde sus primeros discursos, Bolívar fue invocado no como inspiración, sino como antecedente directo.

La revolución no era nueva: era el cumplimiento del sueño inconcluso del caudillo.

El socialismo bolivariano, como se lo llamó, era menos una doctrina que una genealogía emocional.

El mito, ya endurecido por más de un siglo de manipulación, fue arrastrado al delirio.

Chávez habló con Bolívar. Literalmente. En la televisión nacional, durante alocuciones interminables, relataba sus conversaciones íntimas con el espíritu del Libertador.

Lo imaginaba susurrándole consejos. Lo ubicaba a su lado en los actos de gobierno.

Pero no se trataba sólo de retórica: mandó a exhumar sus restos en 2010, ordenando una investigación forense para comprobar si había sido asesinado.

El acto —que bordeó lo sacrílego— fue justificado como deber de la patria.

Los huesos de Bolívar fueron convertidos en reliquias estatales.

La historia, una vez más, era suplantada por el rito.

En esa operación, Venezuela Heroica funcionaba como grimorio emocional.

El chavismo lo citaba sin ironía, como si sus imágenes exaltadas hubiesen sido dictadas por Bolívar en persona.

Las frases más hiperbólicas del texto de Eduardo Blanco eran repetidas por ministros, replicadas en murales, impresas en cuadernos escolares.

La ficción legitimadora regresaba con fuerza, no ya como exaltación cultural, sino como instrumento de control.

Bolívar ya no era sólo símbolo: era testigo omnipresente.

Toda decisión gubernamental se envolvía en su manto invisible.

Lo más notable es que, incluso en su dimensión caricaturesca, el discurso bolivariano no fue rechazado por la élite intelectual.

Muchos historiadores académicos continuaron validando las líneas maestras del relato.

Se decía que, más allá de los excesos, Bolívar era necesario como símbolo de unidad.

Se admitían errores, pero se mantenía su pedestal.

La crítica seguía siendo marginal. Y la política cultural del Estado, ahora impregnada de ideología revolucionaria, se encargaba de reforzar la versión canónica con más ahínco que nunca.

El resultado fue un país encerrado en su propio mito.

Cada generación lo recibió como legado inamovible.

Cada crítica fue respondida con indignación patriótica.

La memoria histórica se convirtió en una colección de estampas, y la figura de Bolívar, en una bóveda cerrada con llave.

La verdad, como en toda religión civil, dejó de ser una aspiración. Lo importante era la fe.