CAPÍTULO 59
UNA VISITA AL FUTURO
VERA
Bilbao recibe lluvia en lugar de nieve. Leo conduce por calles que conoce sin mirar el navegador. Se vuelve otra persona: no distinta, sino ampliada.
Me enseña el piso donde vivió con dos compañeros, la cafetería donde desayunaba y el puente que cruzaba para ir a la oficina. En el bar de la reserva, el camarero lo reconoce.
—El ingeniero del pueblo —dice.
—Han pasado siete años.
—Sigues debiéndome una cena.
Leo paga dos.
Al día siguiente visitamos su antigua empresa. Su jefe, Mikel, dirige ahora proyectos de eficiencia para edificios históricos. Nos muestra un sistema de geotermia y control térmico que podría reducir costes de Los Abetos, aunque la inversión es alta.
Leo revive. Hace preguntas, dibuja circuitos y discute rendimientos. Yo lo observo desde el fondo. En el hotel, sus conocimientos aparecen cuando algo falla. Aquí forman parte de una vocación que no depende de una urgencia.
—Podrías colaborar como consultor —propone Mikel—. Dos proyectos al año. A distancia y con visitas.
Leo mira hacia mí. Niego con la cabeza.
—No me preguntes con los ojos.
—No he preguntado.
—Has gritado.
Mikel se ríe.
Leo pide tiempo. De camino al hotel donde dormimos, permanece callado.
—¿Quieres hacerlo? —pregunto.
—Sí.
—¿Qué te detiene?
—Los Abetos.
—Paula puede dirigir. Inés gestiona consejo. Tomás lleva mantenimiento.
—Dos proyectos pueden convertirse en cuatro.
—Eso se negocia en el contrato.
—Y si me gusta más que el hotel.
Ahí está el miedo verdadero.
—Entonces tendrás información nueva —digo.
—¿Y si significa que me equivoqué quedándome?
—No borra lo que necesitabas entonces. Elegir no convierte las alternativas en enemigos para siempre.
En la habitación, Leo abre el portátil y prepara condiciones. Máximo dos proyectos, sin emergencias incompatibles, calendario pactado, posibilidad de utilizar Los Abetos como caso piloto de eficiencia. Yo no escribo por él. Solo pregunto.
Esa noche cenamos con antiguos compañeros. Hablan de viajes, promociones y personas que ya no están. Leo reconoce en voz alta que sintió envidia durante años. Nadie lo juzga. Uno admite que envidiaba que él tuviera un lugar propio.
—No era tan sencillo —dice Leo.
—Nunca lo es desde dentro —responde su amigo.
Volvemos caminando bajo la lluvia. Leo me toma la mano.
—Si acepto, estaré fuera algunas semanas.
—Te echaré de menos.
—No me pides que lo rechace.
—No. Te digo el coste.
—También aprenderé cosas para el hotel.
—Eso es una ventaja, no una justificación necesaria.
Se detiene bajo un toldo.
—Quiero hacerlo por mí.
—Entonces hazlo.
Me besa con lluvia en el pelo. Esa noche hacemos el amor en un hotel ajeno, riéndonos porque la cama cruje y alguien golpea la pared.
Por la mañana, Leo acepta el primer proyecto.
No lo aleja de Los Abetos.
Le devuelve una puerta que había cerrado creyendo que solo se podía cruzar una vez.