Capítulo XXI
El relato del vencedor: crítica a las Memorias del general O’Leary
Daniel Florencio O’Leary no fue un historiador: fue un testigo, un secretario, un escriba al servicio del vencedor.
Pero no cualquier vencedor: su señor fue el arquitecto de una guerra, el autor de una república, el icono de una mitología política que terminó por consumir la historia.
El joven oficial irlandés, que llegó al continente como parte de los cuerpos expedicionarios británicos, se convirtió muy pronto en edecán de Bolívar, acompañándolo en sus marchas, redactando sus proclamas, ordenando sus archivos.
Y tras la muerte del caudillo, asumió la empresa más ambiciosa de todas: justificarlo.
Las Memorias del general O’Leary —más de treinta volúmenes acumulados con meticulosidad— constituyen no sólo un monumento al culto de Bolívar, sino también la versión oficial de la independencia escrita desde la cima de la victoria.
En ellas se organizan cartas, partes de batalla, relatos personales y apologías políticas, todo bajo la mirada del hombre que, por décadas, custodiaba el legado de su jefe como un sacerdote guarda las reliquias de un mártir.
Pero como toda crónica nacida del poder, las Memorias dicen demasiado y callan más.
Son útiles no tanto por lo que afirman, sino por lo que evidencian sin querer: el uso de la violencia, las traiciones sistemáticas, los pactos secretos, las barbaries legitimadas, la construcción metódica de un relato donde Bolívar, por definición, no puede errar.
O’Leary jamás pretende escribir una historia objetiva.
Escribe como quien honra una promesa. Habla desde la devoción, no desde el análisis.
Y aunque esa devoción le permite conservar documentos fundamentales, también lo obliga a leerlos como pruebas de santidad.
El archivo que construye no está destinado a la crítica, sino a la veneración.
El Libertador emerge en sus páginas no como un actor político, sino como un redentor laico cuya voluntad es el motor último de los acontecimientos.
Los errores se atribuyen a las circunstancias, las atrocidades a subordinados excesivos, las derrotas a la traición ajena.
Todo es disposición providencial o accidente honorable.
En ningún caso, responsabilidad del caudillo.
Por eso las Memorias son un documento ambiguo.
Su valor no reside en la fidelidad con que narran los hechos, sino en la estructura que dan al mito.
Cada campaña se convierte en epopeya, cada maniobra en genio, cada retirada en sacrificio.
El tono es exaltado, reverencial, y la selección de materiales está marcada por una intención edificante.
O’Leary no escribe para esclarecer, sino para edificar un panteón.
Y lo logra con eficacia: durante más de un siglo, su obra será fuente obligada, no sólo para historiadores, sino también para panegiristas, novelistas, escolares, políticos, dramaturgos.
De sus páginas beben tanto el liberal ilustrado como el dictador tropical .
La grandeza que O’Leary exalta es inseparable de la devastación que oculta.
Bajo la tinta noble de sus descripciones militares se entrevén sombras que no se disipan con palabras: pueblos arrasados, religiosos asesinados, niños reclutados a la fuerza, ciudades saqueadas, pactos incumplidos.
Los documentos que recopila están al servicio de una causa, no de una verdad.
Y esa causa exige que todo se pliegue ante la voluntad de un solo hombre, que todo sacrificio sea justificado por el fin, que todo crimen quede sublimado por la idea de libertad.
Pero la libertad así invocada suele tener otro nombre.
En las primeras páginas de sus Memorias , O’Leary se esfuerza por presentar el estallido de la revolución en Caracas como un acto espontáneo de afirmación nacional.
Nada más lejano a la verdad. La insurrección fue impulsada por una élite criolla que, temerosa del contagio popular de la Revolución francesa y la Revolución haitiana, optó por adelantarse a los acontecimientos.
O’Leary omite deliberadamente las luchas intestinas, los intereses económicos, los pactos fallidos, los resentimientos personales y las traiciones que precedieron al 19 de abril de 1810.
En su relato, todo aparece como si la independencia hubiese sido una voluntad unánime del pueblo, articulada por el genio providencial de Bolívar y sus precursores.
Este falso consenso tiene consecuencias.
Permite representar a los realistas como una minoría reaccionaria, servil a la metrópoli, enemiga de la libertad.
Oculta que una parte considerable de la población —campesinos, artesanos, indígenas, afrodescendientes, clérigos y burócratas— no sólo no apoyó la revolución, sino que combatió activamente contra ella.
En ningún momento las Memorias reconocen que la independencia fue una guerra civil prolongada y brutal, donde los bandos no estaban definidos por principios ideológicos, sino por alianzas locales, tensiones sociales y estrategias de supervivencia.
O’Leary rehúye cualquier referencia al carácter fragmentado, contingente y contradictorio del proceso.
Su Bolívar emerge de la niebla como un faro iluminador, no como un agente en disputa dentro de una trama incierta.
Lo mismo ocurre con la figura de Miranda, a quien O’Leary desprecia con la altivez del converso.
Las Memorias reproducen con frialdad la entrega de Miranda por parte de Bolívar en La Guaira, sin cuestionar la ignominia del acto.
Justifican el episodio con un argumento elemental: era necesario sacrificar al precursor para salvar la revolución.
Pero lo que en realidad evidencia el hecho es el talante amoral de Bolívar desde los comienzos: su disposición a traicionar a un líder respetado internacionalmente con tal de salvar su prestigio.
O’Leary lo sabe, pero lo minimiza. Como hará una y otra vez a lo largo del texto: silenciar, dulcificar, justificar.
El edecán también se esfuerza por revestir de sentido épico los fracasos militares iniciales de su jefe.
La caída de la Primera República, la derrota de la Campaña Admirable, la huida de Bolívar hacia Cartagena, su expulsión de Nueva Granada, todo es narrado como si se tratara de pruebas necesarias para la posterior redención.
No hay reconocimiento de errores de cálculo, de estrategias fallidas, de divisiones internas, de abusos de poder.
O’Leary prefiere hablar de «adversidades», de «enemigos poderosos», de «condiciones adversas».
Como si los hechos no tuviesen causas sino obstáculos morales .
La famosa proclama de «Guerra a Muerte» es uno de los puntos ciegos más reveladores.
O’Leary no la reproduce con exactitud, no la analiza, no la critica.
Se limita a contextualizarla vagamente como una reacción comprensible ante las atrocidades de los realistas.
Nada dice del carácter genocida del decreto, de su papel en la radicalización del conflicto, ni del trauma que generó en las poblaciones que vieron cómo la violencia política se convertía en exterminio sistemático.
Esa omisión es estructural. Porque admitir la responsabilidad de Bolívar en la barbarie destruiría la lógica sacral que guía todo el relato.
Las Memorias no buscan comprender el pasado: buscan salvar a Bolívar del juicio histórico. Y para ello es necesario fundar una nueva religión política, donde la verdad no importa, sólo la fe.
En 1813, la revolución cruza un umbral del que ya no podrá volver: Bolívar proclama abiertamente la «Guerra a Muerte» contra todo español que no combata a favor de la independencia.
La consigna no es una hipérbole: se transforma en programa militar y en justificación de una política de exterminio.
Las Memorias intentan amortiguar el impacto moral del decreto presentándolo como una reacción desesperada ante las matanzas cometidas por los realistas.
Pero el propio texto del manifiesto de Bolívar contradice esa versión: no se trata de una medida proporcional, sino de un edicto de venganza total.
Y lo que sigue es una campaña de horror.
La descripción que O’Leary hace de ese período está cuidadosamente editada.
No oculta que hubo violencia —eso sería insostenible—, pero siempre la atribuye a factores externos: la dureza del conflicto, la necesidad de infundir temor, el ímpetu descontrolado de algunos subalternos.
Bolívar, en cambio, permanece incólume. No hay lugar para su responsabilidad directa en las masacres, en los fusilamientos sin juicio, en los saqueos, en las matanzas de civiles, en la utilización del terror como método sistemático.
Cada vez que una acción resulta indefendible, las Memorias optan por la omisión o la excusa.
Lo que no se puede justificar, se silencia. Y lo que se menciona, se purifica.
Pero los hechos se filtran entre las líneas.
La toma de Valencia, la represión en Santa Lucía, las ejecuciones en La Guaira, los crímenes en San Mateo, las venganzas en Bogotá: episodios documentados por cronistas realistas y testigos neutrales, que muestran un patrón de brutalidad consentida.
O’Leary prefiere disimular. Su Bolívar es un conductor noble que sufre por los excesos de la guerra, no el estratega que los ordena.
Es un moralista que reprende a sus generales, no un caudillo que legitima el terror.
La distancia entre el Bolívar real y el Bolívar de las Memorias comienza aquí a volverse insalvable.