El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo III #3
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Capítulo III #3

Así, inflamados por la propaganda anglosajona y las ideas mal digeridas del liberalismo francés, creyeron ser nuevos espartanos resistiendo al pérfido imperio, cuando en realidad dinamitaban su propio suelo.

Fue así como la hispanidad fue rasgada, fragmentada por un pecado original que sigue pesando sobre nuestras cabezas. No fue una revolución de los pueblos, sino una sublevación de las aristocracias locales, disfrazada de cruzada emancipadora.

No hubo liberación: hubo disgregación, ruina, mediocridad, caudillismo. Y lo que es peor: se destruyó la conciencia de pertenecer a una civilización mayor, a un mundo coherente y universal, para reemplazarla con el tribalismo, con el resentimiento, con la mentira orgullosamente elevada a dogma.

Hemos aprendido a venerar nuestra independencia como un acto glorioso y necesario, cuando, en realidad, fue una catástrofe para América.

Bastaba con mirar los hechos: durante tres siglos, bajo el imperio español, América Hispánica había gozado de una unidad política, de un dinamismo económico y de una proyección cultural sin precedentes; y tras las independencias, en pocos años, esa unidad se desmoronó en un mar de republiquetas fallidas, guerras civiles, dictaduras bananeras y miseria endémica.

Pero seguimos embriagados por el mito. Seguimos celebrando, en plazas y discursos oficiales, una hazaña que jamás fue tal.

Hemos erigido monumentos a una traición y hemos enterrado en el olvido todo aquello que nos conectaba a una empresa civilizatoria luminosa.

Hemos adorado a quienes nos dividieron, mientras hemos renegado de quienes nos dieron cimientos.

No puede haber redención sin verdad: y la verdad es que la independencia, tal como fue concebida, nos amputó de nuestras raíces, nos lanzó a siglos de orfandad, y nos condenó a buscar en el rencor la identidad que una vez habíamos tenido en la grandeza compartida.

Sólo ahora, en medio de la ruina evidente, comenzamos tímidamente a preguntarnos si no habrá habido un error original, si no habremos combatido y vencido al único orden que nos daba sentido.

Sólo ahora, algunos pocos, nos atrevemos a mirar hacia atrás sin el velo del romanticismo, con el dolor sereno del que comprende, demasiado tarde, que la casa que incendió era, en realidad, su único hogar.

La historia moderna de Venezuela es un escenario poblado de fantasmas que hemos llamado padres fundadores, de monumentos huecos que hemos venerado como templos del deber cumplido.

Durante dos siglos nos hemos contemplado en el espejo de nuestra historia republicana como Narcisos satisfechos: hemos erigido estatuas, bautizado avenidas, celebrando siempre un pasado que sólo conocemos a través del mito.

Nos hemos felicitado como quien se premia tras una labor épica, ignorando que esa misma épica fue construida sobre una negación: la negación de tres siglos de civilización.

Era necesario inventar héroes locales, tribunos, mártires de causas postizas.

Era urgente darle un sentido a la nada, inventar genealogías de grandeza desde la independencia hacia adelante, pues hacia atrás —según nos habían enseñado— no había sino opresión, oscurantismo y cadenas.

Así, exégetas de salón y políticos de ocasión encontraron su lugar como albaceas de la mentira fundacional.

Celebramos a sabios improvisados, a militares autoritarios convertidos en garantes del Estado moderno, a caudillos elevados a la categoría de estadistas por el sólo hecho de haber mantenido a raya —a sablazos si era necesario— el caos que ellos mismos habían heredado.

¿Y cómo iba a ser de otro modo? Si antes de la República era como si no existiera nada.

Si antes del 5 de julio sólo había oscuridad y llanto, si todo lo anterior debía ser arrancado de raíz, si era imperativo olvidar que allí, en esa «nada», florecieron ciudades, universidades, catedrales, hospitales, gremios, cabildos abiertos, una lengua y un sentido del derecho.

La negación era un imperativo moral: el pasado debía ser negado para justificar el presente.

Así, el venezolano aprendió a admirar a sus próceres como quien admira a dioses pétreos: sin preguntarles nada.

Bolívar, Páez, Guzmán, Gómez, Betancourt…

nombres con los que se fue tejiendo una historia oficial que, como un lienzo torpemente restaurado, oculta bajo capas de pintura los contornos de otra imagen más antigua, más incómoda y más auténtica.

El amor propio nacional fue remendado a la fuerza: como un traje hecho con jirones de autoengaño.

Pero la verdadera historia, esa que no admite apologías ni justificaciones, permanece latente.

La verdadera historia —la de ciudades españolas en América construidas a costa de tempestades, alzadas contra selvas y montañas; la de leyes que protegían indígenas cuando en otros imperios eran cazados como animales; la de universidades que formaban teólogos, juristas y científicos en pleno siglo XVI— sigue ahí, como un eco enterrado bajo la estridencia de los mitos.

Ha llegado la hora de preguntarnos si podemos ser libres mientras sigamos encadenados al orgullo de un nacimiento falso.

Si la madurez no comienza, precisamente, por mirar hacia atrás sin miedo, sin prejuicio, y sin necesidad de ídolos.

Porque un pueblo que vive autocelebrándose por errores que ni siquiera ha reconocido, es un pueblo condenado a repetirlos .

Y tal vez entonces entendamos que no éramos colonos oprimidos ni una sociedad a oscuras, sino herederos de una de las más grandes gestas civilizadoras de la humanidad. Sólo que nos lo ocultaron —y peor aún: nos lo creímos—.