CAPÍTULO 65
PROMETIDA NO ES PROFESIÓN
VERA
Al día siguiente, todo el pueblo sabe que estamos prometidos.
La panadera me regala una coca. Maribel ofrece una tabla de quesos. Óscar ya ha dibujado un arco de madera. Una mujer que no conozco pregunta cuántos hijos queremos.
—Prometida no es una profesión —le digo a Leo—. ¿Por qué de pronto todo el mundo me asigna tareas?
—Porque Valdebruma funciona por comités no solicitados.
—Quiero huir.
—Podemos esperar una semana.
No intenta convencerme de disfrutar. Me ofrece una salida y eso reduce las ganas de usarla.
Inés llega con una carpeta roja.
—No es un plan —aclara.
—Tiene separadores.
—Son ideas.
—Fuera.
Se ríe y guarda la carpeta. Acordamos que ella coordinará proveedores solo cuando nosotros elijamos. No contrataré organizadora de bodas, ni me convertiré en una. Paula llevará la logística del hotel como cualquier evento y cobrará el uso de espacios.
Mis dos prioridades son una ceremonia breve en la 212 y una mesa donde nadie tenga asiento por compromiso social. Las de Leo: comida de Mateo sin experimentos y una ruta de faroles después.
—Eso ya son cuatro decisiones —digo.
—Podemos casarnos.
—Muy eficiente.
Julia prepara capitulaciones. También recomienda un acuerdo sobre nuestras empresas: ninguno tendrá derechos automáticos sobre la otra, los trabajos cruzados se facturan y las decisiones del hotel continúan bajo su consejo.
—La gente se ofende cuando propongo esto —dice.
—La gente no ha visto una deuda convertir afecto en presión —respondo.
Leo firma el borrador sin dramatismo. Yo también.
La noticia atrae a una revista del corazón local que inventa que el hotel ofrece bodas temáticas. Rechazamos la entrevista. Dos parejas llaman para reservar ceremonias. Paula propone estudiar el producto.
—No —digo.
—No tienes que gestionarlo tú.
—El salón puede funcionar.
—Mateo ya cocina, Candela conoce proveedores y yo dirijo operaciones. Contrataríamos coordinación externa por evento.
Miro a Leo.
—No es nuestra boda convertida en mercancía —dice—. Es una demanda que existe.
Evaluamos. Lanzamos solo cuatro fechas al año, celebraciones pequeñas, precios completos y sin exigir que ninguna novia sea «fácil» para el equipo. Una coordinadora local asume la organización.
—Has creado bodas sin ser organizadora —se burla Inés.
—He creado un producto. No pienso elegir servilletas ajenas.
El primer evento se reserva para octubre. La pareja quiere ceremonia junto al lago y cena en el ala este. Sus prioridades son música y accesibilidad para una abuela.
Me gusta que no se parezcan a las nuestras.
Una noche miro el anillo bajo la lámpara. Ser prometida no cambia mi profesión ni mi dirección. Cambia una conversación futura y la forma en que algunas personas me miran.
Leo entra, deja las botas fuera —ha aprendido— y me besa.
—¿Arrepentida?
—Hoy no.
—Buena respuesta.
—¿Tú?
—Solo de permitir una carpeta roja.
Nos acostamos con la fecha anotada en un calendario y sin una sola muestra de flores.
La boda existe.
No ocupa toda la vida.