El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo IV
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Capítulo IV

El precio del héroe: retrato descarnado de Bolívar

Se necesita una violencia inaudita para construir un mito.

La historia de Bolívar, celebrada hasta el delirio y blindada con siglos de adulación oficialista, es en realidad una oscura lección sobre el precio humano de la creación de un ídolo.

Desde que la república venezolana, huérfana de raíces verdaderamente sólidas, necesitó fabricar una paternidad histórica para sus inseguros cimientos, encontró en Bolívar al candidato perfecto.

No porque fuera un modelo de virtud ni un ejemplo de civilidad —no lo fue—, sino porque sus hazañas, reales o magnificadas, ofrecían el necesario fulgor de epopeya que podía legitimar una independencia frágil y una identidad nacional aún más débil.

Bolívar fue, a partes iguales, el producto de una aristocracia frustrada y el arquitecto de su propia leyenda.

No cabe duda de su talento como manipulador de masas, de su genio para vestir sus fracasos de heroísmo y sus actos más crueles de supuesta necesidad histórica.

No hay discurso más peligroso que aquel que justifica el crimen en nombre de una libertad simulada.

El libertador, como aún se le llama sin el menor rubor, fue también un destructor de pueblos, un saqueador de tesoros públicos, un déspota ansioso de poder absoluto y un alma herida por su propia incapacidad para edificar algo más que ruinas sobre las ruinas que él mismo generaba.

No es casual que su gesta, a pesar de la propaganda incesante, no haya traído paz ni prosperidad, sino una interminable cadena de caudillismos, miserias y retrocesos que aún hoy lastran a Venezuela y a buena parte de Hispanoamérica.

La verdad, incómoda y urgente, es que Bolívar abrió las puertas a un siglo y medio de anarquía, alimentado por los mismos vicios que sus apologistas se empeñan en atribuir exclusivamente a la supuesta «herencia colonial».

¿Qué herencia, cabe preguntar, sino la de las ciudades florecientes, las universidades erigidas, las catedrales que desafiaron la selva, los caminos que unieron mundos antes aislados?

En el fondo, Bolívar no luchó contra la opresión: luchó contra su propia decepción.

Heredero de una casta de privilegiados, formado en el lujo de una provincia hispánica que gozaba de autonomía y de respeto, Bolívar se lanzó a la aventura de la guerra no tanto por amor a los pueblos como por odio al orden que lo había frustrado.

La suya fue una rebelión de resentimiento, no de justicia.

¿Cómo explicar si no su incapacidad para construir una república estable, su inclinación a disolver congresos que no le eran favorables, su sueño confeso de establecer dictaduras «temporales» que nunca parecían acabar?

¿Cómo justificar su traición a los ideales que predicaba, su obsesión por concentrar el poder, su desapego cada vez mayor de los pueblos a los que decía liberar ?

El mito requiere que se olviden los hechos incómodos: las matanzas ordenadas fríamente, los saqueos de ciudades como Caracas, el abandono de sus ejércitos en momentos críticos, los pactos fallidos con piratas y mercenarios, los ofrecimientos humillantes a Inglaterra en busca de protección, el desprecio explícito a sus propios compatriotas a quienes tachaba de incapaces para la vida civilizada.

Bolívar murió, sí, pero no pobre como reza la fábula sentimental repetida en escuelas y actos oficiales.

Murió dueño de cuantiosos bienes, de tierras, de casas, de esclavos, usufructuando todavía la pensión que el Congreso le había otorgado.

Murió, además, traicionado por la misma clase política que ayudó a engendrar, despreciado por muchos de los pueblos que había arrastrado a la guerra, y profundamente solo: no como un mártir de la libertad, sino como el arquitecto de su propio derrumbe.

Quizá, entre los muchos legados amargos que dejó Bolívar, el peor de todos fue el ejemplo.

El caudillo mesiánico, el político que se cree predestinado y que legitima su voluntad absoluta invocando al pueblo mientras lo ignora, el militar que se erige en legislador, juez y verdugo: ese molde se imprimió en la conciencia hispanoamericana desde entonces.

Y Venezuela, su tierra natal, no ha dejado de pagar el precio.

El rostro verdadero de Bolívar, libre del maquillaje histórico, nos muestra a un hombre pequeño en su grandeza, un hombre que confundió su ambición con la salvación de los demás.

Un hombre que creyó que la historia le debía todo, pero que le dejó, en cambio, una lápida incómoda en el corazón de una nación huérfana .

En el Bolívar que se elevó como mito, la humanidad quedó amputada.

La leyenda que se enseña en las escuelas perfila a un hombre que sólo luchó por ideales sublimes, sacrificando todo por amor a su pueblo.

Pero la realidad, cruda y testaruda, presenta a otro personaje: un Bolívar que no sólo no renunció a los privilegios que detestaba en boca de otros, sino que además supo manipularlos como instrumentos de su ascenso.

No era la abolición de los privilegios lo que perseguía, sino su reconcentración en torno a su propia persona.

La tiranía no debía desaparecer: debía ser transferida a manos «libertadoras».

Cuando Bolívar clamaba por la «libertad de los americanos», lo hacía en el lenguaje envenenado del patricio que, deseando dominar, encuentra intolerable compartir su influencia con peninsulares o criollos de rango inferior.

Su pretendida lucha contra la opresión no fue otra cosa que la vieja historia de la codicia disfrazada de idealismo: necesitaba destruir el orden anterior para instaurar el suyo.

El joven Simón, herido en su vanidad aristocrática, percibía cualquier límite a sus ambiciones como una humillación intolerable.

En este contexto, la famosa Carta de Jamaica resuena con un tono más lúgubre y menos heroico.

En ella, Bolívar no sólo apelaba a la compasión inglesa, sino que retrataba de manera torcida una América que jamás había existido como colonia al modo británico, sino como parte integrante y favorecida del Imperio español.

Su quejido sobre la supuesta opresión española es la típica narrativa del aristócrata desplazado, incapaz de aceptar que en el régimen hispánico los cargos no se heredaban, sino que debían ganarse, muchas veces en justa competencia con nuevos hombres de mérito.

Y es que Bolívar era ya entonces el profeta de un mesianismo personal: la revolución —que no fue sino un golpe de mano oligárquico— debía no sólo emanciparlo a él y a su clase, sino instalar un nuevo orden donde el bastón de mando reemplazara al cetro de Castilla.

Bajo su égida, la guerra no sería sino el teatro donde se consumaría el «derecho natural» de una minoría criolla a expoliar y dominar a nombre de la libertad.

¿Fue consciente Bolívar de su hipocresía?

Probablemente sí. Hay momentos en su correspondencia, como en las cartas privadas a su maestro Simón Rodríguez o a Santander, donde deja entrever una visión cínica del poder, en la que la moral es sólo un instrumento para engañar a los débiles.

A su alrededor, los aduladores tejieron el mito.

Pero Bolívar no era ajeno a la construcción de su propia leyenda.

Participó activamente en ella, esculpiéndose en vida como el Libertador, asegurándose de que sus desastres, sus cobardías y sus atrocidades quedaran minimizadas en el relato posterior.

Y cuando, a pesar de todo, las circunstancias le fueron adversas, Bolívar no dudó en abrazar la mentira descarada.

Como cuando, tras la orden de ejecutar a más de dos mil prisioneros en La Guaira y Caracas, negaría meses más tarde que bajo su mando se hubieran cometido crímenes contra la humanidad.

La falsificación de la historia no fue, pues, obra de generaciones posteriores: fue Bolívar mismo quien la inauguró, como hábil artífice de su inmortalidad fabricada .

Así, el hombre que quiso ser cónsul, dictador y monarca, no sólo murió en la soledad política, sino también en la complicidad de quienes, temerosos o ciegos, prefirieron mirar hacia otro lado.

La república que fundó se construyó sobre cadáveres que jamás han tenido tumba, sobre pueblos arrasados, sobre esperanzas destruidas.

A Bolívar no se le puede juzgar sólo como el producto de su tiempo: fue el artesano lúcido y voluntario de la fractura que todavía, dos siglos después, supura en el alma de los pueblos hispanoamericanos.

Su tragedia no fue la derrota física, sino la victoria moral. Una victoria fraudulenta, edificada sobre el engaño, el crimen y la impostura. Un precio demasiado alto para una libertad que, a decir verdad, jamás llegó.

Pero el deterioro moral de Bolívar no era algo que se hubiera gestado de la noche a la mañana.

Si los primeros años de la guerra lo muestran como un aventurero temerario, capaz de arrojarse sin cálculo a las embestidas del destino, la madurez sólo consolidó en él la falta de escrúpulos que las circunstancias parecían recompensar.

La guerra le había enseñado que no había regla más firme que la oportunidad y que, al igual que su ambición, su imagen debía ser moldeada a golpes de propaganda y olvido.

Cada crimen debía ser justificado como necesidad, cada traición, como pragmatismo indispensable.

Lo revelan, sin lugar a dudas, sus actitudes frente a los derrotados y los vencidos.

Como hemos visto, no se trataba simplemente de un combate sin cuartel contra los realistas; el verdadero enemigo era todo aquel que pudiera recordar que Bolívar no representaba a la mayoría, que su causa era minoritaria, que su revolución —llamémosla mejor insurrección— nació y creció regada con el dinero, el saqueo, la sangre y la traición de sus propios compatriotas.

Por eso, exterminar no era sólo una estrategia militar: era una estrategia de poder simbólico, de limpieza del pasado que pudiera acusarlo.