CAPÍTULO 41
CONDICIONES NO NEGOCIABLES
VERA
Presento a Altura seis condiciones.
Una: proyecto piloto en un solo hotel. Dos: acceso directo a plantilla y propietarios.
Tres: mi informe no puede utilizarse para justificar despidos que no recomiende.
Cuatro: publicación de indicadores de empleo y proveedores.
Cinco: ningún trabajo relacionado con Los Abetos.
Seis: puedo rescindir si ocultan información.
Clara añade una séptima:
—Si recomienda no comprar, cobra igual.
—Eso ya estaba implícito.
—Quiero que esté escrito.
El hotel piloto está en la costa de Cantabria. Familiar, cuarenta habitaciones, propietarios agotados. Altura considera adquirir el setenta por ciento y mantener a la familia en gestión.
—¿Por qué han cambiado? —pregunto.
—Porque Los Abetos nos enseñó que comprar un edificio sin su red destruye parte del valor —responde Clara—. Y porque dos proyectos de apartamentos rindieron peor de lo previsto.
No es bondad. Es aprendizaje económico. A veces basta para cambiar conducta si el contrato mantiene límites.
Acepto revisar el piloto. No acepto dirigir integración todavía.
Leo me felicita sin esconder que preferiría otro cliente.
—Yo preferiría que el hotel tuviera una hipoteca más pequeña —le digo.
—Puedo vender un riñón.
—Con tu historial de mantenimiento, no pasaría auditoría.
El grupo de Altura termina su estancia. Antes de irse, Clara deja una inversión personal de cinco mil euros en la ronda participativa.
—No la aceptaremos si crea conflicto —dice Inés.
—Es bajo las mismas condiciones que todos —responde Clara—. Quiero aprender como inversora minoritaria.
Julia revisa y aprueba. Leo tarda horas en firmar.
—¿Te molesta más aceptar dinero o admitir que puede cambiar? —le pregunto.
—Ambas cosas compiten.
—No necesitas perdonarla para utilizar un contrato justo.
—Hablas como Julia.
—Más barato.
Esa noche cenamos con el equipo. La ocupación está completa hasta Año Nuevo. El segundo año del plan proyecta amortizar deuda antes de plazo. Paula propone una prima colectiva si se alcanza margen. Leo acepta.
Después subimos. Encuentro sobre mi almohada una tarjeta escrita a mano: «Vera prefiere café sin azúcar. Necesita una puerta y poder dejarla abierta. No prometer horarios de llegada. Guardar sitio».
Reconozco la caligrafía de Leo.
—¿Vas a meterme en la base de datos de huéspedes?
—Es el cuaderno de mamá. Ahora es nuestro.
—Falta que dejo vasos por todas partes.
—Eso está en incidencias.
Lo abrazo. La tarjeta no dice «vive aquí» ni «se queda para siempre». Dice guardar sitio.
Añado debajo: «Leo toma café solo. Repara lo que puede para no pedir ayuda. Preguntarle antes de darle una solución. Recordarle que salga».
—Eso es confidencial —protesta.
—Impacta en operaciones.
Guardamos la tarjeta en el cuaderno.
Las condiciones no negociables sirven para los contratos. En una relación, casi todo requiere conversación continua.
Solo hay una excepción que ambos hemos aceptado: no borrar al otro para sentirnos seguros.