El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo XX
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Capítulo XX

La impostura republicana

Hubo un tiempo —largo, sangriento y delirante— en que se creyó que matar a un rey era el acto fundacional de la libertad.

Y que proclamar una república bastaba para transformar al súbdito en ciudadano, al esclavo en hombre, al pueblo en soberano.

Ese tiempo no ha terminado. Persiste, disfrazado de doctrina, de himno, de efeméride.

Se llama república. Y en Hispanoamérica, no fue una evolución: fue un simulacro.

La república no nació aquí como fruto de maduración política, ni como expresión de un pacto común.

Nació como justificación del crimen. Como estratagema de guerra.

Como consagración de la usurpación. Fue, desde el inicio, una máscara.

Y como toda máscara, sirvió para ocultar un rostro deformado: el de una oligarquía sedienta, un populacho manipulable y una élite resentida que, habiendo perdido su lugar en el viejo orden, decidió fundar otro nuevo… sobre cenizas.

Lo que se nos ha vendido como la forma más noble de gobierno es, en realidad, una ideología.

Una fe laica que exige sumisión al dogma, odio al pasado y fervor a la utopía.

La república no se contenta con organizar el poder: necesita justificarlo moralmente.

Se presenta como emancipación inevitable, como redención histórica, como superación del oscurantismo.

Y para lograrlo, necesita demonizar todo lo anterior: la monarquía, la tradición, el altar, el vínculo sagrado entre el hombre y el orden.

De ahí la mitología republicana: el pueblo como origen absoluto, la ley como producto de la voluntad general, la nación como abstracción redentora, el ciudadano como autómata racional.

Pero ese pueblo nunca existió. Esa voluntad general nunca se manifestó.

Esa ley nació en medio del caos, de la sangre, del miedo.

Y esa ciudadanía fue una ficción impuesta a golpe de fusil y tribuna.

Francia lo demuestra. América lo repite.

La Revolución francesa, madre ideológica de nuestras repúblicas, no parió una democracia: parió un dogma armado.

Convirtió la política en religión y la república en liturgia.

Su símbolo más puro no fue el contrato social, sino la guillotina.

La libertad, la igualdad y la fraternidad no fueron principios vividos, sino consignas gritadas al borde del abismo.

Y cuando se impuso la virtud revolucionaria como norma, empezó la matanza.

No por error, sino por lógica. No por desviación, sino por fidelidad al principio.

Los republicanos no mataron al rey porque fuera un tirano: lo mataron porque era un límite.

Porque representaba un principio anterior a la voluntad.

Porque encarnaba la idea de que hay algo —alguien— por encima del pueblo.

Alguien que no se elige, que no se vota, que no se derroca.

Alguien que recuerda que el poder no nace de abajo, sino que viene de lo alto.

Por eso había que asesinarlo. Y al asesinarlo, la república quedó sola, sin cielo, sin raíz, sin horizonte. Sola con su propio reflejo.

Esa orfandad sagrada fue disfrazada de modernidad.

Y lo que en realidad fue un vacío espiritual se convirtió en doctrina política.

Desde entonces, toda república nace con una obsesión: que no vuelva el padre.

Que no regrese el símbolo. Que no se pronuncie el nombre prohibido.

Por eso se impone la educación laica, la historia épica del pueblo, el calendario civil, el culto a los mártires revolucionarios.

Todo debe servir al mismo fin: impedir que la tradición recupere su lugar. La república no administra: exorciza.

Y en América hispánica, ese modelo no sólo fue adoptado: fue idolatrado.

Importamos sus símbolos, sus palabras, sus gestos.

Copiamos sus constituciones, sus ritos, sus crímenes.

Y como siempre ocurre con los imitadores, exageramos.

Hicimos de Bolívar nuestro Robespierre tropical, de nuestros montoneros los sans-culottes, de nuestros caudillos unos Napoleones de aldea.

Y así nació el mito de la República como redención del pueblo.

Un mito que, en realidad, sólo ha servido para ocultar el saqueo con palabras bonitas.

Carlos Rangel lo dijo con claridad: el verdadero problema de Hispanoamérica no es la explotación externa, sino el autoengaño interno.

Nos creemos redimidos por la independencia, iluminados por la república, emancipados por la modernidad.

Pero seguimos siendo súbditos: no de un rey, sino de una mentira.

La república nos prometió libertad, pero nos entregó caudillismo.

Nos prometió ciudadanía, pero nos dio clientelismo.

Nos prometió igualdad, pero consagró privilegios.

Y lo peor: nos hizo creer que todo eso era inevitable, necesario, sagrado.

La historia republicana de Venezuela —como la de casi todas las repúblicas hijas de la espada criolla— no es una evolución institucional: es una sucesión de golpes, saqueos, guerras civiles y simulacros de legalidad.

La constitución ha sido un papel decorativo.

El voto, una farsa periódica. La ciudadanía, un estado de excepción.

Los presidentes han sido, en su mayoría, caudillos disfrazados de ilustrados, o ilustrados disfrazados de redentores.

Y detrás de todos, una misma estructura: la república como disfraz.

Porque esa es la función real del republicanismo entre nosotros: justificar el poder.

Hacer pasar el desorden por democracia. Legitimar al nuevo dueño con símbolos de libertad.

Crear un relato en el que el pueblo es actor, cuando en realidad sólo es escenario.

Mientras tanto, los verdaderos actores —los que manejan la renta, las armas, los micrófonos— ensayan, una y otra vez, el mismo libreto: salvar la patria.

Pero ¿qué patria?

Una patria que nació amputada, dividida, contra su propia historia.

Una patria que se fundó no sobre el pacto, sino sobre la exclusión del otro: del realista, del español, del católico, del monárquico.

Una patria que empezó matando y que no ha dejado de matarse a sí misma desde entonces.

Esa patria no es república: es ruina decorada con palabras.

Y el nombre que le dimos, «república», no fue más que un espejismo que seguimos confundiendo con horizonte .

La república, entendida como sistema político perfecto, ha gozado de un prestigio que nunca ha merecido.

No por sus logros, sino por sus enemigos.

Se nos ha enseñado que la alternativa a la república es la tiranía.

Que fuera de ella no hay más que oscuridad.

Que la monarquía fue, es y será sinónimo de atraso, servidumbre y superstición.

Pero eso no es historia: es propaganda. Es la misma lógica tautológica con la que se nos dice que sólo hay democracia donde hay elecciones, y que sólo hay progreso donde hay repúblicas.

Y como prueba se exhibe la ruina ajena, jamás la propia.

Es hora de desmontar ese reflejo condicionado.

La monarquía —la verdadera, no la caricatura absolutista que el republicanismo necesita para justificar su existencia— no es un capricho hereditario ni una reliquia aristocrática.

Es una forma de entender el poder como servicio, de encarnar la continuidad por encima de los vaivenes, de preservar el principio sacro en el corazón de lo político.

No se trata de idealizar a los monarcas, sino de comprender que en su figura se simbolizaba algo que hoy falta: la noción de límite, de herencia, de trascendencia institucional.

La república, por el contrario, es el gobierno del presente absoluto.

Cada generación corta el hilo de la anterior.

Cada nuevo caudillo reescribe la historia.

Cada constitución pretende refundar el mundo.

Y así, entre elecciones vacías, revoluciones de quita y pon, populismos cíclicos y clientelas estatales, el alma de los pueblos se deshace.

No hay continuidad. No hay arraigo. No hay sentido.

Sólo cambio por el cambio, y crisis disfrazada de libertad .

No se trata de proponer una restauración monárquica.

Sería ingenuo. Se trata de algo más urgente y profundo: quitar el estigma.

Romper la narrativa única que asocia la monarquía con la opresión y la república con la libertad.

Mostrar que muchos de los pueblos más estables, prósperos y civilizados de la historia han sido monarquías, y que muchas de las repúblicas más crueles y corruptas han surgido en nombre del pueblo.

Desideologizar. Desprogramar. Devolver al pueblo la posibilidad de pensar fuera del mito.

La gran impostura republicana no consiste en sus fracasos, sino en su presunción de inocencia.

En su aire de superioridad moral. En su gesto pedagógico, como si todo lo anterior —imperio, trono, altar— fuera barbarie superada.

Pero ¿qué ha producido la república en América Hispánica, más allá de una sucesión de crisis interminables?

¿Dónde están sus obras? ¿Dónde su continuidad? ¿Dónde su justicia?

Lo que sí ha producido es una élite parasitaria que se ampara en el discurso republicano para justificar su poder.

Lo que sí ha cultivado es un sistema de partidos que finge pluralismo mientras reparte prebendas.

Lo que sí ha legitimado es un aparato estatal que confunde nación con administración, identidad con burocracia, libertad con consumo.

El venezolano no es libre porque vote. No es soberano porque tenga cédula. No es ciudadano porque le prometan derechos. Es esclavo de una historia que se le ocultó, de una mentira que se le repitió mil veces, de una forma de gobierno que le prometió dignidad y sólo le entregó miseria .

Y todo esto sin que se haya podido pensar —ni siquiera pensar— en otra forma.

Porque la república se ha blindado con el escudo del dogma.

Es una religión laica. Un axioma. Un tabú.

Decir que quizá no fue la mejor opción, que tal vez no éramos un pueblo maduro para ella, que acaso había en la monarquía un principio de orden más profundo… es poco menos que una blasfemia.

Pero esta obra no nació para complacer, sino para despertar.

Y despertar implica romper hechizos. El hechizo republicano ha durado demasiado.

Ha cubierto de palabras nobles un drama interminable.

Ha fingido civismo en medio del saqueo. Ha vestido de virtud la corrupción.

Ha convertido a cada venezolano en cómplice, creyente, víctima y sacerdote de una religión política sin dios ni cielo.

No se trata de volver atrás. Se trata de mirar hacia arriba y descubrir que el pedestal republicano está vacío.

Que no sostiene estatuas, sino espectros.

Y de mirar hacia abajo, para ver que no hay fundamentos, sino ruinas.

Y que quizá, el verdadero acto fundacional no sea elegir a un nuevo presidente, sino reconocer la impostura que nos gobierna desde hace dos siglos.

Porque no hay libertad sin verdad. Y la verdad es esta: nuestras repúblicas no fueron hijas de la libertad, sino del resentimiento. No parieron justicia, sino simulacro. No fundaron un pueblo, sino un teatro. Y ese teatro ya no sostiene su decorado.

Es hora de bajar el telón.

La llamada Revolución Bolivariana no sólo ha mancillado el nombre del ídolo, sino que ha actualizado —con eficacia industrial y burocrática— los horrores de la república que él fundó.

Si la Guerra de Independencia devoró a una tercera parte de la población, y la Guerra Federal a casi una décima, esta revolución silenciosa ha desplegado una técnica más sofisticada de exterminio: ni degüellos, ni campos de batalla, sino hambre, ruina, criminalidad endémica y éxodo inducido.

Como denuncia Rafael Rivero Muñoz, en uno de los pocos textos que se atreven a contabilizar los muertos:

«De los 250.000 muertos en los 4.745 días de la Guerra de la Independencia, a los 250.

000 en los 1.520 días de la Guerra Federal; de allí, a estos mínimos estimados de 270.

000 muertos durante los continuados 5.324 días de guerra revolucionaria […

]. En esas tres guerras, se apilan 770.000 cadáveres. »

La guerra ya no necesita ejércitos ni proclamas: le basta con el colapso eléctrico, el vaciamiento hospitalario, la depresión, la cocaína, el matraqueo, el soborno cotidiano y el adoctrinamiento escolar. Es un tipo de guerra más eficaz: invisible, negada, sin memoria ni responsables.

Y sin embargo… esta ha sido la guerra más prolongada y devastadora de la historia nacional, más aún que la Guerra Federal y la de Independencia combinadas. Y la ejecuta, en nombre de Bolívar, un régimen que jamás habría sido posible sin él.