Capítulo XXI #4
Las Memorias tratan de hacer del Perú un episodio glorioso de liberación.
Pero lo que emerge de los testimonios, incluso de los patriotas peruanos, es otra imagen: la de un dictador extranjero que desangró al país, que lo empobreció y lo usó como trampolín para sus ambiciones.
Las huellas que dejó no fueron las de un libertador agradecido, sino las de un César menor, que creyó haber fundado un imperio personal y dejó, en cambio, una república herida.
Los últimos años de Bolívar constituyen una secuencia de deserciones, fracasos y humillaciones que difícilmente encajan en el marco glorioso que las Memorias de O’Leary buscan preservar.
Pero incluso en esta etapa crepuscular, el edecán se esfuerza por mantener la narrativa heroica: todo declive es atribuido a la ingratitud de los pueblos, a las intrigas de los enemigos, a la incomprensión de las elites.
Nunca a los errores del caudillo. Nunca a su ambición sin freno.
Nunca a la lógica destructiva que sembró desde el inicio.
Después de la campaña peruana, Bolívar retorna a la Gran Colombia como dictador vitalicio.
El Congreso de Bolivia —recién creado— le ofrece la presidencia.
Sus seguidores promueven constituciones hechas a su medida.
Pero la realidad lo traiciona: las provincias se rebelan, los militares se fracturan, los antiguos aliados se convierten en rivales.
Páez lo desafía desde Venezuela. Santander lo acusa en Bogotá.
Los federalistas lo repudian en Quito. Y los liberales comienzan a ver en él a un traidor de la causa republicana.
O’Leary narra estos hechos como una tragedia injusta.
Bolívar, dice, es víctima de la mezquindad humana, de la ingratitud, de la intriga.
Se convierte en mártir de la libertad, no en culpable de su ruina.
Pero no hay en las Memorias un solo intento serio de evaluar las causas del fracaso político.
No se cuestiona su estilo autocrático, ni sus ambiciones imperiales, ni su desprecio por la legalidad republicana, ni sus alianzas contradictorias.
La culpa siempre es de los otros: de los facciosos, de los envidiosos, de los cobardes.
La campaña contra la Convención de Ocaña es uno de los episodios más reveladores.
Cuando Bolívar ve que no puede controlar la redacción de una nueva constitución, ordena su disolución, marcha con tropas sobre Bogotá y se hace proclamar dictador.
La maniobra es una traición directa al orden constitucional.
Pero O’Leary la justifica como un acto de salvación nacional.
Una vez más, el recurso a la dictadura es presentado como necesario.
La libertad, como siempre, debe ceder ante la voluntad del Libertador.
La descomposición institucional de la Gran Colombia avanza a pasos acelerados.
Las regiones se independizan de hecho. Las conspiraciones se multiplican.
Bolívar ya no inspira temor ni respeto. Su salud se deteriora.
Sus discursos se vuelven más sombríos. El «hombre de la espada» queda cada vez más solo, envuelto en su propio mito.
Las Memorias intentan transformar ese aislamiento en nobleza, esa soledad en gloria, ese rechazo en martirio.
Pero lo cierto es que el pueblo que decía liberar lo expulsa.
La república que decía fundar lo repudia.
La historia que decía escribir lo niega.
La última escena es la de un Bolívar enfermo, acorralado, escribiendo testamentos políticos en los que pide unión, tolerancia, perdón.
Pero la posteridad no se alimentará de esas súplicas.
Se alimentará del aparato simbólico que O’Leary empieza a construir en ese momento: la figura de un padre traicionado, de un redentor incomprendido, de un dios crucificado por su pueblo.
El relato del edecán muta en evangelio laico.
Y su Bolívar, ya sin ejército ni república, sin partido ni seguidores, comienza a ascender hacia el Olimpo cívico que las generaciones futuras convertirán en mito de Estado.
Cuando Daniel Florencio O’Leary comenzó a escribir las Memorias de su jefe, no podía saber que estaba dando forma a la piedra angular de una religión política.
Durante décadas recopiló papeles, reconstruyó episodios, pidió testimonios, recuperó documentos dispersos y redactó con paciencia irlandesa el relato que debía salvar a Bolívar del olvido o de la acusación.
Su obra no es la historia de una independencia: es la construcción del dogma.
No busca esclarecer los hechos: busca canonizarlos.
Y al hacerlo, establece la gramática del bolivarianismo como ideología y como liturgia.
Las generaciones futuras beberán de ese relato con fe devota.
Eduardo Blanco escribirá Venezuela Heroica como una continuación sentimental y retórica de las Memorias.
Vicente Lecuna se convertirá en custodio escrupuloso del archivo bolivariano, escudriñando cada línea para reforzar el mito.
Los manuales escolares repetirán las versiones, las citas, los gestos.
Los regímenes autoritarios vestirán sus abusos con los ropajes del Libertador.
La revolución, el orden, la moral y la espada quedarán inscritos en un mismo santoral.
Y todo eso comenzó aquí: con un edecán que no supo —o no quiso— distinguir la historia del dogma.
Pero lo que hace a las Memorias tan influyentes no es su verdad, sino su forma.
O’Leary escribe con solemnidad, con pathos, con ritmo narrativo.
Da voz a los documentos, elige con cuidado lo que cita, dramatiza con habilidad lo que narra.
Su Bolívar respira en cada línea: no como hombre, sino como ícono.
Lo acompaña en sus silencios, lo absuelve en sus furias, lo glorifica en sus decisiones más turbias.
Las omisiones son deliberadas, las eufemizaciones meticulosas, los errores ajenos siempre mayores que los propios.
No hay espacio para el remordimiento, ni para la duda, ni para el juicio moral. Todo se orienta a la redención final .
Y sin embargo, al leer con atención, las fisuras aparecen.
Lo que no dice resuena más que lo dicho.
La ausencia de los vencidos, el silencio sobre los crímenes, la disimulación de las pugnas internas, la idealización del terror, todo eso delata el artificio.
Las Memorias son útiles, no porque digan la verdad, sino porque revelan la necesidad de encubrirla.
Son el espejo de una élite que necesitó convertir su violencia en virtud, su ambición en patriotismo, su caudillismo en libertad.
La posteridad se fundó sobre ese espejo. Y hasta hoy seguimos viéndonos en él.