El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

DOS CAJONES

LEO

Vaciar dos cajones resulta más difícil que terminar el ala este.

El primero contiene cables, tornillos y garantías caducadas. El segundo, camisas de mi padre que no uso. Las saco y las dejo sobre la cama. Vera no está; trabaja en el despacho.

Podría mover las cosas a otra parte. En vez de eso, clasifico. Reciclo papeles, dono ropa y guardo una llave antigua del hotel. Cada objeto plantea una pregunta: ¿lo conservo por utilidad, memoria o miedo?

Mi terapeuta estaría insoportablemente satisfecha.

En el fondo encuentro un sobre con una carta de mi madre. Está dirigida a Inés y a mí, fechada dos semanas antes de morir. Nunca la vi. Tal vez Inés la guardó o yo la escondí después de leerla bajo sedación de cansancio.

La abro.

Mi madre pide que no vendamos deprisa y que tampoco sacrifiquemos la vida para conservar el edificio. Dice que un hotel es una forma de recibir, no una prueba de amor hacia ella. «Si Los Abetos os impide abriros al mundo, cerradlo. Si os ayuda a abrir una puerta, cambiadlo cuanto sea necesario».

Me siento en el suelo.

He defendido durante cuatro años una orden que ella nunca dio.

Inés llega cuando la llamo. Leemos juntas. Ella recuerda la carta.

—Te la entregué después del funeral —dice—. Pensé que la habías tirado.

—No recordaba haberla visto.

—No recordabas casi nada.

Lloramos sin elegancia. Mi hermana apoya la cabeza en mi hombro y durante un rato volvemos a ser los hijos de alguien que parecía capaz de sostener el edificio con las manos.

—Hicimos bien —dice.

—Después de hacerlo fatal.

—Es nuestro estilo.

Decidimos colocar una copia en la 212 y guardar el original. No como mandato, sino como permiso.

Vera nos encuentra allí. Lee la carta. No intenta analizarla.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí. No. Las dos cosas.

Me abraza. Inés se marcha para darnos intimidad, un progreso familiar sin precedentes.

—Creía que la decepcionaría al cambiar el hotel —digo.

—Y ella te pidió que cambiaras lo necesario.

—Podía haber leído mejor.

—Podías haber estado de duelo mejor, ¿eso quieres decir?

—Suena ridículo cuando lo dices tú.

—Porque lo es.

Volvemos al apartamento. Le enseño los cajones vacíos.

—Feliz Navidad.

Vera pasa una mano por la madera.

—No tenías que hacerlo hoy.

—Quería.

Coloca dentro ropa interior, cargadores, crema de manos y el estuche de sus gafas. Objetos pequeños que no declaran permanencia eterna. Ocupan espacio presente.

En el segundo cajón pone la nota del primer día y la ficha de Bruna. También la carta de mi madre, dentro de una funda.

—Es tu cajón —digo.

—Nuestra historia ya está mezclada.

La beso frente a la cómoda abierta.

No le regalo un lugar en mi vida. Eso implicaría que todo el espacio era mío para concederlo.

Hacemos sitio juntos.