El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 86
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CAPÍTULO 86

EL TERCER CAJÓN

LEO

Me recupero el veintiséis. Vera enferma el veintisiete.

—No tiene sentido —dice con fiebre—. He seguido el protocolo.

—Dormiste a mi lado.

—Riesgo asumido.

La cuido en la habitación 307 para no contagiar a su madre cuando llegue. Bruna deja caldo. Mateo envía una esfera de chocolate y Paula amenaza con despedirlo si entra en cocina enfermo.

Vera duerme, trabaja a escondidas y niega hacerlo. Le retiro el portátil. Ella me recuerda que no puedo confiscar propiedad ajena.

—Puedes presentar reclamación cuando baje la fiebre.

—Autoritario.

—Consultora.

Entre sueños me pide que no cierre la puerta. La dejo abierta. Años atrás no sabía a quién hablaba. Ahora sé que es a mí y quizá también a la niña que esperaba en habitaciones distintas.

Cuando mejora, regresamos al apartamento. Abre la cómoda y descubre un tercer cajón vacío.

—No estaba en el contrato.

—Revisión de junio atrasada.

—Estamos en diciembre.

—Mantenimiento acumulado.

Vera coloca dentro la camiseta, documentos de boda, billetes de Lisboa y una caja de medicinas. No llena todo.

—¿Qué va en el espacio restante? —pregunto.

—Lo que llegue.

—Respuesta imprecisa.

—He aprendido del propietario.

Nos sentamos en el suelo. El hotel murmura abajo, operando bajo dirección de otros. En la pared cuelgan adornos de tres casas. La planta de Barcelona sobrevivió otro año. El llamador de estrella suena cuando entra su madre dos días después.

Marina trae regalos de Grecia y planes para quedarse en Valencia seis meses seguidos. No prometemos creer la fecha. Celebramos la intención.

El tercer cajón no significa que Vera abandone el piso. Tampoco que yo haya vencido una negociación doméstica.

Significa que el espacio compartido puede crecer sin exigir que uno desaparezca para hacerlo.

Cierro la cómoda. Vera la abre otra vez y deja la ficha encima.

—Debe poder verse —dice.

Salida: variable. Habitación: donde elija.

Ya no necesito cambiar ninguna palabra.