CAPÍTULO 52
EL TECHO SObrE LA MESA
LEO
A las cuatro de la tarde, el techo del comedor empieza a gotear.
No una gota decorativa. Un hilo de agua cae sobre la mesa central. La nieve húmeda se ha acumulado en un encuentro del tejado y una teja desplazada deja entrar deshielo.
Miro hacia arriba. Todo mi cuerpo quiere coger una escalera.
—Ni se te ocurra subir —dice Paula.
—Sé dónde está la filtración.
—Hay hielo y viento. Llamamos a emergencias de cubierta.
—Es Nochebuena.
—Tienen guardia. La pagamos precisamente por eso.
Vera llega, ve el cubo y mi expresión.
—La avería que no arreglas —dice.
—Puedo hacerlo en veinte minutos.
—Y pasar la cena en urgencias.
Llamamos. El técnico tarda hora y media. Mientras tanto, trasladamos dos mesas y abrimos el salón del ala este como comedor adicional. El espacio diseñado para retiros salva la cena sin improvisación desesperada.
La filtración aumenta. Colocamos recipientes, retiramos decoración y cubrimos el suelo. Los huéspedes observan. Una niña pregunta si lloverá dentro en Navidad.
—Solo en una mesa —responde Mateo—. Experiencia exclusiva.
El técnico llega a las seis. Necesita que alguien le muestre acceso al tejado. Subo hasta la trampilla y me detengo. Él se coloca el arnés.
—Yo voy contigo —digo.
—No hace falta.
Dos palabras que antes habría ignorado.
—Estaré abajo.
Tarda treinta y cinco minutos. Yo camino por el pasillo, llevo cubos y respondo preguntas. Vera no se burla. Sabe que delegar no elimina el miedo.
La teja queda asegurada. La gotera disminuye. Reparación definitiva después de fiestas.
—Ha sobrevivido —dice Paula.
—El techo o yo.
—Ambos. El techo con menos drama.
Reorganizamos la cena. Los huéspedes del ala este dicen que prefieren el salón nuevo. La familia de Alba se sienta cerca de la chimenea. Nadie recibe agua sobre el pavo.
Antes de abrir puertas, Vera me lleva a la 212. Sobre la mesa está la carta de mi madre.
—No necesitas probar nada esta noche —dice.
—Solo quiero que salga bien.
—Salir bien incluye permitir que otros lo sostengan.
—Lo sé. Mi cuerpo tarda en recibir el memo.
Ella apoya la mano sobre mi pecho.
—¿Qué necesita?
—Esto.
La abrazo. Escucho su respiración hasta que la mía baja.
—Y quizá sexo después de la cena —añado.
—Tu cuerpo ha recibido ese memo perfectamente.
Nos reímos. Afuera, Paula llama a posiciones.
Entramos en el comedor. El techo conserva una mancha húmeda, las mesas no están donde decía el plano y la cena empieza siete minutos tarde.
Es casi perfecta.