CAPÍTULO 40
HUÉSPEDES INCÓMODOS
LEO
Altura se comporta como cualquier grupo corporativo. Llega tarde al desayuno, pide cambios de sala y consume más café del previsto. Sería más fácil odiarlos si llevaran capas negras.
Clara Montes no me pide vender. Observa.
—Han mejorado margen sin elevar demasiado tarifas —dice durante una visita.
—La información financiera no forma parte de la estancia.
—Es pública para inversores participativos.
—Entonces ya la conoce.
Se detiene ante la servilleta enmarcada.
—Su madre tenía visión.
—No la conoció.
—Conozco proyectos. Este salón estaba en sus permisos originales.
La frase revela que han investigado más de lo necesario para una reunión interna.
—¿Qué quiere?
—Aprender por qué dijeron que no.
—Porque no confiamos en ustedes.
—Eso es una emoción.
—También una evaluación basada en su propuesta de despedir a todos.
Clara acepta el golpe.
—Altura ha cambiado la estrategia. Queremos integrar hoteles manteniendo equipos locales.
—Y necesita a Vera para parecer creíble.
—La necesitamos porque es buena.
No tengo derecho a sentir orgullo y celos a la vez. Los siento.
—No utilice este hotel para contratarla.
—Ella decide dónde trabaja.
Exactamente lo que llevo un año aprendiendo. Escucharlo de Clara me irrita.
Por la tarde, una de las arquitectas solicita planos del bosque alegando que quiere organizar una actividad. Paula lo rechaza. La mujer insiste y Tomás la encuentra cerca de la parcela donde Altura quería construir cabañas.
Julia confirma que no es delito caminar por un sendero público. También recomienda reforzar confidencialidad y registrar el incidente.
—Cancelo la reserva —digo.
—No —responde Vera—. Habla con Clara.
—¿Para que niegue saberlo?
—Para establecer un límite verificable.
La reunión ocurre con Inés y Paula. Clara parece furiosa con su arquitecta. Ordena que abandone el grupo y firma una declaración de que no utilizarán información obtenida durante la estancia.
—No autoricé esa conducta —dice.
—O no esperaba que la descubriéramos —respondo.
—Puede creer lo que quiera. Asumiré la consecuencia.
Reembolsa la estancia de la arquitecta al hotel, aunque le explicamos que no procede. Paga además la sala. No busca una ventaja visible.
Esa noche Vera revisa la oferta de trabajo. Yo doy vueltas por el apartamento.
—Puedes preguntar —dice.
—¿Confías en Clara?
—No. Un cliente no requiere confianza personal; requiere contrato, controles y posibilidad de irme.
—¿Y quieres ayudarles a comprar hoteles?
—Quiero impedir que la integración destruya lo que compran. También sé que podría terminar legitimándolos.
—Su dinero haría crecer tu empresa.
—Sí.
—¿Te irías?
—Los proyectos están en España. Viajaría más.
El miedo llega. Lo nombro.
—No quiero volver a esperarte la mitad del año.
—Yo no quiero aceptar un trabajo para demostrar que soy independiente de ti.
Nos sentamos. Revisamos el calendario, no como pareja que negocia permiso, sino como dos personas que pagarían costes reales.
—Pide un proyecto piloto —propongo—. Uno. Con derecho a publicar resultados y rechazar adquisiciones incompatibles.
Vera me observa.
—Eso es bueno.
—Aprendí de una consultora insoportable.
—Pensabas que tenía cincuenta años.
—Fue una etapa oscura.
Ella ríe. El problema sigue. Nosotros seguimos hablándolo.
Ser huésped incómodo en la vida del otro quizá consista en eso: no ocupar todo el espacio y tampoco desaparecer para facilitarlo.