El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo I #3
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Capítulo I #3

Tampoco fue una marcha organizada, ni una evacuación planificada.

Fue un flujo humano desgarrado que salía de Caracas y de los valles centrales hacia Cumaná, Barcelona, Maturín.

«Huían» arrastrados por Bolívar. Bajo la influencia de lo que habían visto.

De lo que se había hecho en nombre de la «patria libre».

Pero no todo el botín era humano, ni logró todo atravesar los caminos de oriente.

En la refriega de la retirada, cuando la ciudad ya había sido dejada al hambre, al espanto y al silencio de los rezagados, ocurrió un hecho que desmiente la leyenda heroica con brutal sencillez: una parte del tesoro que Bolívar y sus secuaces habían sustraído de las iglesias —alhajas de plata, joyas litúrgicas, cálices, custodias y cruces— fue capturada por las tropas realistas.

Nuevamente, es José Domingo Díaz quien lo relata con precisión:

«Se cogieron 36 quintales [1.656 kg] de alhajas de plata y oro robadas por el sedicioso en su fuga a las iglesias de Caracas, y las cuales, remitidas puntualmente al Reverendísimo é Ilustrísimo Arzobispo, se entregaron a las iglesias a que pertenecían: entrega que yo presencié por órdenes del Gobierno».

¡Más de una tonelada y media! Una «minucia» libertaria…

Pensando en este rapto de masas que nos han contado como éxodo, nuestra imaginación nuevamente nos asalta.

Necesitamos contárnosla. Había pasado febrero, marzo, abril, mayo, junio.

A comienzos de julio Bolívar decretó la evacuación.

El 7 al amanecer, una mujer vieja, vestida de negro, salió por la quebrada de Catuche con una niña descalza.

Llevaba una imagen de la Virgen y un pañuelo donde había envuelto unas monedas, un pan y una medallita de San José.

Se sumó a la fila de cuerpos en «fuga». No sabía adónde iba.

Sólo que no podía quedarse. Más de veinte mil almas en pena.

Pero sólo mucho menos de la mitad sobreviviría, por las inclemencias del camino. Otra masacre…

Así partió aguas Venezuela: no como nación heroica, sino como procesión del espanto.

Los verdaderos actos de independencia, fueron contra ella. Una hemorragia. Una matanza, una migración involuntaria. Una huida impuesta por autoproclamados «patriotas» sin patria. Que acababan de llamarla traidora y de asesinarla.

La «independencia» era un adiós final a la apacible y próspera provincia imperial. Nunca más sería la misma.

Mientras algunos cuerpos podían ser enterrados o incinerados por sus familiares, mientras el éxodo se deslizaba por los caminos de Oriente, el nuevo Estado comenzaba a construir su relato. Porque todo crimen necesita su excusa. Y esta se escribió en tinta patriótica, literalmente roja.

Venía ya firmada. Un decreto de guerra a muerte (hoy escrito en mayúsculas) dictado por Bolívar el año anterior, el 15 de junio de 1813. No fue sólo una amenaza: fue una doctrina jurídica de exterminio. Declaraba fuera de la ley a todo español que no abrazara la causa independentista.

No había tribunal ni mediación: bastaba con el origen. El texto decía :

«Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de Venezuela. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables».

Pero, como vemos, el famoso decreto ni siquiera era respetado cabalmente por su autor, porque también asesinaba a los americanos aunque fuesen «culpables» de disensión.

Y estos eran la mayoría de la población.

Una mayoría que fue víctima en esa masacre fundacional de febrero y siguió siéndolo en tantas otras por más de dos décadas, a lo largo de las guerras de «independencia», en las que la revolución acabó con un tercio de los venezolanos.

Qué decir del caso, especialmente atroz, de los jovencitos del Seminario de Caracas, reclutados a la fuerza también en febrero, tras la derrota de Barquisimeto.

«Bolívar ordenó a Ribas —por primera vez desde Caramacate— que fusilara a todos los europeos y canarios, y que hiciese marchar cuantos hombres hubiese en la ciudad, con especialidad los jóvenes estudiantes.

Ribas eludió las órdenes de muerte, pero llevó a cabo con formidable impaciencia la que se refería a los seminaristas».

Es Juan Vicente González quien lo relata:

«Ellos serían hoy el ornamento de la República; y empaparon con su sangre los cerros de Vigirima y las calles de la Victoria y los campos de Ocumare.

Para el 6 de marzo de 1814, de ochenta y cinco seminaristas habían quedado seis; en julio quedaba uno solamente.

En vano levantó la voz el doctor José Antonio Pérez, provisor y vicario general.

Ribas se envolvió en su amenazador silencio.

Una tarde, muy fría del mes de febrero, con lanzas en la mano, pobres niños de veinte años el mayor, de doce no pocos, desfilaban a vista del general Ribas y otros oficiales.

Llevaban algunos el sombrero y la chupa clerical; al dejar otros el hábito, habían quedado mal traídos y en camisa.

Madres lloraban a su alrededor, mientras los desgraciados niños tomaban un aire marcial y aparentaban resolución y valor».

Hoy nos cuenta la historiografía bolivarista que los jóvenes vencieron al mando de Ribas en La Victoria.

Pero no fue así: sólo fueron empleados como carne de cañón.

Y aunque sí ganó el bando patriota o secesionista, casi todos perecieron.

Quiso el destino que Boves se encontrara enfermo y no participara en este infanticidio.

No se trataba de una guerra entre ejércitos, era una purificación por la sangre en nombre de una libertad abstracta.

Y si bien fue ese decreto el que proveyó el marco ideológico para la degollina de febrero de 1814, no fue la primera.

En 1813, a su llegada a Caracas —y antes de huir a Valencia por temor a Boves— Bolívar confesó con orgullo neronino en carta al separatista Congreso de la Nueva Granada:

«…marché sin detenerme por las ciudades y pueblos de Tocuyito, Valencia, Guayos, Guacara, San Joaquín, Maracay, Turmero, San Mateo y La Victoria, donde todos los europeos y canarios casi sin excepción, han sido pasados por las armas».

Venía, pues, «fresco» el sanguinario en sus faenas de sangre. La masacre siguiente de febrero ya no era un exceso. Era una aplicación. Una superación .

Pero cuando los partes comenzaron a filtrarse y a circular, y las noticias llegaron por otras vías a ese mismo Congreso de la Nueva Granada, hubo inquietud.

Algunos oficiales allí murmuraron. Hubo cartas.

Hubo preguntas. Entonces Bolívar recibió reclamos a finales de ese bárbaro año, en noviembre de 1814, sobre un hecho inaceptable (aunque considerablemente menor), y escribió de vuelta desde Tunja una carta falsamente indignada, moralizante, pretendiendo escandalizarse por la ejecución de unos cuantos prisioneros: