El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

DESPUÉS DE MEDIANOCHE

LEO

A medianoche, las campanas de Valdebruma suenan bajo la nieve.

Los huéspedes brindan. El personal que termina turno se incorpora a la fiesta. Paula apaga el transmisor y me lo guarda en el bolsillo con una advertencia:

—Dos horas. Si arde algo, te avisamos.

—¿Y si solo gotea?

—Mañana.

Vera me lleva al salón del ala este. Han retirado las mesas de la cena y quedan luces pequeñas alrededor de la chimenea. Suena la canción del baile de proveedores del año anterior.

—¿Esto lo has organizado tú? —pregunto.

—Candela. Yo pagué la tarifa de sala.

—Vives con el propietario.

—Conflicto de interés.

Bailamos. Vera se acerca desde el principio, sin distancia prudente. Lleva el anillo de la estrella en la mano derecha. Yo llevo una llave de Barcelona en el bolsillo.

—¿Eres feliz? —le pregunto.

—Ahora mismo, sí.

—Buena respuesta.

—¿Tú?

—Ahora mismo, mucho.

La canción termina y empieza otra. No nos movemos. En la pared cuelga la servilleta de mi madre, la promesa inicial de un salón. Se ha cumplido de una forma que ella no dibujó.

—He pensado en casarnos —digo.

Vera se queda inmóvil.

—Tu presentación vuelve a necesitar trabajo.

—No es una propuesta. Es decirlo antes de resentir que no lo hablamos.

—Yo también lo he pensado.

—¿Y?

—Me da miedo que una boda convierta nuestras dos casas en una pregunta con respuesta obligatoria.

—Podemos casarnos y conservar dos casas.

—Podemos no casarnos y seguir eligiéndonos.

—Sí.

—¿Tú quieres?

—Quiero prometerte delante de gente que no voy a utilizar quedarme como una forma de control. Quiero que seas familia legal para decisiones feas. Quiero una fiesta en la que Mateo no haga esferas de chocolate.

Vera sonríe con lágrimas en los ojos.

—Eso suena bastante a propuesta.

—No tengo anillo.

—Tienes uno.

—Era por un año.

—Entonces aún no.

Apoya la frente en la mía.

—Quiero hablarlo —dice—. En enero. Con datos y miedo y todas las condiciones.

—Acepto.

—Y si algún día me lo pides, no lo hagas delante de ciento dieciocho personas.

—Ciento diecinueve.

—Leo.

—Entendido.

La beso. No necesito arrodillarme para sentir que acabamos de abrir otra puerta.

Después subimos al apartamento. Su madre y Teresa siguen abajo. Tenemos el pasillo para nosotros. Vera deja el vestido en el suelo y me conduce al dormitorio por la corbata.

—¿Las dos horas incluyen esto? —pregunta.

—He negociado extensión.

Hacemos el amor despacio, sin prisa por llegar a una conclusión. La nieve golpea las ventanas. El hotel respira alrededor.

Cuando Vera se duerme, no pienso en para siempre.

Pienso en enero, en la conversación prometida y en todas las decisiones pequeñas que hacen creíble una grande.