El ídolo que devoró a su pueblo Capítulo I
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Capítulo I

La independencia de Venezuela no comenzó con un grito de libertad. Comenzó con una degollina.

No hubo acta, ni congreso, ni declaración.

Hubo un documento, sí, pero no proclamaba derechos: ordenaba ejecuciones.

Fue escrito de puño y letra por el hombre que después sería consagrado como Libertador.

Y en vez de sellar el nacimiento de un país justo, marcó la apertura de una época atroz, que el mismo autor de aquella orden llamaría —sin ironía— «la espantosa revolución».

Según relata Salvador de Madariaga en el tomo I de su biografía Bolívar , el Libertador no actuó impulsivamente.

Antes de firmar esa orden, había recibido correspondencia previa de Palacios.

Allí se le informaba de la cantidad de presos que no podían ser custodiados y del riesgo que eso representaba para la seguridad de la plaza.

Fue una decisión meditada. Calculada. Ejecutiva.

No hay en esa carta ni asomo de duda ni fórmula de justicia.

Es un mandato de exterminio. Y fue cumplido.

Imagínese la escena: un jinete delgado, con el uniforme polvoriento, galopa de noche desde Valencia hacia el puerto de La Guaira.

Cruza montañas, valles y pueblos. Lleva en la pechera un pliego cerrado.

La carta que porta no pide refuerzos, ni trata sobre estrategia militar.

Es un mandato seco: «pasar por las armas sin excepción alguna».

O quizás el mensaje viajó por mar, desde Puerto Cabello, en una pequeña embarcación.

Seguramente ocurrió así: un emisario de confianza entrega el pliego a Palacios en su despacho.

El comandante lo lee, no dice palabra, y lo dobla con cuidado.

Después comienza el conteo de las víctimas.

José Leandro Palacios, caraqueño de linaje, bisnieto de un comandante general de la provincia (un criollo elegido cinco veces alcalde de Caracas), responde con una eficacia que no deja lugar a dudas.

Durante cuatro días consecutivos — del 13 al 16 de febrero— va remitiendo partes militares a Bolívar, informando de la marcha de la ejecución.

No escribe crónicas ni hace valoraciones, rinde cuentas como quien vacía depósitos, o como si se tratara de simples movimientos de ganado:

«En obedecimiento a la orden expresa del Excmo.

Sr. General-Libertador para que sean decapitados todos los presos españoles y canarios reclusos en las bóvedas de este puerto, se ha comenzado la ejecución pasándose por las armas esta noche 100 de ellos.

Y lo comunico a V. S. para su inteligencia.

Dios, &c. Guaira 13 de febrero de 1814. Leandro Palacios, Comandante General de la Provincia».

«Ayer tarde fueron decapitados 150 hombres de los españoles y canarios encerrados en las bóvedas de este puerto y entre hoy y mañana lo será el resto de ellos. Lo participo a V. S. para su inteligencia. Dios, &c. Guaira 14 de febrero de 1814. Leandro Palacios, Comandante General de la Provincia».

«Ayer tarde fueron decapitados 247 hombres de los españoles y canarios encerrados en las bóvedas, y sólo quedan en el hospital 21 enfermos, y en las bóvedas 108 criollos.

Lo participo a V. S. para su inteligencia.

Dios, &c. Guaira 15 de febrero de 1814. Leandro Palacios, Comandante General de la Provincia».

«Hoy se han decapitado los españoles y canarios que estaban por enfermos en el hospital, último resto de los comprendidos en la orden de S. E. Lo que participo a V. S. para su inteligencia. Dios, &c. Guaira 16 de febrero de 1814. Leandro Palacios, Comandante General de la Provincia».

«Se servirá V. S. elevar a la consideración de Excmo.

general en jefe, que la orden comunicada por V.

S. con fecha del 8 de este mes se halla cumplida, habiéndose pasado por las armas, tanto aquí como en la Guaira, todos los españoles y canarios que se hallaban presos en número de más de 800, contando los que se han podido recoger de los que se hallaban ocultos.

Dios, &c. Guaira 25 de febrero de 1814. Secretario de la guerra».

Las ejecuciones no fueron limpias. Pero fueron relativamente discretas, porque ocurrieron en el Fuerte San Carlos, una construcción militar enclavada en la montaña, sobre el puerto de La Guaira.

Allí, lejos de las miradas, los cuerpos fueron decapitados con machetes o sables, apuñalados, ahorcados, rematados a pedradas, quemados vivos, ejecutados en hogueras improvisadas.

Se evitó el uso de pólvora, que había que conservarla para la guerra.

El asesinato así era también más económico e íntimo, sin el ruido de fusilamientos.

En Caracas, la ejecución de la orden no contó con la discreción colateral de la de La Guaira, pero vaya si se cumplió.

Allí las ejecuciones fueron visibles, ocurrieron en las plazas.

Pero fueron tan sucias y desesperadas. Los presos eran sacados de los calabozos del cuartel y conducidos más allá del patio, al exterior.

Serían además ejemplarizantes. Algunos prisioneros no podían caminar.

Eran arrastrados por los cabellos, por los brazos, por los pies.

Se usaban sables, lanzas, cuchillos, piedras.

Se ataban a los hombres de dos en dos para economizar el esfuerzo.

No se disparaba. La pólvora se reservaba para los realistas en combate, no para los realistas civiles, que eran la mayoría de estos prisioneros.

Y no, por supuesto, para los realistas enfermos.

Imaginemos los eventos: allí vemos a un oficial que se negó a participar, y fue degradado, y también ejecutado.

Otro, no lejos, tuvo que llorar mientras golpeaba con el filo de su bayoneta a un comerciante viejo que había sido su vecino.

Todo ocurrió a plena luz del día. Algunos vecinos cerraban las ventanas. Otros miraban. Nadie intervino.

En Valencia, la escena fue igualmente brutal. Los presos fueron degollados por grupos. A los enfermos los sacaban en camillas para matarlos en la explanada. El hedor de los cuerpos debió llegar hasta las casas. Allí no hubo listas. No hubo partes. Bolívar en persona supervisaba.

Pero podemos —y debemos— seguir imaginando escenas: en un momento de silencio, un miliciano joven, no mayor de diecisiete años, recibe la orden de degollar a un hombre que está de rodillas.

Teme fallar el primer tajo. Le tiembla la mano.

El capitán le grita. Entonces cierra los ojos y corta.

El filo se traba en el hueso. Tiene que volver a dar otro golpe.

Después otro. Y otro. Cuando el cuerpo cae, alguien se le acerca y le da un codazo, como diciendo: «ya está».

El joven no responde. Su cara está manchada de puntos rojos.

Nadie hablará de eso. ¿Es morbo nuestro permitirnos imaginarlo tan gráficamente?

La historiografía oficial ha preferido hablar de «fusilamientos».

Pero los partes mismos indican lo contrario: las víctimas fueron «decapitadas», y las crónicas contemporáneas hablan de otros medios empleados.

Las decapitaciones no fueron con guillotina.

Fue un exterminio sistemático y deliberado, por orden del comandante supremo, Bolívar, pero realizado por todos los medios.

Y, sin embargo, la cifra final que se dio en el parte del 25 de febrero no corresponde con lo que más tarde sabría el médico caraqueño José Domingo Díaz, exiliado en Curazao.

En Recuerdos Sobre la Rebelión de Caracas , Díaz relata que entre los papeles incautados a Urdaneta apareció una carta del oficial Ricaurte a su padre.

En ella afirmaba con franqueza que la cifra de muertos era de 2. 400.

«En carta de un tal Ricaurte, oficial al servicio de Bolívar, encontrada entre los papeles cogidos á Urdaneta en Barquisimeto para dirigirla á su padre, le cuenta haber sido sacrificados dos mil cuatrocientos godos, de los cuales novecientos eran criollos adictos á la causa de la nación».

Así lo recoge Díaz, con una nota literal al pie de la página 158 que podemos encontrar en la edición original de su obra impresa en Madrid en 1829.

No es rumor ni conjetura. Es la palabra de un patriota .

Un hombre de Bolívar. Y la cifra duplica —casi exactamente— la que Palacios había comunicado, o la de 1.

253 muertos, que el general H.L.V. Ducoudray Holstein dio en 1828 en sus Memorias de Simón Bolívar Presidente Libertador de la República de Colombia y de sus principales Generales.

Pero Díaz no se conforma con citar cifras.

Él no fue testigo presencial de la degollina —estaba entonces en el exilio—, pero tenía fuentes directas y testigos.

Era activista, cronista y parte civil de la resistencia realista.

Su estilo no es académico: es visceral. Su prosa no busca convencer: busca honrar la verdad, llamar las cosas por su nombre, ponerlas en su sitio. Sus palabras son un estallido.

En la Gaceta de Caracas, número 14, del 2 de mayo de 1815, entonces bajo su dirección, José Domingo Díaz redacta lo que sin duda son las palabras más demoledoras y frontales jamás dirigidas en vida a Simón Bolívar. Su tono no es político ni jurídico. Es profundamente humano:

«Venezolanos: en muestro idioma no hay una palabra capaz de expresar suficientemente esta especie de descaro. Vosotros que, fuisteis testigos de sus bárbaras atrocidades, juzgadle.

«Quando toda la superfisie de Venezuela está manchada con la sangre de hombres inocentes y pacíficos sacrificados à su insensata y desmesurada ambicion: quando centenares de familias lloran en la horfandad y la miseria la muerte injusta de sus padres, de sus esposos: quando todavía se oyen con lágrimas los nombres de Iparraguirre, Sanchez, Arizurrieta, Madariaga y otros muchos que mereciéron el aprecio universal por la bondad y dulzura de sus costumbres, ¿te atreves, Inhumano, à decir à la faz del mundo que jamas en Venezuela se ha cometido un acto tan chocante y reprehensible, ni sido sacrificados los espatioles ilegal e injustamente?