El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

EL ANIVERSARIO DEL COCHE

LEO

El doce de diciembre espero a Vera en la curva donde su coche quedó atrapado.

He colocado un cartel pequeño: «APARCAMIENTO PARA CONSULTORAS IMPOSIBLES». Bruna considera que falta una flecha. Candela quería añadir muérdago. He rechazado ambas aportaciones.

Vera llega a las cuatro menos siete, exactamente como el año anterior. Esta vez conduce su propio coche con neumáticos de invierno. Se detiene junto al cartel y baja.

—Esto incumple la normativa de señalización —dice.

—Bienvenida.

—Podía haber subido sola.

—Lo sé.

Le entrego una caja. Dentro están los zapatos que llevaba aquel día, limpios y enmarcados bajo un cristal.

—Creía que estaban en Barcelona.

—Los dejaste en el maletero del coche de alquiler. La agencia los envió meses después.

—¿Has enmarcado mis zapatos?

—Patrimonio del hotel.

Vera ríe hasta tener que apoyarse en la camioneta. El sonido vale todos los meses que guardé el secreto.

—Tengo algo para ti —dice.

Saca una carpeta. Es el plan del siguiente ejercicio, encuadernado con una portada verde.

—Romántico.

—Mira la última página.

Hay un calendario personal: semanas en Barcelona, semanas en Valdebruma, vacaciones, viajes juntos y espacios sin asignar.

—No es un contrato —aclara—. Es una intención.

—¿Y si cambia?

—Hablamos antes de resentirlo.

La abrazo junto a la carretera. Después subimos en vehículos separados porque Vera insiste en demostrar que puede completar la pendiente.

En el hotel, el aniversario de su llegada se ha convertido en una celebración. No nuestra; la del plan. Se presentan resultados al equipo. Ocupación anual seis puntos por encima del objetivo, margen positivo, deuda al día, cuatro retiros futuros, salarios regularizados y menos horas extra.

También hay fallos: el verano saturó lavandería, dos proveedores no pudieron asumir demanda y la web volvió a bloquear reservas durante una campaña. Vera los presenta con la misma claridad que los éxitos.

—No estamos salvados para siempre —concluye—. Ningún negocio lo está. Ahora sabéis detectar antes el problema y decidir juntos.

Aplaudimos.

Más tarde la llevo al lago. He colgado faroles por la senda, pero no hay huéspedes. Solo nosotros.

Bajo el arco de muérdago saco el anillo.

Vera deja de respirar.

—No es una propuesta de matrimonio —digo deprisa.

—Tu presentación necesita trabajo.

—Déjame terminar. No te pido una fecha, una casa única ni que dejes nada. Es por un año. Por elegirnos durante un año complicado y querer intentar otro.

Le enseño la estrella grabada.

—Puedes llevarlo en cualquier dedo. O no llevarlo.

Vera lo toma. Sus ojos brillan.

—¿Has preparado indicadores para el segundo año?

—Besos trimestrales.

—Objetivo poco ambicioso.

—Revisión continua.

Se pone el anillo en la mano derecha.

—Sí a otro año —dice.

—No era una pregunta.

—Todo lo importante lo es.

Nos besamos bajo el muérdago.

A lo lejos, entre los árboles, se oye un aplauso.

—Voy a despedirlos —murmuro.

—No entra en el plan.

Vera ríe contra mi boca. El hotel brilla detrás de nosotros.

Esta vez ninguna tormenta tiene que apagarlo para que veamos la luz.