El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 58
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CAPÍTULO 58

LA DUEÑA DEL TREINTA POR CIENTO

LEO

Inés quiere venderme un diez por ciento de su participación.

No a Altura. A un fideicomiso familiar que estamos diseñando para Elena y posibles herederos. La propuesta permite que ella reduzca riesgo personal sin perder voz y que yo no controle más del sesenta por ciento de decisiones clave.

—No entiendo por qué venderme para impedir que controle —digo.

—Porque las acciones económicas y los votos pueden separarse —explica Julia—. Y porque tu hermana quiere liquidez para comprar una casa.

Inés despliega fotografías de una vivienda cerca de Zaragoza. Tiene jardín y una habitación para Elena.

Mi primer impulso es preguntar por qué necesita comprar ahora. El segundo, calcular cuánto puede pagar el hotel. El tercero, más reciente, consiste en escuchar.

—Quiero dejar de tener toda mi seguridad dentro de un edificio que dirige mi hermano —dice—. Te quiero. También quiero discutir contigo sin que mi jubilación dependa de que ganes.

—No intento que dependa.

—Pero depende.

Vera no participa. Está en Barcelona y me ha pedido que no le envíe documentos hasta que Inés decida si Ferrer Hospitalidad asesorará a ambas partes o a ninguna. Su ausencia me obliga a pensar sin utilizar su criterio como respuesta rápida.

Consulto a un asesor independiente. La operación es posible si la financio personalmente con dividendos futuros, no con deuda del hotel. Requerirá reducir gastos míos y renunciar durante años a parte de los beneficios.

—Puedo hacerlo —le digo a Inés.

—No quiero que vuelvas a sacrificar tu vida por Los Abetos.

—Compro una participación, no una penitencia. Y si los dividendos bajan, el pago se retrasa. Julia pondrá límites.

—¿Qué piensa Vera?

—No se lo he pedido.

Mi hermana sonríe.

—La terapia funciona.

—Todo el mundo abusa de eso.

Firmamos un acuerdo preliminar. Inés seguirá presidiendo el consejo y conservará veto en venta, deuda grande y cambios de empleo. Yo tendré más participación económica, no más capacidad de ignorarla.

Cuando se lo cuento a Vera, pregunta primero cómo se siente Inés.

—Aliviada.

—¿Y tú?

—Como si comprara una parte de algo que ya sentía completamente mío.

—Ahí está la diferencia. Nunca fue completamente tuyo.

—Lo sé.

—¿Lo dices con mandíbula?

—Un poco.

Viaja al hotel el viernes. Revisa el acuerdo como pareja curiosa, no como asesora. Se alegra por Inés y me pregunta si mi plan personal deja margen para una vida fuera del hotel.

—Menos restaurantes caros —digo.

—Nunca vamos a restaurantes caros.

—Entonces será fácil.

—¿Y Bilbao? ¿Viajes? ¿Barcelona?

—Están presupuestados.

—¿Terapia?

—También.

—Bien.

Le enseño otra línea: boda posible. Cantidad modesta, sin fecha.

—Has creado una provisión —dice.

—Aprendo de la mejor.

—La mejor habría utilizado un fondo monetario.

—Puedes corregirlo.

Nos sentamos juntos frente a mis cuentas. Por primera vez permito que vea cuánto gano, debo y ahorro. Ella abre las suyas. La intimidad financiera resulta menos excitante que el sexo y casi igual de vulnerable.

Descubrimos que ambos pagamos dos suscripciones duplicadas, que Vera tiene más ahorro del que imaginaba y que yo destino demasiado a herramientas.

—Son inversión —protesto.

—Tienes seis llaves inglesas iguales.

—Diferentes tamaños.

—Leo.

—Cinco tamaños.

No fusionamos cuentas. Creamos una para gastos compartidos, con aportaciones proporcionales y reglas simples. La llamamos «Puertas».

Inés encuentra el nombre en una transferencia y pregunta si es un bebé.

Tardamos una hora en detener el rumor.