El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 68
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CAPÍTULO 68

LA NOCHE POSIBLE

LEO

No en el apartamento, donde duermen su madre y Teresa. Tampoco en una suite, porque están ocupadas. Bruna nos entrega la llave de la habitación de cortesía con una ficha: «Emergencia romántica. Salida tardía».

La estrella azul permanece junto a la cama. Hay pétalos sobre la colcha pese a que Vera prohibió pétalos. Candela asume la culpa por radio antes de apagarlo.

—Podemos presentar una queja —digo.

—Mañana.

Vera se quita los zapatos. El conjunto marfil cae al suelo con cuidado. Debajo lleva ropa interior roja y una expresión menos segura que durante la ceremonia.

—Hola, marido —dice.

—Hola.

Me acerco despacio. Hemos compartido cientos de noches, cuerpos, miedos y rutinas. Esta no necesita ser distinta para importar.

La beso. Vera me quita la chaqueta y deshace los botones. Yo recorro la piel que conozco y todavía me sorprende. Nos reímos cuando mi anillo se engancha en un cierre. Nos detenemos para aprender el nuevo objeto.

—Mantenimiento —murmura ella.

—Garantía de por vida.

—Eso es una afirmación peligrosa.

—Garantía renovable.

La tumbo en la cama. La beso entre los muslos hasta que pronuncia mi nombre sin ninguna broma. Después sube sobre mí, lenta, mirándome. El placer no borra la conversación del año; la contiene. Cada movimiento dice presente, no siempre.

Al terminar, apoyamos las frentes. Vera toca mi anillo.

—¿Te sientes diferente?

—Casado.

—Eso no explica nada.

—Me siento igual y más responsable de decirte la verdad.

—Yo me siento feliz. Y cansada. Y un poco atrapada por el vestido, que pesa demasiado.

—Podemos venderlo.

—Lo alquilé.

—Consultora.

—Hotelero.

Nos dormimos. A las cuatro, la alarma de incendios suena.

Vera abre los ojos.

—No.

El transmisor de la pared informa de humo en cocina. Nos vestimos a toda velocidad y salimos con otros huéspedes. El protocolo funciona. Mateo ha dejado una bandeja en el horno de pruebas; no hay fuego, solo humo.

—¿Qué bandeja? —pregunto.

Él baja la mirada.

—La esfera.

Vera empieza a reír. Ríe en mitad del pasillo, con mi camisa sobre la ropa interior y pétalos pegados al pelo. Todo el hotel la acompaña cuando explicamos que no existe peligro.

Regresamos a la 307. La alarma calla.

—La noche era posible —dice—. La perfección nunca estuvo contratada.

Nos metemos en la cama. A través de la puerta oigo el hotel volver a dormirse.

No necesito levantarme para comprobarlo.

Mi mujer está a mi lado. La palabra cabe sin ocuparla entera.

La noche continúa.