El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 63
65%

CAPÍTULO 63

CERRAR CANTAbrIA

VERA

El proyecto del Mirador del Norte termina con una compra que no parece compra.

Altura adquiere un treinta por ciento sin control. Los empleados crean una sociedad para otro diez. Maite vende parte de sus acciones y se queda como presidenta no ejecutiva. Gonzalo continúa en operaciones con Paula como mentora externa durante seis meses.

Clara firma indicadores de empleo, compras locales y conservación de marca. Si los incumple, la familia puede recomprar parte a precio pactado.

—Es un contrato incómodo —dice.

—Los buenos límites lo son.

—¿Siempre tiene una frase preparada?

—Solo cuando la otra parte tarda demasiado en comprender.

Después de firmar, Maite llora. Gonzalo sale a caminar. Lo encuentro frente al mar.

—Siento que he vendido a mis padres —dice.

—Has cambiado la propiedad para que el hotel continúe. Ellos no pueden decirte qué habrían querido hoy.

—¿Y si me equivoco?

—Lo sabrás después. Ahora solo puedes decidir con información, límites y las personas que vivirán la consecuencia.

Repito palabras que aprendí en Los Abetos. No lo convierten en fácil.

Esa noche Clara ofrece a Ferrer Hospitalidad dos proyectos más. Acepto uno para otoño y rechazo el otro por capacidad.

—Podría financiar otra contratación —dice.

—También podría hacer que Nuria y yo trabajemos mal durante seis meses.

—Está aprendiendo a decir no.

—Siempre supe decirlo. Estoy aprendiendo a no utilizarlo como única protección.

Viajo a Valdebruma al día siguiente. En el tren, leo las capitulaciones preparadas por Julia.

Separación patrimonial, empresas independientes, vivienda compartida no exclusiva, decisiones médicas, herencia, reglas sobre participaciones.

Ningún documento garantiza ternura. Sí evita que el miedo financiero se disfrace de amor.

Leo me espera en la estación. No trae faroles ni flores. Trae un bocadillo porque sabe que no he comido.

—¿Cómo fue?

—Firmaron.

—¿Bien?

—Incompleto.

—Eso puede ser bien.

Le doy las capitulaciones. Las guarda sin abrir.

—¿No vas a leerlas?

—Después de que comas.

—Estoy preparada para hablar.

Leo se queda quieto.

—¿De todo?

—De la pregunta bien hecha.

No sonríe enseguida. Primero comprueba mi cara, como si quisiera asegurarse de que no me empuja el cansancio. Luego me besa la frente.

—Esta noche —dice.

—¿Por qué no ahora?

—Porque estás en un aparcamiento con un bocadillo.

—He vivido momentos importantes en sitios peores.

—Precisamente.

Subimos al coche. Mi impaciencia ocupa todo el asiento.

Leo conduce despacio. Por primera vez, soy yo quien quisiera acelerar una llegada.