CAPÍTULO 43
EL HOTEL DE LA COSTA
VERA
Viajo a Cantabria el dieciocho. Leo viene conmigo dos días, no como propietario ni supervisor, sino como pareja. Le cuesta más de lo que admite.
El Hotel Mirador del Norte se alza sobre un acantilado. La familia propietaria vive en un apartamento bajo el tejado, come a deshoras y responde personalmente a cada incidencia. Reconozco el patrón.
—Es Los Abetos hace un año —dice Leo.
—No. Tiene su propia historia.
—Ya hablas como el contrato.
Conocemos a Maite y Gonzalo, hermanos de cincuenta años. Heredaron el hotel de sus padres. Maite quiere vender parte para descansar. Gonzalo teme que Altura destruya todo.
Leo y él conectan de inmediato. Pasean por la sala de máquinas y regresan discutiendo de calderas. Por la noche, Leo me cuenta que Gonzalo duerme con el transmisor encendido.
—No le des consejos si no los pide —digo.
—Podría ahorrarle meses.
—O hacer que defienda más su postura.
En la reunión del día siguiente, Gonzalo pregunta cómo consiguió Leo mantener control.
—Casi pierdo el hotel intentando controlarlo todo —responde—. Lo que lo salvó fue repartir decisiones y aceptar que mi hermana tenía derecho a querer seguridad.
No le vende una fórmula. Cuenta su error.
Mi auditoría descubre que el hotel es viable con inversión, pero Altura ha sobreestimado el potencial de ampliar habitaciones.
El acantilado limita obra y las licencias pueden tardar años.
Recomiendo una participación minoritaria inicial, inversión en operación y opción futura condicionada a resultados.
Clara no está contenta.
—Esperábamos una ruta de crecimiento más rápida.
—Entonces no compren.
—Eso puede costarle la integración.
—La condición seis sigue escrita.
Leo me espera fuera. Ha oído parte.
—¿Te retiran el proyecto?
—Puede.
—¿Te arrepientes?
—No.
—¿Y estás asustada?
—Mucho.
Me abraza frente al mar. No me dice que encontraremos otra cosa. Me deja sentir el riesgo que elegí.
Clara llama una hora después. Altura acepta estudiar la minoría.
—No la contrato para que me dé la razón —dice—. Pero la próxima vez, avise antes de recomendar que no gastemos cien millones.
—Estaba en la primera página.
—Nadie lee la primera página.
—Ese es su problema operativo.
Cuelga riéndose.
Ferrer Hospitalidad conserva el contrato. Más importante: conserva sus condiciones.
Leo y yo dormimos en una habitación que no pertenece a ninguno. Al amanecer, el mar golpea contra el acantilado.
—Podría acostumbrarme —dice.
—No abras otro hotel.
—Ni aunque tenga caldera nueva.
—Sobre todo entonces.
Regresamos a Valdebruma en tren. Leo trabaja una hora y cierra el portátil. Yo hago lo mismo.
Durante el resto del trayecto miramos el paisaje cambiar sin convertirlo en una tarea.