El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 70
72%

CAPÍTULO 70

CUATRO DÍAS EN LISBOA

LEO

Lisboa tiene cuestas que Vera sube con zapatos adecuados y una velocidad imposible. Se niega a utilizar mapa en el barrio donde vivió. Nos perdemos tres veces.

—Esto era una farmacia —dice frente a una tienda de teléfonos.

—Hace veinticinco años.

—No ayuda.

Encontramos el antiguo hotel junto a una plaza. Ya no pertenece a la misma cadena. La fachada conserva azulejos azules y el vestíbulo huele a limón. Vera se detiene en la puerta.

—Podemos irnos —digo.

—Quiero entrar.

Tomamos café. Ella reconoce un rincón donde hacía deberes y una escalera por la que esperaba ver bajar a su madre. No llora. Tampoco necesita hacerlo para que importe.

—Pensaba que sería más grande —dice.

—Tú eras más pequeña.

—Qué análisis brillante.

Subimos al tranvía. Vera llama a su madre y le muestra la plaza por vídeo. Hablan de una camarera llamada Joana, de una Navidad con pescado demasiado salado y de los bombones del avión. Su madre recuerda más de lo que Vera creía.

Yo escucho sin entrar en la conversación.

Durante cuatro días no abrimos portátiles. Visitamos mercados, miradores y un museo que ambos fingimos entender. Discutimos por la ruta, nos reconciliamos con pasteles y hacemos el amor por la tarde con persianas abiertas al ruido de la calle.

Una noche, Vera pregunta si echo de menos el hotel.

—Sí.

—¿Te preocupa?

—No demasiado. Paula envió un informe.

—Has dicho «no demasiado».

—Estoy de vacaciones, no iluminado.

Ella apoya la cabeza en mi hombro.

—Yo no echo de menos trabajar.

—Eso sí es grave.

—Echo de menos nuestras tazas.

Compramos dos nuevas, hechas a mano. No combinan con ninguna casa. Una lleva una puerta; la otra, una estrella.

En el aeropuerto, nuestro vuelo se retrasa seis horas. Vera no abre el portátil. Yo no llamo al hotel. Jugamos a cartas en el suelo junto a una máquina expendedora.

—La luna de miel soñada —dice.

—Podemos pedir compensación.

—Naturalmente.

Cuando por fin llegamos a Barcelona, la planta sigue viva gracias a una vecina. En Valdebruma, el hotel ha cerrado un mes récord sin nosotros.

Lisboa no repara la infancia de Vera ni mi necesidad de control. Nos ofrece recuerdos nuevos en un lugar antiguo.

Es suficiente para querer volver.