El hotel de las navidades imposibles CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

LA ENTREVISTA

VERA

La periodista se llama Clara y tiene la costumbre irritante de hacer buenas preguntas.

—¿Salvaste el hotel? —me pregunta frente a una grabadora.

—No.

—La campaña dice que diseñaste el plan.

—Diseñé una parte. Inés contrató ayuda, Leo aceptó cambios, la plantilla reorganizó el trabajo y los clientes compraron. Un negocio no se salva con una persona.

—¿Te enamoraste del propietario durante la consultoría?

—Esa pregunta no formaba parte del acuerdo.

—Es la razón por la que la historia interesa.

—La historia interesa porque un hotel familiar encontró una forma de seguir abierto sin fingir que la tradición era gratis.

Clara sonríe.

—Entonces sí.

—Sí.

Le explico el conflicto, mi renuncia y la revisión independiente. No oculto el error de comunicar tarde. Leo escucha desde el fondo, serio.

Después entrevistan a Bruna, que cuenta demasiado, y a Mateo, que se atribuye el sesenta por ciento del rescate por sus peras al vino. Inés habla de gobierno compartido. Candela, de pagar las horas que antes se regalaban.

La revista publica en diciembre. El titular no menciona romance: «El hotel que aprendió a cobrar por su identidad». Me alivia. Un recuadro pequeño cuenta que Leo y yo seguimos juntos.

Lumen envía una carta exigiendo corregir la insinuación de conflicto. Julia responde con documentos. La revista mantiene el texto.

Alicia me llama.

—Has construido una buena empresa —dice.

—Gracias.

—Lumen cerró la cuenta de Altura. Demasiado riesgo reputacional.

—Bien.

—Podrías volver. Como directora asociada.

La oferta habría sido mi objetivo un año atrás. Salario alto, equipo, proyectos internacionales.

—No.

—¿Por el hotel?

Miro mi despacho, la agenda llena, la puerta con mi nombre.

—Por mí.

—No confundas una buena temporada con estabilidad.

—No la confundo. Por eso tengo reservas.

Nos despedimos sin odio. Alicia me enseñó rigor y también el límite de utilizarlo como excusa. Puedo reconocer ambas cosas.

Leo entra con dos cafés.

—¿Quién era?

—Lumen. Me ofrecen volver.

Se detiene.

—¿Quieres?

—No.

—No respondas por mí.

—Respondo por mí. Quiero esta empresa. Quiero Barcelona algunos días. Quiero este despacho. Y te quiero a ti.

Es la primera vez que lo digo de forma tan directa.

Leo deja los cafés. Me toma la cara.

—Repítelo.

—Los cafés se enfrían.

—Vera.

—Te quiero.

Me besa. Cierra la puerta con el pie. Durante varios minutos, la empresa funciona sin su directora.

—Yo también te quiero —dice contra mi boca—. Incluso cuando conviertes una declaración en un inventario.

—Necesito precisión.

—La has tenido.

Después bebemos café frío, sentados sobre la mesa. La placa de la puerta está ligeramente torcida.

No la corrijo.