El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo IV #2
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Capítulo IV #2

En este sentido, sus actos no fueron errores fortuitos de un joven general: fueron parte de un plan consistente, y profundamente inmoral, de refundar una legitimidad basada en el olvido impuesto.

Es por ello que a Bolívar se le puede —y se le debe— reprochar no sólo la violencia ejercida, sino el cinismo sistemático con el cual la enmascaró, y la forma en que su figura fue diseñada como un ídolo que impidiese cualquier revisión crítica de la historia.

Resulta revelador, además, su incapacidad para aceptar la más mínima crítica.

Bolívar no era de los hombres que admiten errores ni siquiera en privado.

Su ego, inflamado por la adulación de su entorno y por la necesidad desesperada de ser visto como indispensable, lo incapacitaba para el reconocimiento de sus fracasos.

Toda derrota era culpa de los demás; toda traición era producto de la ingratitud ajena; todo desastre era imputable a la maldad o estupidez de otros, nunca a sus propios errores de juicio o a su desmedida ambición.

Bajo este patrón psicológico se inscribe su manera de actuar frente a sus antiguos aliados cuando ya no le eran útiles: los endiosaba mientras los necesitaba y los hundía en la miseria o en el olvido apenas representaban un riesgo para su autoridad.

La lista de amigos sacrificados es tan larga como su expediente militar: desde Miranda —entregado con frío cálculo en La Guaira— hasta Piar y Padilla, a quienes montó casos falsos à la carte.

Se ha dicho que Bolívar era un «hombre de su tiempo», y que los excesos y brutalidades que cometió deben ser juzgados a la luz de la época.

Es una excusa recurrente, y profundamente falsa.

Muchos otros hombres de su generación y de su entorno político actuaron con más humanidad, o al menos con un sentido de la responsabilidad que les impedía recurrir al exterminio sistemático como norma.

El mismo Boves, tan temido en la tradición patriótica venezolana, no ordenó jamás una masacre como la de los prisioneros de La Guaira y Caracas en 1814.

Bolívar sí. Y luego intentó borrar sus huellas.

Una sombra de inseguridad constante lo acompañaba en esos años finales.

Como un dictador vencido por sus propios demonios, Bolívar temía más que a los ejércitos enemigos a la lenta deserción de sus propios hombres, a la erosión de su mito, a la posibilidad aterradora de ser olvidado en vida.

Por eso sus gestos se hicieron cada vez más grandilocuentes, sus discursos más rimbombantes, sus órdenes más despóticas.

Como tantos otros caudillos trágicos, intuía en el fondo de su alma que su hora pasaría, que el mundo no había sido creado para él, y que la historia —esa misma historia que pretendía manipular— acabaría por juzgarlo.

Quizá en sus últimos días, abandonado, amargado, traicionado por aquellos a quienes había usado y de quienes se había servido, Bolívar haya presentido algo de su derrota moral.

Pero jamás lo confesó. Prefirió morir envuelto en su propia leyenda, cuidadosamente embalsamada por quienes sabían que esa leyenda sería más útil que el hombre real.

A fin de cuentas, ¿qué es un mito sino un cadáver embellecido?

La imagen clásica de Bolívar, cincelada en mármol, inmortalizada en estatuas donde su mirada busca la lejanía como un augur, no resiste la prueba de la carne y de la sangre.

La verdad, esa enemiga de los mitos, se filtra como el agua a través de las fisuras del monumento, dejando ver a un hombre atormentado, improvisador, esclavo de pasiones inconfesables, y sobre todo, víctima y verdugo de su propia ambición.

Muchos de los que lo siguieron en los campos de batalla no lo hicieron por devoción genuina sino por miedo, necesidad o simple cálculo de supervivencia.

El mismo Bolívar lo admitía en sus momentos de franqueza brutal, sabiendo que sus proclamas exaltadas servían como una capa de barniz sobre la podredumbre interna de su movimiento.

No eran tropas ilusionadas en una empresa noble: eran cuerpos hambrientos, vencidos por la desesperación, conducidos al matadero.

La autoproclamada misión libertadora ocultaba desde sus raíces una estructura de saqueo y brutalidad sistemática.

El saqueo de los bienes de quienes eran considerados realistas, en su mayoría ciudadanos comunes cuyo crimen era la lealtad o simplemente la prudencia, se convirtió en política de Estado.

Ya en las primeras alboradas del movimiento, se repartieron estancias, alhajas, muebles, cosechas enteras, como botín necesario para alimentar la maquinaria de la secesión .

No había piedad para los vencidos, ni siquiera para los neutrales.

El poder emergente necesitaba sangre, necesitaba riqueza líquida para pagar soldados, comprar armas, sobornar voluntades.

Bolívar, quien en su Carta de Jamaica suplicaba a Inglaterra la tutela sobre América, sabía perfectamente que el idealismo es un pobre sustituto del cañón y de la espada cuando se trata de mantener el dominio.

En los relatos de contemporáneos como José Domingo Díaz y los informes menos publicitados de oficiales extranjeros, se dibuja el rostro real del libertador: un caudillo que, lejos de garantizar derechos, inauguró una tradición de terror político.

El decreto de guerra a muerte, lejos de ser una medida desesperada contra un enemigo cruel, fue una licencia para asesinar, un pasaporte a la impunidad que marcaría para siempre el carácter de las guerras civiles hispanoamericanas.

La crueldad fue sistemática. No bastaba con vencer al adversario; era necesario exterminarlo, borrar toda posibilidad de reconciliación futura.

Bolívar no fue un demócrata frustrado, sino un creador deliberado de un orden basado en la fuerza y en la arbitrariedad, bajo la coartada retórica de la emancipación.

Así, cada gesto grandilocuente, cada proclama ampulosa, ocultaba una realidad sórdida: un hombre que, incapaz de construir una verdadera legitimidad, recurrió a la violencia extrema como único cemento político.

Su culto posterior, instaurado como dogma oficial en Venezuela y en el resto de las repúblicas emergentes, no fue sino una confesión de culpa disfrazada de veneración.

Se necesitaba un mito porque la realidad era insoportable .

Y este mito, construido a golpe de lápiz y sangre, fue también la coartada perfecta para toda una clase política que, generación tras generación, encontró en el nombre de Bolívar un seguro contra el escrutinio y la crítica. La estatua cubre las ruinas; el himno ahoga el llanto de los vencidos.

Pero Bolívar mismo conocía el vacío que habitaba en el corazón de su obra.

No murió pobre, como después se quiso hacer creer, ni aislado en la indiferencia por simple ingratitud de sus contemporáneos: murió asfixiado por la monstruosidad que había engendrado, odiado por sus propios aliados, repudiado incluso por aquellos en quienes había depositado su confianza.

Su final no fue el de un héroe traicionado, sino el de un arquitecto sepultado bajo las piedras de su propio edificio derrumbado.

Cada intento por rescatarlo de su abismo ético, cada esfuerzo por presentarlo como un mártir incomprendido, no hace sino profundizar la herida en la conciencia histórica de Venezuela.

Porque mientras sigamos buscando en Bolívar el espejo de una grandeza ilusoria, continuaremos prisioneros de la mentira fundacional que nos condenó a ser, no un pueblo libre, sino una nación estéril, incapaz de mirarse sin temor.

La redención no vendrá de excusar los crímenes bajo el pretexto de los tiempos convulsos. Vendrá de aceptar, sin anestesia, que Bolívar fue un reflejo descarnado de las peores pulsiones políticas de su época, y que su pedestal es la tumba de miles de inocentes que creyeron en promesas huecas .

Y sólo cuando su mito sea reducido a escombros, sólo entonces, podrá quizás levantarse sobre esas ruinas el edificio honesto de una nueva identidad.