El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo I #4
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Capítulo I #4

«Este acontecimiento es único en la historia de nuestra milicia, y más extraordinario por su esencia que por los resultados que de él puedan derivarse […

] Estoy poseído de la más alta indignación por este hecho, que a mis ojos es más escandaloso, que cuantos han precedido en nuestra espantosa revolución».

El hecho al que se refería —una ejecución menor, cometida sin su orden directa— era, en efecto, escandaloso.

Lo que no dijo fue que el verdadero hecho más escandaloso, la triple matazón de La Guaira, Caracas y Valencia, ya había ocurrido ocho meses antes, y había sido ordenado por él.

No como una ejecución aislada, sino como un masivo y sistemático procedimiento de aniquilación, ejecutado durante días y sustentado documentalmente por partes oficiales.

A partir de ese momento, el proyecto de república de Bolívar optó por no mirar atrás. Se celebrarían otras «victorias». Se elegirían futuros símbolos. Y aquel acto fundacional quedaría sepultado bajo una capa de silencio mortal .

La república fundante jamás pidió perdón.

No celebró duelo. Y la del futuro no honró a los muertos, sino al verdugo.

A los degollados en el Fuerte San Carlos, en Caracas y en Valencia no se les dedicó una calle, una lápida, un renglón en el himno.

Ninguna escuela lleva sus nombres. Ningún feriado los recuerda.

Las víctimas no engendraron memoria. No tuvieron genealogía.

Nadie heredó sus restos. Su sangre quedó sin rito, sin tumba, sin recuerdo.

Lo que hubo, y ello desde el comienzo, fue una construcción del relato.

El episodio en sí de la triple masacre, en cuanto a él, fue reabsorbido, metabolizado por la república como un «exceso» explicable; una consecuencia lógica del estado de guerra; un acto trágico pero necesario; una herida que no debía tocarse, ni llevarse a las escuelas.

En el ámbito académico, en cambio, imposible negarlo del todo: los documentos sobrevivieron.

Pero es entonces allí que la academia nos recuerda que su rol no es hacer juicios morales.

Al «héroe», no obstante, no vacila en llamarlo siempre héroe.

El mito nos vino, directamente de ella o con su venia, con nombre propio. En Venezuela tiene un sinónimo: Simón Bolívar, El Libertador.

Ya no es necesario analizar sus órdenes, ni interrogar sus actos.

El título se convirtió en escudo. Y a partir de ese momento, Bolívar deja de ser un hombre para ser una figura sacra.

Se le permite todo porque se le atribuye todo.

Sus crímenes son tácticas. Sus contradicciones, genio. Sus excesos, pasión .

Pero la cosa comenzó en sus propios días. Los que lo rodeaban entendieron el movimiento y empezaron a escribirlo en esos términos. La guerra ya no era política: era revelación. Y el degollador del 8 de febrero de 1814 se convirtió en redentor de la América oprimida.

Con los años, la Guerra a Muerte fue glorificada como ruptura fundacional. Motivo de orgullo patrio. Violencia heroica. Y Bolívar, exonerado por la historia, subió todos los peldaños del altar cívico-militar.

No hubo expiación. Hubo culto. La nueva república —sin archivos, sin autopsias, sin conciencia— eligió la amnesia como política de Estado. La nación no se fundaría sobre la verdad, sino sobre su ocultamiento.

Pero merecemos saber que su verdadero documento inaugural no fue un acta, sino una orden de ejecución. Y su mayor legado como república al nacer no fue la libertad, sino el silencio, la omisión.

Todo venezolano aprende desde niño que la república nació el 19 de abril de 1810, o quizá el 5 de julio de 1811. Se le enseña que ese fue el día de la libertad, del civismo, del nacimiento de una patria nueva. Se recitan fechas, actas, proclamas. Se honra la pluma. Se canta el himno.

Y se cree que allí comenzó todo. Pero no es cierto. No fue allí donde nació la república real. El acta fue papel. Las firmas, promesa. La guerra, epopeya .

No hubo Estado nuevo, república, nación hasta que Bolívar firmó un decreto.

No tenemos acta, sino orden de nacimiento. Fechada el 8 de febrero que ignoramos. Y que marcó un punto de no retorno. Una frontera de sangre.

Acto irreversible. Una decisión «política» ejecutada con medios absolutos, que no admitía marcha atrás. Ya no había reconciliación posible. Era una guerra de aniquilación. El parto sangriento de una nueva forma de poder.

Esa fue —y no otra— la verdadera fundación de la república venezolana.

No fue un acta: fue una degollina.

No fue un grito: fue una ejecución en masa.

No fue una proclama: fue una sentencia de muerte.

Y, sin embargo, nadie lo sabe. La escuela no lo menciona. El calendario no lo recuerda. Los libros no lo explican.

La historia patria cubrió a su autor con bronce, lo vistió de gloria. Pero el país quedó sin saber de dónde viene, y sin memoria.

A los venezolanos se les enseñó a amar una imagen sin biografía real. Se les impidió conocer la versión de los muertos. Se les dijo que la república los liberó de un cruel imperio, no que convirtió a un tercio de sus hermanos en mártires.

La historia oficial les dio padres fundadores.

La verdad histórica les devuelve cadáveres.