CAPÍTULO 71
EL APELLIDO EN LA RESERVA
VERA
La primera vez que alguien me llama señora Valdés después de la boda ocurre en un aeropuerto.
—Ferrer —corrijo.
La empleada mira el billete de Leo y el mío.
—Perdone. Pensé que…
—No pasa nada.
Sí pasa, un poco. No por ella. Por la cantidad de supuestos pequeños que aparecen alrededor de una decisión grande.
En Ferrer Hospitalidad, un cliente escribe «Vera Valdés» en un contrato. Nuria lo corrige antes de enviármelo.
—Podrías usar los dos —propone.
—Podría. No quiero.
Leo no se ofende. Encarga una placa nueva para el buzón de Barcelona con ambos apellidos separados. En el apartamento del hotel, la puerta no lleva nombres.
—¿Te gustaría que los llevara? —pregunto.
—Me gusta que la gente sepa dónde vive.
—No he preguntado eso.
—Sí. Me gustaría. También puedo vivir sin ello.
Mandamos hacer una placa: FERRER · VALDÉS. La colocamos nosotros y queda torcida. Decidimos conservarla.
En febrero, un artículo describe a Ferrer Hospitalidad como «la firma de la esposa del propietario de Los Abetos». Llamo a la periodista y pido corrección. Ella argumenta que aporta contexto.
—El contexto es que dirigí la recuperación antes de casarme y que mi empresa tiene nueve clientes —respondo—. Mi matrimonio no es la acreditación.
Corrigen.
Leo publica el artículo desde la cuenta del hotel con un mensaje: «Nuestra consultora, antes de ser nada nuestro». Le pido que cambie «nuestra».
—Es proveedor —protesta.
—Entonces escribe proveedora.
—Suena horrible.
—La precisión a veces no es bonita.
Lo cambia por «Ferrer Hospitalidad». Después me llama.
—No sabía que podía hacerte más pequeña al intentar apoyarte.
—Lo sé.
—Lo siento.
—Gracias.
No convertimos el error en una acusación sobre todo el matrimonio. Lo corregimos.
Ese mes, él firma su primer informe de ingeniería como «Leo Valdés, consultor». Yo lo enmarco junto a mis zapatos.
—Eso es venganza —dice.
—Patrimonio histórico.
El apellido en una reserva no decide quién soy. Tampoco necesito fingir que carece de peso. Elegimos dónde colocarlo, igual que una llave, una placa o una mesa.
Hay nombres que heredamos y nombres que construimos.
El mío sigue siendo Vera Ferrer.
El suyo, cuando estamos solos, a veces es marido. A veces imbécil protector. Ambos le quedan bien.