CAPÍTULO 57
ENERO Y LA PALAbrA BODA
VERA
La conversación ocurre el nueve de enero en mi cocina de Barcelona, entre una gotera del piso de arriba y dos presupuestos de catering que no hemos pedido.
—No vamos a organizar una boda —digo.
Leo sostiene una taza.
—No sabía que ya habíamos decidido casarnos.
—No lo hemos decidido. Precisamente por eso no entiendo por qué Inés me envía fincas.
—Está aburrida durante la baja maternal.
—Tiene un bebé.
—El bebé duerme.
Abro el mensaje. Inés ha marcado un antiguo monasterio, un jardín y el salón del ala este. Debajo escribe: «Solo aporto datos».
Leo se sienta enfrente.
—Hablemos sin decidir —propone.
La frase lleva semanas esperándonos.
Empiezo por lo fácil. No quiero una fiesta grande ni convertirme en el centro de un programa que dure meses. No quiero abandonar mi apellido ni mudarme permanentemente a Valdebruma. No quiero hijos como consecuencia automática del matrimonio.
Leo escucha sin defender una versión que aún no ha expresado.
—Yo quiero que Inés esté —dice cuando termino—.
Y tu madre, si quieres. Quiero algo en Los Abetos porque es donde empezó nuestra vida juntos.
No necesito que cambies apellido, dirección ni planes sobre hijos.
Sí quiero protección legal si uno enferma.
Quiero que seas heredera de mi parte personal, no del control del hotel.
Y quiero llamarte mi mujer alguna vez sin tener que dar una conferencia.
—Puedes llamarme pareja.
—Es una palabra útil. También lo es mujer.
Me sorprende la ternura de ese deseo. No propiedad, sino nombre.
—Me da miedo que después esperes más presencia —admito—. Que cada viaje se convierta en algo que hago contra el matrimonio.
—Me da miedo que uses no necesitarme como prueba de que todo va bien.
La gotera cae dentro de un cubo. Ninguno intenta repararla; el seguro ya viene.
—Podemos hacer capitulaciones —digo—. Patrimonios separados, reglas para las empresas y testamentos.
—Romántico.
—Tú empezaste con protección legal.
—Me gustas cuando hablas de cláusulas.
—Lo sé.
La conversación dura tres horas. No fijamos fecha. Decidimos consultar a Julia, hablar con una terapeuta de pareja una vez y escribir expectativas que nos daría vergüenza confesar en voz alta.
—¿Esto significa que estamos prometidos? —pregunta Leo.
—Significa que evaluamos viabilidad.
—Voy a ponerlo en una tarjeta.
—No se lo digas a Inés.
En ese momento mi teléfono vibra. Mensaje suyo: «¿Qué tal la reunión?». Leo mira al techo.
—Bruna —dice.
—Está a quinientos kilómetros.
—La red se expande.
Le respondemos: «En análisis». Tres segundos después llegan doce corazones y una propuesta de menú.
Leo se acerca y se arrodilla junto a mi silla. No lleva anillo ni ha preparado palabras.
—No te lo estoy pidiendo hoy —dice—. Solo quiero asegurarme de que sabes algo.
—¿Qué?
—Si decidimos que no, no significará que te quiero menos. Si decidimos que sí, no significará que puedas dejar de elegirme los martes.
Se me llenan los ojos de lágrimas.
—Eso ha sido mucho mejor que tu primera presentación.
—He utilizado asesoría.
—¿De quién?
—Mi terapeuta.
—Quiero enviarle una cesta.
Lo beso. El cubo recibe otra gota.
Enero no tiene guirnaldas ni faroles. La palabra boda tampoco llega envuelta en una nevada perfecta. Llega en una cocina pequeña, con documentos por revisar y dos personas que ya saben que amar no evita negociar.
Por primera vez, la negociación no me parece una amenaza al sentimiento.
Me parece la forma de cuidarlo.