El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo XXII
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Capítulo XXII

«Venezuela Heroica» y los propagadores del mito

En sus páginas no hay contradicciones ni zonas grises.

Los patriotas son titanes, los realistas son monstruos, y Bolívar es la reencarnación de todos los valores celestiales de América.

La prosa rebosa de metáforas insostenibles, de exclamaciones teatrales, de comparaciones bíblicas.

El lenguaje no relata: arde. No razona: profetiza.

Y lo que transmite no es memoria, sino dogma.

He aquí un ejemplo de cómo ha sido descrito Bolívar en Carabobo según la tradición literaria posterior a Blanco:

¡Oh Carabobo! […] Allí estaba él, inmenso en su humildad, resplandeciente en su serenidad, terrible en su majestad.

[…] Su caballo blanco parecía arrancado del Apocalipsis, y sus ojos despedían fulgores que enardecían el pecho de los combatientes.

¡Era Bolívar, el ungido del destino, el centauro de la libertad, el dios menor del rayo y de la espada!

No hay aquí un militar, ni siquiera un caudillo: hay un ser mitológico, fusionado con las fuerzas telúricas, más próximo a Júpiter que a Napoleón. Esta retórica no sólo adorna: fabrica una estructura mental. Educa para idolatrar. Convierte al lector en acólito.

Lo más inquietante no es el estilo, sino su función.

Venezuela Heroica fue concebida por Guzmán Blanco como herramienta de cohesión simbólica.

El país, devastado por guerras civiles, necesitaba un eje.

Y Bolívar, convenientemente purificado de sus errores, servía como ídolo perfecto.

Guzmán, autoproclamado «Restaurador», promovió la estatua ecuestre, la relocalización de los restos del Libertador, la instauración de efemérides nacionales, y encargó a Eduardo Blanco —su secretario privado— una obra que dramatizara las gestas como si fueran pasajes del Éxodo.

El encargo era político, no literario. Y su éxito fue total .

Desde entonces, la historia dejó de ser un terreno de debate para convertirse en territorio sagrado.

La escuela enseñaría Venezuela Heroica como texto fundacional.

El culto a Bolívar sustituiría a la crítica histórica.

La exageración se volvería canon. El país ya no se fundaría sobre instituciones: se fundaría sobre el aura de un hombre.

Blanco no inventó el mito, pero lo estetizó hasta volverlo irresistible.

El modelo impuesto por Venezuela Heroica fue tan eficaz que pronto se volvió norma.

Para que Bolívar pudiera ser convertido en figura tutelar de la república, era necesario que todo aquello que lo contradijera —sus fracasos, sus ambiciones, sus traiciones— fuera borrado o transfigurado.

A esta labor se consagró Vicente Lecuna, probablemente el más influyente sacerdote de la ortodoxia bolivarista.

Su empresa no fue literaria, sino archivística, meticulosa, totalizante.

Bajo su dirección se recopiló, ordenó, publicó y canonizó el cuerpo documental del Libertador, y se fundaron los cimientos del bolivarianismo como sistema de interpretación única.

Lecuna no escribió himnos ni alegorías. Fue más peligroso: escribió índices, notas a pie de página, prólogos, glosas.

A través de su labor al frente del Archivo del Libertador, reconfiguró los documentos como piezas de una verdad única.

Aquello que ponía en entredicho la estatura moral de Bolívar era declarado espurio, inexacto o mal interpretado.

Las contradicciones eran explicadas como fruto del contexto.

Los ataques eran imputados al odio español.

Todo quedaba subsumido en una lógica inapelable: Bolívar tenía razón .

La Crónica razonada de las guerras de Bolívar , publicada en varias entregas a comienzos del siglo XX, es una operación quirúrgica sobre la historia.

Lecuna narra, coteja, interpreta y selecciona con una mano guiada por la fe.

Su Bolívar no es el personaje de carne y hueso que tropieza, rectifica o impone: es una figura inmaculada, constante, orientada siempre por el bien superior.

A diferencia de Blanco, que recurre al delirio poético, Lecuna se escuda en la filología.

Pero el efecto es el mismo: el mito se refuerza.

Bajo su influencia se consolidó una nueva forma de enseñanza histórica en Venezuela.

La biografía de Bolívar se convirtió en línea de tiempo oficial.

Sus cartas, en textos escolares. Sus proclamas, en himnos.

El Archivo fue convertido en templo, y el historiador, en centinela del dogma.

Toda lectura disidente era tachada de traición. Toda crítica, de herejía.

A Lecuna le debemos no sólo la difusión masiva de los escritos de Bolívar, sino su enmarcamiento doctrinal.

Él fue quien fijó los límites de lo decible.

Gracias a él, Bolívar no fue leído como caudillo, sino como visionario.

No como figura histórica, sino como cuerpo doctrinal.

Todo lo que vino después —las academias, los discursos, los juramentos escolares, los centenarios— partió de esa operación intelectual: la conversión del archivo en revelación.

La monumentalización de Bolívar, que Eduardo Blanco había envuelto en lirismo y Vicente Lecuna en documentos, encontró en Antonio Guzmán Blanco su gran ejecutor político.

No fue historiador, ni poeta, ni archivista: fue el verdadero arquitecto del culto.

Bajo su gobierno, Bolívar dejó de ser un referente ocasional y se convirtió en omnipresencia simbólica.

Se impuso su retrato en oficinas públicas, se entronizaron sus restos con ceremonias imperiales en el nuevo Panteón Nacional, se rebautizaron ciudades y se institucionalizaron celebraciones escolares.

El Estado fue reorganizado como aparato litúrgico, y el presidente, como sumo sacerdote de la «independencia».

Guzmán entendió que una república sin legitimidad popular necesitaba una figura fundacional incontestable.

Y halló en Bolívar el ídolo perfecto: muerto, ambiguo, maleable, ya exaltado por los románticos y convenientemente lejano para ser manipulado.

A través de decretos, himnos, esculturas, días festivos y nomenclaturas, convirtió al Libertador en presencia cotidiana, en estampa devocional.

El Bolívar de Guzmán no hablaba ni combatía: miraba desde el bronce, desde las paredes, desde los altares cívicos.

Era un santo sin iglesia, pero con Estado.

La exaltación del pasado servía para disciplinar el presente.

Bajo esa lógica, la historia no debía ser memoria, sino edificación.

Por eso se seleccionaban héroes que murieran sin mácula, batallas que terminaran en victoria, frases lapidarias que pudieran repetirse como oraciones.

Todo lo demás —los pactos con los ingleses, las masacres en Pasto, la persecución al clero, los fracasos constitucionales— era excomulgado del relato.

La apoteosis de Bolívar sirvió, además, como justificación simbólica del poder.

Pero fue en el siglo XX donde el mito alcanzó su forma más delirante .

El siglo XX venezolano llevó el culto a Bolívar desde la solemnidad de los templos hasta la alucinación del espejo.

Juan Vicente Gómez, dictador absoluto por más de un cuarto de siglo, se consideró a sí mismo una reencarnación del Libertador.

No se trataba de una metáfora política, sino de una mitología íntima.

Ambos, afirmaba, habían nacido un 24 de julio.

Ambos, caudillos solitarios. Ambos, llamados por el destino a restaurar el orden.

Y así, bajo ese capricho astrológico, Bolívar fue secuestrado una vez más, esta vez como doble simbólico del gomecismo.

Gómez no necesitaba escribir ni hablar demasiado.

Bastaba con los gestos. Mandó a erigir estatuas, a reeditar panegíricos, a custodiar la memoria del Libertador como si se tratara de su propio linaje espiritual.

El mausoleo se transformó en símbolo de continuidad, y la iconografía bolivariana fue absorbida por la maquinaria del Estado autoritario.

Ya no era necesario leer a Bolívar: bastaba con venerarlo.

La república, reducida a finca personal, encontraba en el mito una legitimación total: el dictador era el guardián del sueño interrumpido.

Pero el proceso no se detenía en los símbolos.

Se educaba a los niños con la imagen idealizada de Bolívar, se celebraban las efemérides con discursos vacíos, se reproducían las frases apócrifas hasta convertirlas en credo.

La historia nacional fue confiscada por un solo personaje.

Todos los demás —Miranda, Ribas, Sucre, Páez— quedaban subordinados a su figura, como apóstoles menores o como sombras desobedientes.

Bolívar no era ya el padre de la patria: era la patria misma .

Y esa operación no hubiera sido posible sin un aparato ideológico que sistematizara la devoción.

Entra aquí el sociólogo e ideólogo Laureano Vallenilla Lanz, autor de Cesarismo democrático , una de las obras más lúcidas —y perversas— del bolivarianismo moderno.

Su tesis central era tan cínica como funcional: los pueblos no estaban preparados para gobernarse a sí mismos; necesitaban un caudillo, un César, una figura que encarnara la voluntad colectiva.

Y ese César, por supuesto, era Bolívar. O quien lo sucediera en su sombra.

Para Vallenilla, la república no podía sostenerse sobre instituciones, sino sobre emociones.

La democracia era, en el fondo, un rito.

Y el liderazgo fuerte, una necesidad orgánica.

Con ese discurso, justificó las dictaduras ilustradas, las represiones necesarias, las desigualdades asumidas.

No hablaba como apologista ingenuo, sino como teórico del autoritarismo bolivariano.

Su Bolívar era el primer sociólogo, el gran pedagogo del orden, el hombre que supo que la libertad debía esperar.

El pensamiento de Vallenilla convirtió al caudillo en doctrina, al mito en método.