CAPÍTULO 53
TODOS LOS ASIENTOS
VERA
La cena tiene ciento dieciocho comensales y ciento diecinueve sillas.
La silla adicional queda junto al fuego con una tarjeta: «Para quien llegue». Fue idea de la madre de Leo. El año anterior la dejamos simbólica. Esta noche la ocupa Alicia, que perdió el último tren por la tormenta y pregunta si aún hay sitio.
—Siempre —dice Bruna.
Me alegra verla y me desconcierta. Nuestra relación ya no es jefa y empleada, tampoco amistad. Se sienta junto a Clara Montes. La directora de Lumen y la de Altura mantienen una conversación educada que parece un duelo de ajedrez.
—¿Esto es seguro? —pregunto a Julia.
—Nada en Nochebuena.
Mateo sirve primero una crema de castañas. Tiene la cantidad exacta de romero. Después llega el pavo, verduras y peras al vino. La esfera de chocolate no aparece.
—En febrero —murmura él.
Leo se levanta antes del postre. No pronuncia un discurso preparado.
Da las gracias por nombres. A Bruna, por saber quién entra.
A Tomás, por reparar sin ocultar costes.
A Candela, por convertir actividades en trabajo reconocido.
A Paula, por dirigir cuando él no debe. A Inés, por obligarlo a compartir. A mí me deja para el final.
—Vera llegó para decirnos qué no funcionaba —dice—. Fue la primera persona que me hizo entender que conservar no es repetir. También me enseñó que querer a alguien no da derecho a decidir dónde debe estar.
Todo el comedor me mira. Quiero esconderme debajo del mantel.
—Y sigue dejando vasos por todas partes.
La gente ríe. Yo levanto mi copa.
—Incidencia menor.
Después habla Inés. Anuncia que el hotel cerrará diez días en abril para que toda la plantilla pueda tomar descansos coordinados y realizar mantenimiento. Los huéspedes aplauden algo que un año antes Leo habría considerado una pérdida imposible.
Bruna lee la carta encontrada en el cajón. La voz le tiembla en la frase sobre abrirse al mundo. Leo toma mi mano.
Mi madre llora sin disimular. Teresa le pasa un pañuelo. Alba, la niña del hospital, duerme apoyada en su padre con la estrella azul en el regazo.
Al llegar los regalos, las tarjetas importan más que los objetos. Bruna lee la suya en silencio y abraza a Leo. Mateo finge que le entra humo en los ojos. Candela fotografía hasta que Paula le quita la cámara para incluirla en una imagen.
Yo abro la tarjeta de Leo.
«Gracias por llegar. Gracias por irte cuando necesitabas hacerlo. Gracias por volver sin prometer que nunca te marcharías. Quiero seguir guardando sitio, si tú quieres seguir ocupándolo».
Debajo ha dibujado dos casillas: Sí / Necesito más datos.
Marco ambas.
—Eso no es válido —dice.
—La pregunta permite selección múltiple.
—Consultora.
—Imbécil protector.
Nos besamos mientras todos aplauden. La niña Ortega grita que por fin lo hacemos bien.
Todos los asientos están ocupados.
Ninguno se parece a una jaula.