CAPÍTULO 67
TREINTA Y DOS SILLAS
VERA
Paula propone retirar la cómoda. Me niego: contiene mis cajones, la carta y la historia de nuestra convivencia. Movemos la ceremonia al salón del ala este. Yo había elegido la habitación pequeña para no sentirme observada. El espacio físico gana la discusión.
—Podemos reducir invitados —dice Leo.
—¿A quién?
Miramos la lista. Nadie sobra.
—El salón —decido.
No es una derrota. Es ajustar el plan a la realidad sin traicionar la prioridad: personas elegidas, ceremonia breve, objetos de la 212 sobre una mesa.
Mi madre me ayuda a vestir. Teresa coloca la estrella de madera en mi pelo. No llevo velo. El anillo de compromiso permanece en la mano derecha hasta el intercambio.
—¿Estás segura? —pregunta mi madre.
—No de todo.
—Bien.
—Estoy segura de hoy.
Ella sonríe.
Leo espera junto a la chimenea. Lleva traje verde y una ramita de muérdago en la solapa. Cuando me ve, su expresión pierde cualquier defensa.
Camino sola la mitad del pasillo. Mi madre me acompaña la otra mitad, no para entregarme, sino porque le pido que camine conmigo.
No hay oficiante solemne. Julia realiza la ceremonia civil con autorización municipal y una eficiencia emocionante. Lee los artículos necesarios, confirma identidades y nos permite añadir votos.
Leo promete no confundir protección con control, cuidar los lugares que construyamos y aceptar que algunos tendrán ruedas. Promete café sin azúcar y preguntar antes de arreglar.
Yo prometo no utilizar la salida como amenaza, decir lo que necesito antes de convertirlo en una hoja de cálculo y recordar que quedarse puede ser una elección renovable. Prometo dejar puertas abiertas cuando quiera compañía y cerrarlas sin miedo cuando necesite espacio.
—¿Sí? —pregunta Julia.
—Necesito más datos —digo.
Leo cierra los ojos. Todos ríen.
—Sí —añado—. Es sí.
Intercambiamos anillos. El mío tiene dos líneas; el suyo, una puerta diminuta grabada por dentro.
Nos besamos. La niña Ortega, invitada por méritos reglamentarios, anuncia que esta vez no había muérdago encima. Candela levanta la rama que ocultaba detrás de la espalda.
—Ahora sí —dice.
Volvemos a besarnos.
La cena ocupa una sola mesa. Mateo sirve crema de castañas, estofado y tarta de naranja. No hay pavo. Las tarjetas de cada asiento cuentan por qué esa persona está allí.
En la mía, Leo ha escrito: «Porque llegaste». En la suya escribí: «Porque aprendiste a abrir».
Treinta y dos sillas caben cuando dejamos de exigir que sea en la habitación planeada.
Después salimos con faroles. Nieva poco. El lago refleja las luces. Bailamos bajo el arco sin música durante un minuto, hasta que Mateo pone una canción desde el teléfono.
—Señora Valdés —dice Leo.
—Ferrer.
—Señora Ferrer.
—Vera.
—Mi mujer.
La palabra no me encierra. En su boca suena a reconocimiento.
—Mi marido —respondo.
Su sonrisa ilumina más que los faroles.