El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo I #2
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Capítulo I #2

«¿Te has olvidado acaso de la inmensa y horrible serie de crímenes con que llenaste los once meses de tu usurpacion, è hiciste desaparecer à tantos hombres dignos de mejor suerte? [… ]

«Desde vuestras pobres y ensangrentadas sepulturas en que ya descansais, hablad vosotras cenizas respetables de mas de quatrocientas victimas que habeis sido sacrificadas à la ambicion mas desenfrenada, en medio de los insultos mas atrevidos.

Hablad vosotros innumerables españoles que gemis en las bovedas de La-Guayra, despues de haber sido públicamente robados por el depositario de vuestra libertad.

Y vosotros que ya descansais para siempre de vuestros males, despues de la agonía de una muerte perfida conducidos al hospital de aquel puerto, cuya santidad è inmunidad jamas violó pueblo alguno, hablad tambien y publicad quales fuéron vuestras últimas agonías.

«¿No eres tú mismo à quien dixe en 24 de diciembre del mismo año: “Tú sí, hombre cruel, que en el furor de tu desenfrenada ambición has exercido por medio de tus mas crueles ministros cuantos actos de inhumanidad han podido inventar la rabia, el temor y la venganza. Vuelve los ojos a esas estrechas prisiones de La-Guayra, en donde tienes sepultados todos los europeos y canarios que se libertáron del asesinato con que señalaste tu entrada, y todas las tropas que entregáron las armas baxo la salvaguardia de un tratado. Mira à cada dos con un par de grillos: con ese nuevo è inaudito género de tormento, en donde las incomodidades del uno se hacen comunes al otro, y en donde se ha visto ya tener un cadáver por compañero inseparable de muchas horas. Mira esa multitud de hombres venerables, cuyas costumbres y beneficencia han honrado à nuestra patria, desnudos, desollados por el calor, respirando una atmósfera ya pestilencial, traspasados de hambre, cubiertos de miseria. Mira ese alimento que les franqueas: ese groserísimo alimento de pocas onzas de legumbres, y otras pocas de plátanos. Mira comerlo mezclado con sus eloquentes lagrimas à esos mismos que en otro tiempo franqueáron sus caudales para que vuestros cólegas fuesen tratados con abundancia en esas propias prisiones. Mira esa multitud de honrados, cuyas espaldas has despedazado con azotes, bañados en llanto, mas por esta ingratitud que por sus dolores. Mira, en fin, ese crecido número de cadáveres que diariamente salen de las mazmorras, llevando en sus negros y desfigurados semblantes la verdadera imágen del criminal que los ha sacrificado. ¡O compatriotas, cuya probidad y rubor todavía existen á pesar de tan funestos exemplos, volved tambien vuestros ojos para compadecer á las víctimas, y maldecir al tirano!”?

«¿Qué respondiste entonces? ¿Qué respondieron tus baxísimos aduladores?

Dí. Ni tú hiciste, ni ellos hiciéron otra cosa que llenar tu miserable gaceta con calunnias è injurias las mas atroces è indecentes.

Se dirigiéron á mi persona, y se desentendieron aun de poner en duda los crímenes que para que fuesen tú y ellos conocidos, yo presentaba á todo el mundo.

Los confesaste con tu silencio; aunque no podias negarlos delante de un pueblo que los miraba.

«¿Qué executaste quando las victoriosas tropas de Boves hiciéron desaparecer por la primera vez en La-Puerta las que mandaba Campo Elias? ¿Qué hiciste? Di.

«¿Qué fin tuvièron los infelices enfermos y heridos, que á su retirada de Bocachico dexó el valiente Boves en los hospitales de la villa de Cura?

Acuerdate. Un oficial tuyo los asesinó en sus mismas camas, sin que su situacion fuese bastante á detener el brazo de aquel digno compañero de tus maldades .

¿Donde están los desgraciados que despues de muchos meses de las mas horribles prisiones, sufridas contra tus palabras y juramentos, y en desprecio de solemnes tratados y promesas mandaste que fuesen conducidos à la plaza de Puerto-Cabello para ser allí cangeados?

¿Qué se hiciéron? ¿Quantos se cangeáron?

Acuérdate: veintidos: los demas, o fuéron asesinados en los caminos, ò perecièron de hambre, de insultos y fatigas.

«¿Qué se hicieron 200 enfermos que se hallaban el 28 de enero ultimo en los hospitales de Guasdualito, quando tus agentes estuvieron pocas horas apoderados de aquel pueblo?

Acuérdate: sus cabezas fuéron conducidas á Pore.

Por ellas hubo regocijos y fiestas pùblicas: y aquel nefando asesinato que solo tù y tus viles aduladores pudieron aprobar, fué celebrado como el triunfo del valor.

«Has desolado nuestra patria: has hecho degollar, o degollado la juventud de Venezuela: se han destruido sus pueblos, quemado sus campos, y aniquilado su comercio.

Esta es tu obra. Ve aquí tus proezas: no lo niegas: tù mismo la llamas nuestra espantosa revolucion.

Sí: tuya es : gloriate de ver los caminos pùblicos cubiertos de esqueletos, y familias enteras desaparecidas, o en la indigencia.

Algun dia quando la eterna sabiduría que te conserva para castigo de los pueblos haya llenado sus incomprehensibles designios, entónces cayendo sobre tí todo el peso de su justicia expiarás tus horribles crímenes, como han expiado los suyos muchos de tus cólegas.

Tiembla: ese dia terrible ya se acerca: è ¡infeliz de tí si entre tanto vives tranquilo sin que la sombra de tus innumerables víctimas no te persiga á todas horas!

«Esos desgraciados pueblos de Santafe que Dios ciega para que no te conozcan, ni recuerden tu primitiva conducta hacia ellos, digna por lo menos de su desprecio: esos pueblos comienzan á ser la presa de tu ambicion.

Les das ya en recompensa de su credulidad los males que te son inseparables, y muy en breve toda la superficie de su territorio presentaria el mismo espectácuto á que has reducido nuestra patria, si el mejor de todos los reyes no hubiese dado una ojeada de compasion sobre ellos, y nosotros.

Doce mil hombres de los que venciéron à Napoleon Bonaparte en tantas batallas, y de quienes quando los desprecias, tiemblas, y algunos otros miles de aquellos cuya ferocidad ya conoces, van à arrancar de tus manos parricidas esa incauta presa que devoras, y con cuya sangre te saboreas.

Se ha pasado ya el tiempo de tus imposturas: poco importa tu hipocresía, menos tu descaro, aun menos tu desesperacion.

Sabes que la sangre inocente que derramaste, va à ser vengada dignamente.

Sábelo; y quando veas los leones que despedazáron las águilas de Bonaparte: cruel, tiembla. […]

«¿Te has olvidado acaso de tu famosa orden de 8 de febrero? ¿De aquel rasgo de cobarde ferocidad a que no igualáron Tiberio ni Caligula? ¿Vives tranquilo, ò á todas horas no se presenta á tu menoria esa órden del asesinato universal?

«Inhumano, que ahora lleno de una grosera hipocresía te presentas entre los pueblos de Santafe negando las maldades con que desolaste nuestra patria: tú fuiste quien presento al universo las sangrientísimas escenas de febrero.

Tú fuiste, tú que ahora lo niegas, quien hizo morir de los modos mas inauditos y escandalosos tantos centenares de hombres inocentes: à nuestros amigos, à nuestros conocidos, nuestros mas apreciados.

Tú quien dexaste tantas viudas y huérfanos miserables y desconsolados.

Tú quien hizo à Venezuela el objeto de abominacion de todos los hombres.

«Bárbaro: yo he nacido como tú en este suelo desgraciado: siento todos sus males como quien mas puede sentirlos: y siendo tu conocimiento uno de sus principales remedios, no descansaré miéntras no te conozcan todos.

Pueblos sencillos de Santafe, que abrigais el mas cruel de todos los hombres, leed en los siguientes documentos su corazon, la verdad que merecen sus palabras, y la suerte que os espera».

[Aquí publica los partes de José Leandro Palacios sobre la matanza, antes citados] «Cruel: esta es tu obra: estas tus hazañas, tus glorias militares.

Huyes en el campo entregando tus soldados al arbitrio de tus vencedores, y asesinas friamente en los pueblos à los hombres indefensos y pacíficos.

Allí sacrificas á tu ambicion tus sencillos compatriotas: y aquí á tu temor y á tu codicia los que por tantos años han sido tus conciudadanos.

Esta es tu obra: la obra de tu brutal y detestable política».

«Carácas abril 30 de 1815. —Josef Domingo Diaz».

Lo que vino después, por décadas, por generaciones, fue el silencio.

No hubo duelo. No hubo exequias .

Las ciudades futuras, en la república, vivieron a su ritmo. Venían del miedo. Sin saberlo.

En febrero de 1814, la sangre fue lavada con cal.

Las bóvedas cerradas. El Fuerte San Carlos quedó en silencio.

Las plazas de Caracas dejaron de hablar.

La tierra removida ocultó los cuerpos. Y la República, recién nacida en este acto bautismal apocalíptico, quedó fundada.

Signada por este hecho. Un siglo más tarde la república ya tendría un Capitolio y frescos de batallas uniformadas adornando sus salones elípticos. Arcas con Actas y Proclamas de salón.

Pero no fue así como pasó. Y el nuevo país jamás lo supo.

Volvamos a nuestra fundacional masacre fratricida.

Cuatro meses después de ella, no fueron sin embargo los realistas quienes comenzaron a huir.

Fueron los republicanos ante la inminente llegada de Boves.

Y arrastraron con ellos a los civiles sobrevivientes, traumatizados, condenados por sus vidas a seguirlos. Y a callar.

Ese tenía que ser el «pueblo» que seguía a su «Libertador» hacia Oriente.

Hombres, mujeres, niños, monjas, esclavos, comerciantes, mendigos, ancianos, recién nacidos.

No huyendo: avanzando obligados, secuestrados.

Y es que la matanza fundacional no provocó adhesión, sino falsa estampida.

Montada por el terror. Pero no del que venía, Boves, sino del que huía, Bolívar.

El éxodo también fue una orden, y todos sabían que no seguían precisamente a Moisés …