CAPÍTULO 62
LA PREGUNTA DE INÉS
LEO
Inés me pregunta si quiero casarme o si quiero demostrar que puedo construir una familia distinta.
—Las dos cosas —respondo.
Estamos montando una cuna en su casa. Elena gatea entre tornillos con intenciones delictivas.
—¿Y Vera?
—Quiere hablarlo.
—Lleváis dos meses hablando.
—Le gustan los datos.
—A ti te gusta esperar cuando la espera parece trabajo.
Aprieto un tornillo.
—No quiero presionarla.
—Bien. Tampoco utilices su miedo para esconder el tuyo.
—¿Cuál?
—Que diga sí y después se vaya de todos modos.
La llave gira en vacío. Inés tiene razón. En mi cabeza, matrimonio significa permanencia y permanencia significa seguridad. Sé que no existe esa garantía. Aun así la deseo.
—Puede divorciarse —continúa—. Puede aceptar un proyecto. Puede vivir en Barcelona. Un anillo no arregla tu miedo.
—No necesito que lo arregle.
—Entonces deja de preparar la propuesta como una póliza.
En el bolsillo llevo un diseño de la joyera no hipotética: dos líneas finas que se cruzan sin fundirse, con una estrella mínima. He revisado metales, tallas y condiciones de devolución. También he pedido grabar una fecha abierta.
—Quiero pedírselo en la 212 —digo—. Sin público. Nuestras madres pueden dejar algo en la habitación antes. Después cenamos con todos si dice sí.
—¿Y si dice que necesita más datos?
—Cenamos igual.
Inés sonríe.
—Entonces estás listo.
—Ella debe decir cuándo.
—Pregunta qué necesita para saberlo. No cuándo terminará.
Esa noche llamo a Vera. Está en Cantabria, cerrando el proyecto.
—¿Qué necesitas para decidir sobre casarnos? —pregunto.
—Buenas noches para ti también.
—Perdón. Buenas noches. ¿Qué necesitas?
Ella guarda silencio.
—Saber que podemos cambiar de opinión sobre la forma de vivir sin que el matrimonio se convierta en una deuda. Tener capitulaciones. Decidir qué significa familia si no tenemos hijos. Y que tú quieras casarte conmigo, no con la idea de que no me iré.
—Quiero casarme contigo sabiendo que te irás muchas veces.
—¿Y volveré?
—No puedo obligarte.
—No te he preguntado eso.
Respiro.
—Sí. Creo que volverás. Y si algún día no quieres hacerlo, prefiero que el matrimonio no te impida decirlo.
Oigo su respiración temblar.
—Necesitaba eso —dice.
—¿Algo más?
—Una pregunta bien hecha.
Miro el diseño.
—Trabajaré en ella.
—No demasiado.
Colgamos. Retiro del cajón el plan de propuesta con horarios, música y posición de velas. Lo rompo. Conservo solo la idea de la 212 y los mensajes de nuestras madres.
La pregunta no debe impedir que Vera se marche.
Debe hacerle saber que quiero seguir siendo uno de los lugares a los que elige volver.