El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo XXI #2
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Capítulo XXI #2

Hay un episodio clave que revela esa distancia: la huida de Bolívar tras la caída de la Segunda República.

O’Leary lo narra como un repliegue forzado, una retirada estratégica.

Pero la realidad es más vergonzosa: Bolívar escapó de Caracas mientras las tropas patriotas eran diezmadas.

En Ocumare abandonó a sus hombres y sólo se salvó porque algunos oficiales británicos lo auxiliaron.

Las Memorias transforman esa fuga en una maniobra dramática, omitiendo detalles humillantes, suprimiendo testimonios incómodos.

No es el historiador quien habla, sino el custodio del mito .

Lo que sigue es la primera gran fractura interna del movimiento revolucionario.

La figura de José Félix Ribas —héroe trágico, republicano convencido, ejecutado por los realistas— desaparece del centro del relato.

Y en su lugar emerge Bolívar como el único depositario legítimo del proyecto emancipador.

Las disidencias, las pugnas por el mando, las intrigas, las rivalidades personales, todo queda desplazado por la narrativa del liderazgo inevitable.

O’Leary ayuda a consolidar esa imagen, a despejar el camino simbólico para que Bolívar se convierta no en un jefe militar entre otros, sino en el ungido del destino.

A partir de aquí, cada derrota será presentada como un preludio del triunfo final.

Cada crisis como un instante de purificación.

Cada traición sufrida, una prueba del temple.

La lógica de la hagiografía se impone a la lógica de la historia.

Las Memorias no están hechas para enseñar: están hechas para consagrar.

Tras la devastación causada por la Guerra a Muerte, el movimiento revolucionario se replegó hacia el Orinoco para reorganizarse en torno a un nuevo centro de operaciones: Angostura.

Bolívar, debilitado, sin prestigio internacional, desplazado de Nueva Granada y sospechoso de autoritarismo, inicia en ese espacio marginal una estrategia doble: reconstruir su autoridad militar y proyectar una imagen de estadista.

O’Leary acompaña esa transición con una devoción inquebrantable.

Desde sus páginas, el caudillo ya no es sólo un libertador, sino un legislador.

Angostura será el laboratorio del nuevo mito.

Las Memorias atribuyen a Bolívar una clarividencia institucional precoz.

El Congreso de Angostura, según O’Leary, fue convocado por puro respeto a la legalidad, como expresión del deseo del Libertador de someterse a un poder civil.

Pero los hechos desmienten esa construcción: Bolívar ya ejercía el mando supremo por decreto; la convocatoria fue selectiva y excluyente; los diputados eran, en su mayoría, militares o aliados suyos; y el discurso inaugural —célebre por su tono visionario— no fue seguido por ningún diseño institucional efectivo.

El Congreso fue una escenificación: Bolívar lo usó para legitimar su poder, no para compartirlo.

En su descripción del discurso de Angostura, O’Leary omite deliberadamente las tensiones internas que lo rodearon.

Calla las reservas de algunos diputados, la frialdad de la recepción, las preocupaciones de los pocos civiles ilustrados presentes.

En cambio, eleva el texto a la categoría de tratado fundacional, como si condensara toda la filosofía del republicanismo americano.

La paradoja es evidente: se celebra un discurso que advierte contra los peligros del caudillismo, mientras se lo emplea para consolidar el culto al caudillo.

Bolívar aparece como el profeta de la moderación, aun cuando actúa como dictador.

La creación del llamado «Poder Moral» es una muestra de ese desdoblamiento.

O’Leary lo presenta como una genialidad inspirada en Rousseau y Montesquieu, un intento por asegurar la virtud cívica.

Pero el proyecto es, en el fondo, una invención desmedida y arcaica, ajena a toda tradición institucional americana.

Consiste en fundar un tribunal de censura y vigilancia moral, un organismo que supervise la conciencia pública.

En otras palabras: una inquisición laica.

Que un militar victorioso pretenda fundar un Estado tutelado por jueces de la virtud, mientras concentra en sí todos los poderes, no parece a O’Leary digno de crítica.

Al contrario: lo considera una demostración de sabiduría superior.

También se prepara en Angostura la Campaña del Centro y la reconfiguración de la guerra como empresa continental.

O’Leary insiste en la amplitud de miras de su jefe, en su espíritu panamericano, en su renuncia a los intereses personales.

Pero no menciona los pactos secretos con mercenarios europeos, las concesiones anticipadas a banqueros británicos, las promesas de explotación minera y comercial hechas a espaldas de los pueblos liberados.

Bolívar comienza a construir un ejército multinacional, pero financiado por préstamos que hipotecarán la independencia durante décadas. Nada de eso aparece en las Memorias .

El edecán escribe como quien prepara un altar, no como quien deja constancia.

Las contradicciones de su señor se convierten en virtudes, sus excesos en fuerza visionaria, sus errores en enseñanzas.

Angostura, que fue una oportunidad para refundar la república, termina convertida —gracias a su pluma— en un paso más hacia la entronización del hombre providencial.

El 15 de febrero de 1819, en la ciudad de Angostura, Bolívar pronunció ante el Congreso un discurso que la historiografía oficial ha elevado a la categoría de pieza magna del pensamiento político hispanoamericano.

O’Leary lo transcribe con fervor y lo presenta como un texto profético, cargado de lucidez institucional y amor republicano.

Pero leído a contrapelo, el famoso Discurso de Angostura es, ante todo, una disertación contradictoria, plagada de generalidades, plagios y ambivalencias.

Bolívar advierte allí contra el despotismo, pero propone un presidente vitalicio con poder de veto absoluto.

Clama por la moral pública, pero plantea la creación de un Poder Moral inspirado vagamente en Rousseau.

Celebra la libertad de expresión, pero tolerará apenas las críticas.

En suma, el discurso revela una mente dividida entre el republicanismo teórico y la pulsión autoritaria, entre el barniz ilustrado y la necesidad práctica del mando total.

O’Leary omite esas tensiones. Prefiere ver en el discurso la culminación de una doctrina, no el síntoma de una deriva.

Ignora que las ideas allí expuestas no fueron desarrolladas ni institucionalizadas con rigor, y que muchas de ellas fueron abandonadas por el propio Bolívar pocos meses después.

Pero la posteridad necesitaba una constitución simbólica, un Evangelio laico, una pieza literaria que canonizara la intención, aunque fallara la ejecución.

Y O’Leary se encarga de construir esa pieza con la piedad de un exégeta.

Lo que sigue es la operación militar que llevará a la decisiva batalla de Boyacá.

En agosto de 1819, Bolívar atraviesa los Andes en una maniobra audaz y peligrosa.

La gesta ha sido repetidamente narrada como una epopeya, y O’Leary no es la excepción: la convierte en una hazaña homérica, donde la voluntad del líder arrastra consigo a un ejército famélico, venciendo el hielo, el barro y el cansancio.

Pero el edecán omite que muchos hombres murieron por negligencia, que los animales de carga se perdieron por falta de previsión, y que la mayoría de la tropa llegó exhausta y desmoralizada.

La victoria en Boyacá se debió más al despliegue táctico de última hora y a la desorganización realista que a una planificación impecable .

A partir de entonces, el relato de O’Leary se vuelve más extenso, más minucioso y más grandilocuente.

La campaña en Nueva Granada es descrita como un proceso inexorable de liberación, pero sin explicar cómo se sostienen económicamente los ejércitos, quién financia los desplazamientos, qué acuerdos comerciales se tejen con los británicos, qué compromisos se asumen con los caudillos locales.

Las Memorias sustituyen la complejidad por la exaltación, la intriga por el fervor.

Es en esta etapa cuando Bolívar comienza a asumir poderes absolutos.

El Congreso de Angostura le concede la dictadura con carácter transitorio, pero esa transitoriedad se irá prolongando hasta hacerse regla.

O’Leary naturaliza esa concentración de poder: dice que era necesaria, que nadie más tenía la autoridad moral ni el talento estratégico.

La noción misma de república desaparece progresivamente de su lenguaje, sustituida por un culto personal al liderazgo y por una concepción providencial de la historia.

La voluntad del jefe se convierte en el único principio rector del proceso.

La red de oficiales extranjeros que rodean a Bolívar también se amplía: ingleses, irlandeses, alemanes, franceses.

Muchos de ellos no entienden el idioma, no comparten la causa, no tienen vínculo alguno con los pueblos que combaten.

Vienen por el sueldo, por las promesas de tierras, por el prestigio militar.

O’Leary los ensalza, porque ve en ellos la legitimación europea del proyecto.

Pero calla los desórdenes que provocan, la indisciplina, las violaciones, los saqueos, el desprecio con que tratan a los locales.

Son soldados profesionales, sí, pero no de la libertad .

A medida que la victoria se acerca, la causa se va vaciando de contenido. Lo que queda es la maquinaria militar al servicio de un solo nombre. Y O’Leary lo eleva, lo pule, lo engrandece. Ya no hay historia: hay liturgia.