CAPÍTULO 73
LA OFERTA QUE SÍ ACEPTO
VERA
Una cadena pequeña ofrece comprar Ferrer Hospitalidad.
No es Altura. Es un grupo de consultoría europeo que quiere mi cartera, mi marca y a Nuria. La cifra pagaría mi piso, permitiría crecer y me devolvería a una estructura con salario.
Hace dos años habría aceptado antes de terminar el café.
Ahora leo condiciones. Exigen exclusividad, viajes frecuentes y permanencia de tres años. Ferrer Hospitalidad desaparecería bajo otro nombre.
—¿Qué quieres conservar? —pregunta Leo.
Estamos en Barcelona. Él cocina algo que parece arroz y no lo es.
—Autonomía. A Nuria. Elegir clientes. Poder decir que no.
—¿Qué quieres cambiar?
—La fragilidad de depender de mí para vender. Administración. Acceso internacional.
—Entonces la oferta compra lo primero para darte lo segundo.
—Sí.
No me dice que rechace. Me ayuda a formular una contraoferta: alianza comercial, participación minoritaria, marca independiente y sin exclusividad total.
La cadena responde que no.
Yo respondo que no a la compra.
Después ofrecen contratar a Ferrer Hospitalidad como socio local para dos proyectos al año. Esa oferta sí la acepto.
—¿Te arrepientes del dinero? —pregunta Nuria.
—Pregúntame cuando paguemos impuestos.
Celebramos firmando su ascenso a directora de proyectos y un plan de participación futura. Mi empresa deja de depender solo de mí sin dejar de pertenecernos.
Leo prueba el arroz. Está quemado.
—Podemos pedir comida —dice.
—La oferta que sí acepto.
Mientras esperamos, él revisa un plano de eficiencia y yo preparo la alianza. Dos empresas ocupan la mesa. Ninguna existe por concesión de la otra.
—En la boda prometiste no convertir necesidades en hojas de cálculo —dice.
—Prometí decirlas antes. La hoja puede venir después.
—Cláusula tramposa.
—Debiste revisar con Julia.
El timbre suena. Cenamos comida tailandesa en cajas. Hablamos de contratar a otra persona, de vacaciones y de si renovamos el alquiler del trastero.
—Ya casi no cabe nada —dice Leo.
—Eso significa que llegas con demasiadas cosas.
—O que me quedo más.
La diferencia no necesita resolverse. Ampliamos el trastero.
Aceptar no siempre significa entregarse. Rechazar no siempre significa huir. Entre ambos hay condiciones, contrapartes y la posibilidad de diseñar una tercera vía.
Es menos romántico que saltar sin red.
También es la razón por la que seguimos teniendo dónde aterrizar.