Capítulo XXI #3
La batalla de Carabobo, librada el 24 de junio de 1821, ocupa un lugar central en la liturgia bolivariana.
O’Leary la describe con exaltación casi épica: una confrontación decisiva, un parteaguas histórico, una jornada gloriosa que selló la independencia venezolana.
Los manuales escolares y los discursos oficiales repetirán esta versión durante generaciones, hasta convertirla en dogma.
Pero la revisión cuidadosa del contexto militar revela una historia menos heroica y más reveladora.
Para empezar, la correlación de fuerzas estaba muy lejos de favorecer a los realistas.
Mientras el chavismo repite —en voz de Maduro o en los murales oficiales— que la batalla fue una gesta de un ejército pobre, mestizo y patriota contra un imperio colosal, los datos demuestran que los españoles apenas disponían de unos tres mil hombres mal abastecidos, dispersos por diversas regiones, enfrentando focos simultáneos de conflicto, sin apoyo naval ni refuerzos cercanos.
El grueso de las tropas estaba estacionado lejos del campo de batalla y bajo presión constante en otras provincias.
La idea de una «victoria contra el Goliat imperial» es una falsedad propagandística que O’Leary contribuyó a consagrar.
La tropa republicana, en cambio, estaba compuesta por miles de hombres, entre ellos numerosos mercenarios británicos organizados en batallones profesionales, mejor armados y mejor entrenados.
La llamada Legión Británica —de la que O’Leary formaba parte— tuvo un rol decisivo en el combate.
Pero las Memorias minimizan esa participación para no deslucir la narrativa patriótica.
Se menciona a los ingleses, sí, pero como aliados subsidiarios, cuando en realidad fueron vanguardia y columna vertebral de la victoria.
Esta omisión tiene un motivo claro: no conviene recordar que la independencia fue, en gran parte, obra de tropas extranjeras que obedecían a intereses ajenos.
Otro aspecto silenciado por O’Leary es la represión posterior a la batalla.
Los prisioneros realistas fueron en muchos casos ejecutados sumariamente, y los pueblos simpatizantes con la causa del rey fueron sometidos a saqueos y castigos ejemplares.
Las Memorias celebran el triunfo, pero no examinan sus consecuencias.
Como ocurre a lo largo de todo el texto, la sangre vertida del enemigo no cuenta como crimen: es necesaria, es virtuosa, es purificadora.
También hay contradicciones en la exaltación moral de los combatientes.
O’Leary elogia la valentía, el sacrificio, la entrega, pero evita hablar de las levas forzosas, del uso de menores de edad, de los esclavos obligados a combatir por la promesa incierta de libertad.
Carabobo no fue sólo una victoria militar: fue una operación de propaganda simbólica, montada para consagrar a Bolívar como libertador absoluto y para desplazar cualquier otro liderazgo.
Páez queda reducido a un ejecutor fiel; Sucre, a un genio en potencia aún subordinado; los caudillos regionales, a sombras sin voz.
Las Memorias no toleran el protagonismo compartido .
La escena de Bolívar recorriendo el campo de batalla, recibiendo vítores, condecorando a sus oficiales, consolando a los heridos, es parte del relato litúrgico.
O’Leary la construye con detalle visual, con ritmo emocional, con lenguaje exaltado.
Pero omite que la batalla fue breve, que muchas unidades realistas se rindieron sin pelear, que parte del combate fue una retirada desorganizada más que un enfrentamiento épico.
La desproporción entre lo narrado y lo ocurrido es deliberada: se trata de construir un mito fundacional.
Carabobo, en las Memorias , no es un hecho: es un altar. Y O’Leary, el oficiante.
Entre los episodios más comprometidos para la posteridad de Bolívar, pocos presentan una dificultad tan evidente —y tan esquiva— como la masacre de Pasto.
O’Leary, que acostumbra relatar con detalle los movimientos del ejército patriota, guarda en este caso una discreción sospechosa.
Apenas menciona los combates. Nada dice del saqueo.
Y en cuanto a la matanza posterior a la rendición, se limita a hablar de una severidad «lamentable» sin atribuir responsabilidades.
Pero el silencio aquí no protege a Bolívar: lo incrimina.
La Navidad Negra de 1822 es uno de los crímenes más documentados del proceso independentista.
Tras haber sido derrotado previamente por Agustín Agualongo —mestizo, indígena, realista, líder popular—, Sucre entró en Pasto con ánimo de revancha.
Bolívar, que no ignoraba el deseo de venganza, lo respaldó con una carta donde le otorgaba plena autoridad sobre la región.
La ciudad, fiel a la causa realista, fue tomada por la fuerza.
Y después, ejecutados cientos de ciudadanos —incluidos mujeres, niños y religiosos— en el contexto de una purga disfrazada de castigo.
Las calles quedaron regadas de cadáveres.
Las iglesias, profanadas. Los hogares, reducidos a ruinas.
Hay testimonio directo de esas matanzas.
Las fuentes eclesiásticas, las crónicas pastusas, los documentos españoles, incluso algunos relatos de patriotas consternados, confirman que fue una operación de exterminio planificado.
Pero O’Leary no sólo lo omite: se ve obligado a deformarlo.
Para que el mito de Bolívar como héroe civilizador sobreviva, Pasto debe ser convertido en una ciudad traidora, fanática, culpable.
Agualongo, en vez de aparecer como lo que fue —un defensor del orden legítimo, respetado por su pueblo, militar talentoso—, es relegado a la condición de bandolero étnico, al margen de la historia oficial.
La verdad es que Agualongo representa todo lo que incomoda al relato patriótico: un mestizo leal al rey, amado por su comunidad, que derrotó a Sucre en combate abierto y resistió la imposición republicana con recursos propios.
Era la prueba viviente de que la independencia no fue una emancipación de los pueblos originarios, sino muchas veces su sometimiento por nuevas élites.
Bolívar y sus generales no combatieron al «colonialismo»: combatieron a los realistas indígenas, afrodescendientes y campesinos que se negaban a legitimar su nuevo orden.
O’Leary, consciente del dilema, opta por la invisibilización.
Cuando la matanza se hace imposible de disimular, la historiografía bolivarista acude al pretexto habitual: la confusión, el exceso de los subalternos, el calor de la guerra.
Se dice que Sucre no obedecía órdenes, que Bolívar no fue informado, que las atrocidades fueron errores tácticos.
Pero la carta en la que Bolívar le otorga a Sucre plenos poderes sobre el sur del virreinato está documentada.
Su ascenso posterior lo confirma. Y el uso sistemático del terror como instrumento político —desde la Guerra a Muerte hasta la represión de disidencias internas— convierte en absurdo cualquier intento de exculpación. Bolívar sabía, aprobaba y premiaba.
El nombre de Pasto quedó ligado a la resistencia.
Su castigo, a la advertencia. Y las Memorias , al encubrimiento.
Lo que fue una masacre ritual es convertido por O’Leary en una página menor, un trance triste pero necesario, una nota al pie.
La técnica es antigua: se borra el dolor para consolidar el relato.
Pero los muertos siguen ahí, más presentes que las estatuas.
El paso de Bolívar por el Perú planteó a su edecán el desafío más difícil de narrar.
No sólo por la magnitud de los poderes que allí se arrogó su jefe, sino por el desprestigio que sembró a su paso y los excesos que protagonizó con creciente impunidad.
Las Memorias deben armonizar lo inarmónico: presentar como gesta heroica lo que muchos peruanos vivieron como ocupación extranjera, justificar como necesidad republicana lo que fue para buena parte del clero, del ejército y de la aristocracia una arbitrariedad sistemática.
O’Leary no puede inventar una historia distinta, pero sí seleccionar los hechos, adornarlos, mutilarlos, justificar lo injustificable.
En Lima, Bolívar no sólo recibió poderes dictatoriales, sino también privilegios económicos, honores exagerados y un aparato cortesano que él mismo fomentó.
Se rodeó de aduladores, concentró las rentas públicas, organizó fastos, y acumuló joyas, obsequios, trajes y estatuillas.
A su llegada, era un caudillo despojado y extranjero; a su salida, un príncipe mimado que partía con cargamentos de regalos.
El propio Riva Agüero —quien había sido presidente del Perú, y apoyó la causa independentista— dejaría constancia del saqueo encubierto y del desprecio popular hacia Bolívar en su retirada.
O’Leary, por supuesto, prefiere hablar de gratitud, de tributo espontáneo, de merecida recompensa.
Tampoco menciona O’Leary la persecución a los eclesiásticos españoles, ni la confiscación de bienes de conventos, ni las represalias contra las poblaciones realistas.
Bolívar se presenta como restaurador de la legalidad, pero disuelve instituciones, interviene en la universidad, censura a los disidentes, impone constituciones sin consulta.
Sus panegiristas modernos lo presentan como visionario democrático; sus contemporáneos peruanos lo vieron con razón como déspota.
Ni siquiera San Martín, que había intentado una salida moderada, fue respetado: Bolívar lo humilló diplomáticamente, lo desplazó y lo borró del relato.