El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

LA LISTA DE REGALOS

VERA

Leo compra regalos como dirige averías: tarde, deprisa y convencido de que puede resolverlo solo.

El veintitrés a las nueve descubre que no tiene nada para Inés, Dani, Elena, Bruna ni Mateo.

—Pensaba hacerlo por internet —dice.

—¿Con entrega retroactiva?

—Podemos bajar al pueblo.

—Tenemos una reunión a las once.

—Una hora.

Acepto porque oficialmente ya no soy su consultora ese día y porque verlo nervioso ante una lista resulta satisfactorio.

Valdebruma está lleno. Compramos un móvil sencillo con cámara excelente para Bruna, cuchillos para Mateo, una manta para el bebé y entradas de teatro para Inés y Dani, incluyendo noche de cuidado infantil a cargo de Leo.

—No he autorizado eso.

—Forma parte del regalo.

—No sé cambiar pañales.

—Tienes manuales de caldera más complejos.

Para Paula elegimos un fin de semana libre pagado. Para Candela, una cámara. Para Tomás, herramientas que llevaba meses mirando. Leo quiere gastar demasiado. Yo le recuerdo la política de regalos.

—Es mi dinero.

—Y tu tendencia a compensar con cosas lo que no dices.

Se detiene frente a la librería temporal de Teresa.

—¿Qué no digo?

—Gracias. Te necesito. El hotel funciona mejor contigo.

—Eso suena a tarjeta.

—Exacto.

Compramos regalos más pequeños y tarjetas grandes. Nos sentamos en una cafetería para escribirlas. Leo tarda quince minutos en la de Bruna.

—No cabe todo —dice.

—Utiliza el reverso.

En la mía no me deja mirar. Yo ya tengo su regalo: un fin de semana en Bilbao, en el bar que aún existe, con visita a la antigua oficina donde trabajó. No para recuperar una vida perdida, sino para enseñarme una parte que no conocí.

—¿Qué quieres tú? —pregunta.

—Nada.

—Respuesta inválida.

Pienso.

—Un cajón.

—¿Un cajón?

—En tu dormitorio. Tengo medio armario, pero mis cosas pequeñas siguen en bolsas.

Leo me mira con tanta emoción que me arrepiento de no haber pedido calcetines.

—Dos cajones.

—Uno.

—Tres.

—No sabes negociar muebles.

—Toda la cómoda.

—Leo.

—Trato: dos ahora y revisamos en junio.

Le tiendo la mano. La estrecha y me besa los nudillos.

Una dependienta nos reconoce por la revista y pide una fotografía. Leo acepta solo si ella promete visitar el hotel. Salimos riendo.

De regreso, encontramos un mensaje urgente: el proveedor de velas no puede entregar. Ciento veinte tarjetas de bienvenida dependen de esas velas.

—Podemos comprarlas en tres tiendas —propone Leo.

—Podemos dejar de ponerlas. La tarjeta es lo que la gente conserva.

Él duda cinco segundos.

—Quitamos las velas.

—Mira cuánto crecimiento.

—Quiero otra tarjeta.

La lista de regalos termina con algo que no cuesta: permitir que una tradición pierda una pieza sin creer que pierde su sentido.