El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

LA AVERÍA QUE NO ARREGLO

LEO

La caldera principal falla el diecisiete de diciembre.

No explota ni inunda el sótano. Muestra un código de error que conozco y una vibración que no me gusta. Podría desmontar el quemador. También podría llamar al servicio técnico incluido en el contrato nuevo.

Me quedo frente a la máquina con una llave en la mano.

Tomás espera.

—¿Qué hacemos?

—Llama al técnico.

—Tarda dos horas.

—Activamos la segunda caldera y limitamos el spa.

Tomás sonríe.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso ha parecido bastante a algo.

Subo sin tocar la máquina. Vera está reunida, así que no puedo presumir de mi madurez. Se lo cuento en la cena.

—Estoy muy orgullosa —dice con solemnidad.

—No abuses.

—¿Quieres una insignia?

—Quiero que reconozcas que fue difícil.

Vera deja el tenedor y toma mi mano.

—Sé que lo fue.

El técnico encuentra una fisura en una pieza que yo no habría visto. Evitamos una reparación mayor. Aceptar ayuda produce una ganancia medible, lo que Vera considera la forma ideal de crecimiento personal.

Esa misma tarde, un cliente suyo cancela un contrato importante. Ferrer Hospitalidad pierde el veinte por ciento de los ingresos previstos del trimestre. Vera dice que no pasa nada y abre tres hojas de cálculo.

—Eso ha parecido bastante a algo —le digo.

—Puedo cubrirlo con reservas.

—Puedes contarme que estás asustada.

—No estoy asustada.

—Has ordenado los rotuladores por nivel de amenaza.

Se le llenan los ojos de lágrimas. Cierra el portátil.

—Contraté a Nuria de forma indefinida la semana pasada.

—¿Puedes pagarle?

—Sí, seis meses. Más si reduzco mi sueldo.

—¿Necesitas dinero?

—No quiero depender de ti.

—No he preguntado qué quieres evitar. He preguntado qué necesitas.

—Tiempo para captar otro cliente. Y que no intentes darme trabajo del hotel por pena.

—Puedo presentarte a dos propietarios que preguntaron por ti. Sin contrato garantizado.

—Eso sí.

—Y puedo cocinar.

—Eso no.

Le preparo pasta de todos modos. Está demasiado hecha. Vera se la come.

Al día siguiente llama a los dos contactos, revisa gastos con Nuria y decide mantener su salario. No resuelvo su avería. La acompaño mientras la diagnostica.

Esa noche bajamos a ver la caldera reparada. El sótano huele igual que el día en que llegó.

—Aquí pensé que serías un problema —dice.

—Acertaste.

—También pensé que quería resolverte.

—Eso era arrogante.

—Mucho.

Me besa entre tuberías que funcionan.

Hay cosas que no se arreglan porque no están rotas. Solo necesitan mantenimiento, atención y alguien dispuesto a llamar al técnico antes de que todo se inunde.