CAPÍTULO 69
EL DESAYUNO DE LOS CASADOS
VERA
Bruna sirve nuestro desayuno en la habitación a las once, tal como prometió a los Ortega un año atrás y como si la justicia hotelera exigiera cerrar el círculo.
—Salida a las cuatro —anuncia—. Paula ha bloqueado la puerta en el sistema.
—¿Y si hay una emergencia? —pregunta Leo.
—No la hay.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hoy no eres el director.
Se marcha. Leo revisa el móvil. Tiene quince mensajes y ninguna llamada. Lo deja boca abajo.
Desayunamos en la cama. Pan, queso, fruta y una esfera de chocolate pequeña que Mateo ha añadido como amenaza. Leo vierte salsa. La esfera se abre perfectamente.
—No se lo digas —pido.
—Jamás.
Dentro hay una nota: «En febrero, cobardes».
Nos reímos. Después hablamos de la semana siguiente. No hay viaje de luna de miel inmediato; ambos tenemos trabajo. Hemos reservado cuatro días en Lisboa en enero, una ciudad donde viví seis meses de niña y nunca volví.
—¿Te preocupa? —pregunta Leo.
—Un poco. Recuerdo un hotel, un tranvía y esperar a mi madre en una recepción.
—Podemos elegir otro sitio.
—No. Quiero volver sin que sea por ella.
Mi madre llama a la puerta. Trae el vestido dentro de una funda y los ojos hinchados.
—Teresa y yo nos vamos después de comer.
—¿No os quedáis otra noche?
—Tienes huéspedes.
—Tengo una habitación para nadie.
La frase de Leo hace que mi madre sonría. Aceptan quedarse.
Pasamos la tarde caminando por el pueblo como una familia que todavía aprende su forma. Teresa compra un adorno para cada casa: una puerta azul para Barcelona, un abeto para Valdebruma y un pequeño libro para Valencia.
—Tres casas —dice—. Así nadie discute cuál cuenta.
Leo añade una llave inglesa en miniatura. Yo compro un avión para mi madre. Ella lo observa con cautela.
—También cuenta —le digo—. No tienes que dejar de viajar para demostrar que sabes quedarte.
Me abraza en medio de la tienda.
Por la noche, Leo y yo regresamos al apartamento. Abre los dos cajones y coloca mi ropa de boda dentro de una caja.
—¿Dónde la guardamos?
—En el trastero de Barcelona.
—Utilidad demostrada.
Colgamos los adornos nuevos junto a la estrella. No parece una decoración diseñada. Parece un inventario de lugares.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Leo.
—Dormir.
—Después.
—Desayunar.
—Vera.
—Ahora hacemos exactamente lo de antes y decimos la verdad cuando deje de servir.
Leo asiente.
El matrimonio empieza sin un plan quinquenal. Para dos personas que construyeron una relación entre modelos financieros, es nuestra forma más atrevida de confianza.