CAPÍTULO 56
EL ÚLTIMO FAROL
LEO
Por la tarde apagamos las luces exteriores durante cinco minutos. Es una tradición nueva para recordar la noche de la tormenta. Los huéspedes salen con faroles y rodean el hotel.
Desde el jardín, Los Abetos queda oscuro contra la nieve. No parece muerto. Parece en reposo.
Vera está a mi lado. Su farol ilumina el abrigo rojo que conserva desde el primer día.
—Deberías cambiarlo —digo.
—Está perfecto.
—Tiene una mancha de la sala de calderas.
—Patrimonio histórico.
A la señal de Candela, las luces vuelven. Ventana a ventana, el edificio aparece entre los abetos. Los niños aplauden. Los adultos levantan teléfonos. Yo miro a las personas que sostienen faroles: empleados, familia, huéspedes, inversores, vecinos.
El hotel sigue encendido porque ya no depende de que una sola persona permanezca despierta.
Después recogemos. Queda un farol junto a la entrada. Vera y yo lo llevamos al almacén.
—Mañana voy a Barcelona —dice.
—Lo sé.
—Vuelvo el treinta.
—También lo sé.
—No has puesto cara.
—Mi terapeuta me ha prohibido algunas.
—Quiero conocerla.
—Nunca.
Guardamos el farol en su estante. Hay treinta, numerados y revisados. El primero, el de mi madre, tiene una placa de latón.
—¿Qué pasará cuando no funcione? —pregunta Vera.
—Lo repararemos si merece la pena. Si no, guardaremos una pieza y usaremos otro.
—Eso ha sonado sospechosamente sano.
—No lo repitas.
Subimos. El hotel celebra una tarde tranquila. Paula dirige, Mateo prepara sobras, Bruna aprende a hacer videollamadas con su móvil. Inés da de comer a Elena junto al fuego. La madre de Vera y Teresa hojean el cuaderno de historias.
No hay emergencia final. Ningún comprador aparece con un contrato. El techo no cae. La felicidad adulta resulta menos dramática y requiere más mantenimiento.
En el apartamento, Vera prepara su maleta nueva. No la llena del todo.
—Dejo ropa —dice.
—Tienes dos cajones.
—Tres.
—Habíamos acordado dos.
—He renegociado con la propiedad.
—¿Inés?
—Tiene visión.
Me río y la atraigo por la cintura.
—Te llevaré a la estación.
—Mi coche está aquí.
—Entonces te esperaré en la curva.
—Puedo bajar sola.
—Lo sé.
Nos besamos. El último farol está guardado, pero la luz del salón basta.
Mañana Vera se marchará. La semana siguiente volverá. Algunas veces los planes cambiarán. Alguna noche dormiremos enfadados y alguna puerta se cerrará.
Ya no temo que eso convierta el amor en una pérdida.
Las puertas sirven para entrar y salir.
Lo que hemos construido es la libertad de hacer ambas cosas sin dejar de llamarlo hogar.