CAPÍTULO 36
LA NIEVE LLEGA ANTES
LEO
Nieva el veinte de noviembre. Demasiado pronto y con demasiada fuerza. Las reservas suben en horas; también las incidencias.
Esta vez el hotel responde sin que yo corra en todas direcciones. Paula activa el protocolo. Tomás revisa generador. Candela confirma rutas. Bruna actualiza huéspedes. Yo observo desde recepción y siento la tentación física de intervenir.
—Puedes ayudar llevando mantas —dice Vera.
—Soy el director.
—Hoy eres un hombre con brazos.
Cargo mantas.
La tormenta corta la carretera durante una tarde. Nadie entra en pánico. El generador funciona. Las listas están actualizadas. El salón se llena por elección, no emergencia. Mateo sirve sopa en horario previsto.
—Es aburridísimo —digo.
—La buena operación suele serlo.
Vera trabaja en su despacho. Tiene tres clientes y una lista de espera. Una revista del sector quiere entrevistarla sobre la recuperación de hoteles independientes. Ella duda porque no quiere presentar Los Abetos como un cuento navideño.
—Cuenta también lo difícil —propongo.
—Las revistas prefieren milagros.
—Diles que el milagro fueron horarios, precios y terapia.
—Sobre todo terapia.
Acepta con la condición de incluir voces del equipo. La fotógrafa llega cuando la nieve despeja. Pide una imagen de Vera y yo frente al hotel. Ella se niega.
—No somos la historia completa.
Acaban fotografiando a quince personas en el salón del ala este. Yo estoy detrás. Vera, junto a Bruna. Me gusta que no ocupemos el centro para saber que formamos parte.
Esa noche saco del cajón un anillo que compré en Valencia. No es de compromiso. Es una banda fina con una estrella grabada, pensada para celebrar el primer año. Falta un mes, pero llevarlo oculto me hace actuar raro.
—¿Estás escondiendo algo? —pregunta Vera.
—No.
—Tu ceja izquierda dice que sí.
—Mi cara no tiene controles internos.
—Debería auditarla.
Cambio de tema. Ella me observa, desconfiada.
El anillo no pretende encadenarla. Aun así, temo que lo interprete como una pregunta que no hemos acordado. Decido esperar y decir exactamente lo que significa.
Al acostarnos, Vera apoya la cabeza en mi pecho.
—Hace un año estaba preparando la auditoría y pensaba que eras un propietario insoportable.
—Yo pensaba que tenías cincuenta años.
—Nunca te perdonaré eso.
—Luego llegaste descalza.
—Con medias.
—Y supe que eras un peligro.
—¿Por los cierres?
—No.
La beso. Afuera cae nieve. Dentro, el hotel sigue encendido sin necesitarme cada minuto.
Ese es el resultado más difícil de medir.