El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 61
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CAPÍTULO 61

LA PETICIÓN QUE NO OCURRE

VERA

Leo reserva el lago una tarde de febrero. Candela cuelga faroles. Mateo prepara chocolate. Bruna se pone un vestido. Todo indica propuesta de matrimonio.

Entro en pánico.

No porque quiera decir no. Porque la escena contradice exactamente lo que pedí: nada delante de gente. Durante el camino ensayo cómo detenerlo sin humillarlo.

Al llegar, encuentro veinte huéspedes y una pareja joven bajo el muérdago. Él se arrodilla. Ella grita que sí. El grupo aplaude.

No es mi propuesta.

La decepción llega mezclada con alivio y me enfada por su incoherencia.

Leo sirve chocolate junto al fuego.

—¿Qué cara es esa?

—Ninguna.

—Tu ceja izquierda tiene controles internos.

—Pensaba que ibas a pedirme matrimonio.

Él casi derrama la taza.

—¿Aquí? Me prohibiste hacerlo con público.

—Lo sé.

—¿Y te molesta que no lo haga?

—No.

—Vera.

—Un poco.

Leo se ríe. Primero intenta contenerse; después apoya la taza y se dobla.

—No es gracioso.

—Muchísimo.

—Estoy viviendo una contradicción emocional válida.

—Y yo la estoy disfrutando.

Le doy la espalda. Me rodea por la cintura.

—No llevo anillo —susurra.

—Bien.

—No voy a pedírtelo hoy.

—Perfecto.

—Quiero que seas tú quien me diga cuándo la conversación ha terminado.

Me giro.

—Eso convierte la propuesta en una tarea.

—No. Convierte el momento en algo que ambos sabemos que puede llegar.

—¿Y la sorpresa?

—Puedo sorprenderte con las palabras, el lugar o un postre que no explote. No con la existencia de la pregunta.

La pareja recién prometida se acerca a agradecernos. Ella reconoce mi expresión.

—Pensabas que era para ti —dice.

—No.

—Sí —responden ella y Leo a la vez.

Quiero mudarme al lago.

Durante la vuelta, pienso en el deseo de ser elegida de forma visible y el miedo a que esa visibilidad me quite salida. No se resuelven cancelándose. Le cuento a Leo ambas cosas.

—Podemos hacerlo solos y contarlo después —propone.

—Quiero que nuestras familias participen de alguna forma.

—Entonces no completamente solos.

—Y no quiero una fecha inmediata.

—Bien.

—Y quizá no quiera anillo tradicional.

—La joyera de Valencia ya me odia.

Me detengo.

—¿Qué joyera?

—Ninguna.

—Leo.

—Es hipotética.

Su ceja grita. Lo persigo con nieve hasta las rodillas. Él se deja alcanzar cerca del hotel y caemos juntos sobre un montón blando.

—No era hoy —dice riendo.

—Más te vale.

Lo beso en la nieve.

La petición que no ocurre aclara algo: no temo la pregunta. Temo perder participación en la forma de hacerla.

Y eso, por suerte, ya sabemos negociarlo.