CAPÍTULO 64
LA HABITACIÓN ABIERTA
LEO
Sobre la mesa dejo la carta de mi madre, la ficha de Bruna y la tarjeta que la madre de Vera envió desde Dubái. Teresa añade un libro pequeño de poemas sobre casas. Inés coloca una fotografía del primer retiro. No hay pétalos ni música escondida.
El anillo está en mi bolsillo.
Vera cena el bocadillo, se ducha y baja con un vestido azul que nunca he visto. Yo llevo el jersey verde del primer día.
—¿Vamos al sótano? —pregunta.
—La caldera funciona.
—Una pena.
Entramos en la 212. Vera ve los objetos y se detiene. Recorre la mesa sin tocarlos.
—Todas las personas que nos enseñaron a irnos o quedarnos están aquí —digo—. No para decidir por nosotros.
—Leo…
—Déjame intentar la presentación.
Asiente.
No me arrodillo todavía.
—Te conocí cuando creía que proteger un lugar significaba impedir cualquier cambio. Tú creías que ser libre significaba poder salir antes de necesitar nada. Los dos estábamos equivocados de formas muy eficientes.
Vera ríe con lágrimas.
—He aprendido que puedes marcharte y seguir formando parte. Que yo puedo querer algo fuera del hotel. Que ninguna promesa evita el miedo y que una puerta cerrada también puede abrirse después.
Saco el anillo.
—No te pido que te quedes siempre. Te pido que sigamos hablando cuando uno quiera irse, cuando uno quiera volver y cuando no sepamos qué queremos. Te pido que hagamos familia con las casas, trabajos y dudas que ya tenemos. Vera Ferrer, ¿quieres casarte conmigo?
Ella mira el anillo. Después me mira a mí.
—Necesito un dato.
El corazón se me detiene.
—¿Cuál?
—¿Hay esfera de chocolate en la cena?
—Prohibida por contrato.
—Entonces sí.
Ahora me arrodillo porque las piernas dejan de sostenerme. Vera se ríe y llora a la vez. Le coloco el anillo: dos líneas que se cruzan, una estrella mínima.
—No se funden —dice.
—No necesitan hacerlo para estar unidas.
Me levanta y me besa. Chocamos con la butaca. Una caja cae al suelo. La tarjeta de Dubái se desliza bajo la cama.
—El escenario necesitaba una evaluación de riesgos —murmura.
—Cállate.
La beso de nuevo.
Después llamamos a nuestras familias. Están en el salón del ala este fingiendo que no esperaban. Bruna abre champán. Mateo presenta una tarta sencilla y declara que la esfera habría sido inolvidable.
—Eso temíamos —dice Paula.
Inés abraza a Vera antes que a mí. Su madre llora contra Teresa. Mikel aparece por videollamada. Nuria pregunta si necesitarán consultoría.
—No —responde Vera—. No voy a organizar mi boda como un proyecto de cliente.
—Yo puedo —dice Inés.
—Tampoco.
Decidimos una cena pequeña en diciembre, casi un año después, en Los Abetos. Sin programa de doce meses. Cada uno elegirá dos cosas que le importen y delegaremos el resto.
Cuando todos se marchan, Vera y yo regresamos a la 212. Recuperamos la tarjeta bajo la cama y apagamos la luz.
La habitación queda abierta.