CAPÍTULO 51
LA MAÑANA DE LAS LLAVES
VERA
Nochebuena empieza con tres llaves sobre la mesa.
Leo ha preparado café y una caja pequeña. La primera llave abre el apartamento. Ya tengo una copia, pero esta lleva un llavero con mi nombre. La segunda abre mi despacho. La tercera no la reconozco.
—¿Qué es?
—Un trastero en Barcelona.
—Romántico.
—Escucha. Alquilé uno cerca de tu piso para guardar algunas cosas. Una bicicleta, ropa, una caja de herramientas. No me mudo sin hablarlo. Solo quiero dejar de llegar con una mochila como huésped.
Toco la tercera llave. Leo ha entendido mis dos casas y ha creado un espacio en la suya dentro de la mía.
—¿Me has alquilado un trastero por Navidad?
—Y los cajones.
—Vas a arruinar el listón para otros hombres.
—Ese es el plan.
Le entrego mi regalo: los billetes a Bilbao y una reserva en el bar. También una cita con su antiguo jefe, que aceptó enseñarnos el proyecto de energía sostenible en el que trabajaron.
Leo recorre el papel.
—Pensaba que no querrías volver allí —digo.
—Quiero enseñártelo. No quiero recuperar esa vida.
—Puedes querer partes.
Me besa. Dejamos las llaves juntas en la mesa.
Abajo, el hotel despierta. Paula distribuye turnos. Mateo vigila el pavo de tamaño correcto. Las tarjetas esperan sin velas. Bruna lleva el móvil nuevo en la caja hasta que le explicamos que debe abrirlo para usar la cámara.
Mi madre me regala una maleta pequeña.
—No es una indirecta —aclara—. La tuya está rota.
Dentro ha bordado una frase: «Volver también es viajar».
—Esto es peligrosamente sentimental para ti.
—Teresa es mala influencia.
La abrazo. Esta vez no tardamos.
A media mañana llega un aviso del hospital de Pamplona. Una familia del programa necesita alojamiento esa misma noche. Su hija recibe el alta después de una intervención, pero la carretera hacia su pueblo está cerrada. La 307 está disponible.
—Sí —dice Paula antes de que nadie pregunte.
Preparamos la habitación. La niña se llama Alba. Bruna encuentra en el cuaderno la nota antigua: miedo a la oscuridad, estrella azul. No es la misma Alba, claro. Colocamos una luz con forma de estrella junto a la cama.
Cuando llegan, agotados, Leo se arrodilla para hablar con la niña.
—Esta habitación estaba esperando a alguien —le dice.
—¿A mí?
—Hoy sí.
La madre llora. Yo también, escondida detrás del mostrador con la excusa de revisar una reserva.
No todas las llaves abren una propiedad. Algunas abren la posibilidad de ocupar un lugar sin tener que ganárselo antes.
Guardo la del apartamento en mi llavero.