CAPÍTULO 46
EL ENSAYO GENERAL
LEO
El veintidós celebramos un ensayo de Nochebuena. Mateo lo considera un insulto: la comida, dice, no ensaya. Paula insiste en probar tiempos, distribución y turnos.
El año anterior improvisamos mesas hasta que cupo todo. Este año queremos que quepa sin que nadie termine cenando a las dos.
Vera observa desde una esquina.
—No trabajas —le recuerdo.
—Estoy mirando.
—Eso es trabajo en tu caso.
—También miro por placer.
—Nunca con esa cara.
El ensayo encuentra nueve fallos: el pasillo entre mesas no permite pasar un carro, la música tapa a recepción, el menú infantil llega tarde y la cocina no tiene sitio para emplatar postres. Paula dirige correcciones. Yo muevo mesas.
—El director con brazos —dice Vera.
—He sido degradado.
Su madre llega a media tarde con Teresa. Las recibo en la entrada. Teresa trae una caja de libros para la sala de memoria y pregunta dónde puede dejar botas sin mojar el suelo. Me cae bien de inmediato.
La madre de Vera inspecciona los cambios del hotel. Sus preguntas son precisas. Vera se tensa hasta que comprende que no intenta evaluar: tiene curiosidad.
—Has conservado la circulación original —me dice frente al ala este.
—Era buena.
—Y has cambiado el uso.
—Era malo.
Sonríe.
—Vera habría dicho eso.
—Lo dijo.
Durante la cena de prueba, Mateo sirve un postre nuevo: esfera de chocolate que se abre con salsa caliente. La primera no se abre. La segunda salpica a Bruna. La tercera rueda fuera del plato.
—Volvemos a la tarta —decide Paula.
—La esfera tiene futuro —protesta Mateo.
—En febrero.
Teresa ayuda a limpiar chocolate del mantel. La madre de Vera se ríe hasta llorar. Vera la mira como si nunca la hubiera visto fracasar con tanta alegría.
Después subimos al apartamento. Las cuatro preparamos infusiones mientras yo busco una excusa para desaparecer. Teresa me retiene con una pregunta sobre Bilbao. Terminamos hablando de librerías, edificios antiguos y pueblos que pierden comercio.
—Vera dice que te quedaste por obligación —comenta su madre.
—Al principio.
—¿Y ahora?
Miro a Vera. Está sentada en la encimera, con una taza entre las manos.
—Ahora me quedo porque también sé salir.
Ella sonríe.
Esa noche dormimos en su habitación facturada. Es más pequeña que la mía. Hay documentos, dos vestidos en el armario y una fotografía nuestra sobre la mesilla.
—No sabía que la tenías —digo.
—No revisas bien los activos.
La foto es del retiro de marzo. Ambos llevamos casco y polvo en la ropa. Detrás aparece la servilleta enmarcada.
—Parecemos cansados.
—Lo estábamos.
—Y felices.
—También.
Nos acostamos. Oigo las voces apagadas de su madre y Teresa al otro lado del pasillo.
El apartamento ya no es un lugar detenido en la muerte de una persona. Tiene demasiadas tazas, puertas ocupadas y conversaciones nuevas.
El ensayo general demuestra que la Navidad no sale bien por repetirla igual.
Sale bien porque alguien se atreve a probar antes dónde no caben los carros.