El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 66
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CAPÍTULO 66

EL AÑO MÁS CORTO

LEO

Los meses pasan con velocidad de temporada alta.

En marzo, Vera abre una oficina pequeña en Barcelona para Nuria y una nueva consultora. En abril, Los Abetos cierra diez días. Todo el personal descansa al menos seis. Yo paso cuatro en Valencia con Vera, su madre y Teresa. No llamo al hotel el primer día. El segundo, una vez.

En mayo, terminamos la primera fase energética. En junio, Inés compra su casa. En julio, cuido a Elena durante el fin de semana prometido y descubro que un manual de caldera no prepara para puré en el techo.

Vera llega el domingo y me encuentra dormido en el suelo junto a la cuna.

—¿Quieres reconsiderar hijos? —pregunta.

—Quiero reconsiderar la gravedad.

Seguimos sin respuesta definitiva. Ya no nos parece una emergencia.

En agosto, el hotel llena sin saturar lavandería. Paula rechaza reservas cuando alcanzamos capacidad real. Me duele ver dinero que no entra. Después veo al personal terminar turnos a la hora.

En septiembre, mi proyecto de ingeniería reduce consumo de un palacio convertido en hotel. Mikel ofrece incorporarme como socio colaborador. Acepto un porcentaje pequeño. Vera me regala una camisa sin manchas. Dura dos días.

En octubre se celebra la primera boda comercial. Llueve. La coordinadora mueve la ceremonia al salón en veinte minutos. Yo no intervengo. La abuela accede sin escalones. Mateo sirve tarta, no esfera. La pareja baila bajo la servilleta enmarcada sin saber que una deuda empezó allí.

Vera observa desde la puerta.

—Podría haber organizado esto mejor —dice.

—No eres organizadora de bodas.

—Gracias por recordarlo.

—Eres una invitada que trabaja gratis.

La saco del salón antes de que audite centros de mesa.

En noviembre, probamos los trajes. Ella lleva un conjunto marfil sencillo que no me deja ver. Yo elijo uno verde oscuro. Inés llora en ambas citas por videollamada.

La lista de invitados tiene treinta y dos nombres. Bruna intenta añadir antiguos huéspedes. Limitamos. Los Aguirre estarán como testigos de la historia del hotel, no de nuestra relación. Mikel, Julia, Nuria, Paula, Mateo, Candela y Tomás completan la mesa. No invitamos a nadie por deuda.

El uno de diciembre, Vera entra en pánico otra vez.

—¿Y si nos divorciamos?

—Utilizamos las capitulaciones.

—No es gracioso.

—No intentaba serlo. Podría ocurrir. También podría cerrarse el hotel, perder un proyecto o cambiar lo que queremos. No voy a prometer que nada cambiará.

—¿Qué prometes?

—Hablar antes de convertir el miedo en una acusación. Pedir ayuda. No tocar tu champú. Elegirte mientras ambos queramos estar.

Vera respira.

—Y dejarme salir.

—Y guardar sitio sin exigir que vuelvas.

—Volveré.

—Lo sé.

El año más corto nos lleva otra vez al doce de diciembre. Bajo a la curva por costumbre. Ella llega sola, con el abrigo rojo y la nueva maleta.

—Mañana nos casamos —dice al bajar.

—He oído rumores.

—Podemos huir.

—Sí.

—No quiero.

—Yo tampoco.

Subimos juntos en su coche. Ya no necesita que la rescate. Me deja conducir porque quiere mirarme.

Eso también es una elección.