CAPÍTULO 45
UNA INVITACIÓN PARA DOS
VERA
Mi madre anuncia que llegará el veintidós con una mujer llamada Teresa.
—¿Compañera de trabajo? —pregunto.
—No exactamente.
—¿Amiga?
—Más exactamente.
Tardo demasiado en comprenderlo. Mi madre ríe con nervios, un sonido que no le conozco.
—Llevamos siete meses —explica—. Nos conocimos en Valencia. Quería decírtelo en persona, pero nunca parecía el momento.
—Los momentos cómodos están sobrevalorados.
—Eso me has enseñado tú.
Me alegro. También siento una punzada por todos los años de su vida que desconozco. Se lo digo. Ella no se defiende.
—Quiero que la conozcas —responde—. Si aún puedo reservar.
Compruebo ocupación por reflejo. No quedan habitaciones salvo la 307, bloqueada para emergencias.
—Tendréis el dormitorio de invitados del apartamento —digo—. Leo y yo usaremos mi habitación.
La frase sale natural: Leo y yo. Mi madre guarda silencio.
—¿Te has mudado?
—No exactamente.
—¿Más exactamente?
—Tengo dos casas.
Durante mucho tiempo creí que hogar era singular por obligación. Ahora la palabra admite Barcelona, el ático, una mesa con placa y un coche que sabe subir la pendiente.
Leo acepta el cambio de habitaciones.
—¿Teresa es simpática?
—No lo sé.
—¿Necesito traje?
—¿Para conocer a la novia de mi madre?
—Nunca he hecho esto.
—Yo tampoco.
—Podemos preparar un protocolo.
—No hagas una hoja.
La hace. Incluye temas seguros, restricciones alimentarias y un plan para que Mateo no pregunte cuándo se casan. Lo beso por el esfuerzo y elimino el archivo.
Mi madre envía una fotografía. Teresa tiene pelo corto, gafas rojas y una librería en Valencia. En la imagen, mi madre no posa como una directora. Se inclina hacia ella con una calma que me emociona.
—Parece feliz —dice Leo.
—Sí.
—¿Te molesta no haberlo sabido?
—Me molesta que ambas hayamos aprendido a contar solo lo que ya está resuelto.
—Entonces pregúntale lo que aún no sabe.
Cuando vuelvo a llamarla, no pregunto planes. Pregunto si está asustada.
—Mucho —dice—. Teresa tiene raíces. Yo tengo puntos de viajera.
—Las raíces no son esposas.
—Hablas por experiencia.
—Muy reciente.
Nos reímos. Después le cuento la prueba de embarazo, la oferta de Lumen y mis dudas con Altura. No le presento una versión terminada de mi vida. Ella me habla de discusiones, no solo de cenas bonitas.
La llamada dura una hora.
Al colgar, Leo está preparando la cama de invitados.
—¿Todo bien?
—Incompleto.
—Eso puede ser bien.
Le ayudo a extender las sábanas. Dos mujeres llegarán a una habitación que antes conservaba una ausencia. Nosotros dormiremos en otra que existe porque ya no necesitamos dejar cada puerta igual.
El hotel se llena de gente que trae versiones nuevas de sí misma.
Esta Navidad quiero conocerlas antes de que estén terminadas.