CAPÍTULO 90
LA NOCHE DEL SETENTA
LEO
La noche del aniversario, el hotel vuelve a quedarse sin luz.
No por tormenta. Un fusible del cuadro nuevo falla durante el espectáculo exterior. Las setenta luces se apagan a la vez.
El público guarda silencio.
El generador entra en seis segundos. Las luces de emergencia iluminan caminos. Paula activa protocolo. Saúl informa. Tomás llama al técnico y aísla circuito. Nadie me busca.
Vera está a mi lado.
—¿Quieres sostener la linterna? —pregunta.
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Candela reparte faroles. Mateo lleva chocolate al jardín. La interrupción se convierte en una pausa tranquila, no en una campaña improvisada. Los huéspedes conocen salidas. El equipo conoce tareas.
El técnico cambia el fusible en veinte minutos. Paula me ofrece accionar el interruptor final.
—Hazlo tú —digo.
Ella lo hace.
Las setenta luces regresan. La gente aplaude. Yo beso a Vera sin importar quién mira.
—Muy profesional —murmura.
—Ya no trabajas para mí.
—El hotel sigue siendo cliente.
—Horario festivo.
Nos apartamos del grupo y caminamos hasta la curva. El cartel de consultoras imposibles sigue allí, restaurado. Vera toca la madera.
—¿Sabes qué habría hecho yo si el coche hubiera subido aquel día? —pregunta.
—Llegar puntual.
—Entrar, reunirme contigo, dormir en la 307 y quizá recomendar vender.
—Entonces debemos todo a unos neumáticos malos.
—No. Le debemos el encuentro. Lo demás lo hicimos nosotros.
Tiene razón. La suerte abre escenas; no sostiene cinco inviernos.
Regresamos al hotel. Las luces funcionan. Yo no necesito comprobar el cuadro.
La noche del setenta no demuestra que nunca volverá a fallar nada.
Demuestra que cuando falle, sabremos quién llama al técnico, quién reparte faroles y quién puede quedarse mirando sin confundir quietud con inutilidad.