El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 87
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CAPÍTULO 87

CINCO INVIERNOS

VERA

Cinco inviernos después de mi llegada, Los Abetos cumple setenta años.

No ha crecido mucho en habitaciones. Ha crecido en maneras de utilizarlas: retiros, familias del programa Elena, bodas limitadas, formación y huéspedes que trabajan una semana frente al bosque. La deuda se ha reducido a una cifra que ya no domina reuniones.

Ferrer Hospitalidad tiene ocho personas y una participación repartida entre Nuria, Omar y yo. Trabajo cuatro días por semana la mayoría del año. Algunos meses fallo. El equipo me lo señala.

Leo dirige el consejo del hotel y dedica un tercio de su tiempo a ingeniería. Paula es directora general. Inés conserva veto, dividendos y una vida que no depende de recepciones.

Nuestra vida tiene dos casas y demasiados cargadores. Seguimos sin hijos. Somos tutores preferidos de Elena, que considera el apartamento una extensión de su territorio.

—Tía Vera —dice mientras dibuja sobre mis informes—, ¿tú salvaste el hotel?

Tiene cinco años y la pregunta que la revista no consiguió matar.

—No.

—Papá dice que sí.

—Tu padre exagera.

—El tío Leo dice que llegaste descalza.

—Llevaba medias.

Elena añade dos líneas rojas al gráfico. Decido conservarlas en la presentación del aniversario.

Los preparativos incluyen una exposición en la 212. Reunimos setenta objetos: la servilleta, la carta, fichas, fotografías, un farol, la estrella del auditor, el primer tarro de peras, mis zapatos enmarcados y la camiseta «BUEN NO».

—Esto último es una agresión —digo.

—Patrimonio —responde Leo.

La habitación no puede contenerlos todos. Extendemos la exposición al pasillo. Otra vez, el plan cambia para que quepan las personas y las cosas elegidas.

Marina y Teresa llegan desde Grecia, donde pasaron dos meses. Bruna llega antes y critica la colocación. Los Aguirre traen una fotografía nueva. Moya reserva con dos almohadas sin necesidad de recordatorio. Clara Montes participa como inversora minoritaria y cliente transformada, no amiga íntima.

La víspera, Leo y yo entramos solos en la 212. Él roza la cortina de estrellas.

—Parece ayer —dice.

—Las cifras discrepan.

—Naturalmente.

—¿Te arrepientes?

—De muchas decisiones. De nosotros, no.

—Buena respuesta.

Cinco inviernos no convierten el amor en una garantía. Lo convierten en un historial suficiente para confiar sin dejar de revisar.

Mañana celebraremos setenta años de un hotel.

Esta noche celebramos haber permitido que cambiara.